En perspectiva

21 de abril de 2015


Hoy os iba a hablar de otra cosa que no tenía nada que ver, pero ayer vivimos una tragedia en Barcelona y me ha parecido un buen momento para reflexionar un poco sobre la educación, la comunicación y la responsabilidad que tenemos todos como sociedad.

En cuanto se supo que un alumno había matado a un profesor, enseguida empezaron a correr ríos de tinta. Enseguida se empezó a especular. Enseguida se empezó a pedir la cabeza de alguien y a exigir que los niños puedan ir a la cárcel desde los ocho años. No me malinterpretéis, yo lo entiendo. Son cosas que te paralizan porque te cuesta entenderlas. Yo tengo un hijo de 11 años y ese chico tiene 13, apenas dos más. Es fácil dejarse llevar, no comprender nada y asustarse. Pero antes de hablar hay que pensar.

Pensar, antes que nada, que tanto el profesor como el alumno tienen familias. Que lo que acaba de ocurrir es un drama para el entorno de esas dos personas. Que detrás de ese profesor hay muchas personas rotas de dolor. Pero que detrás de ese niño, también. Quizás haya unos padres que no sepan qué ha pasado. Quizás haya una situación familiar complicada. Puede que haya un hermano muerto de miedo. No es el momento de ponernos a gritar muy fuerte, por muy conmocionados que estemos.

Y no es hora de pedir cabezas ni leyes más duras. Escuchaba hoy en las noticias cuál es el protocolo, qué se hace cuando un niño de esta edad comete un acto criminal. Es una institución dedicada a la protección de los menores la que se hace cargo de ese niño. La institución evalúa si hay situaciones peligrosas en el entorno del menor, o si el niño tiene algún problema psicológico. Y actúa en consecuencia. Desde luego, me parece la manera más lógica de abordar la situación. Me parece que está bien. No querría bajo ningún concepto que se juzgara a un niño de doce o trece años como se juzga a un adulto. No querría que rebajásemos más todavía la edad a la que hacemos pasar a los críos a la madurez, porque durante las últimas décadas la hemos ido adelantando tanto que antes de que los los niños lleguen a la pubertad ya los consideramos casi adultos y los cargamos de responsabilidades que los consumen. Me parece bien que se evalúe al menor y se presuponga que todavía no es muy consciente de la gravedad de sus actos, porque, sinceramente, dudo que lo sea.

Por otro lado, hay una cosa que sí me molesta y de la que me parece que somos poco conscientes. En muchas culturas los niños son de todos, de la sociedad entera. Y parecería que en la nuestra no. Ayer leí a gente muy indignada que se preguntaba por qué nadie se había dado cuenta de nada. ¿No lo habían visto los profesores? ¿Sus compañeros? ¿Sus padres? Y me gustaría devolver la pregunta: ¿nos fijamos acaso en la gente que tenemos alrededor? ¿En los compañeros de clase de nuestros hijos? ¿En los niños del parque? ¿Echamos una mano? ¿Ayudamos a educar? ¿Toleramos las críticas a nuestros hijos? ¿Entendemos que los niños son niños y que necesitan que todos los adultos seamos comprensivos, tolerantes, coherentes y justos? Es muy fácil decir que "alguien" se debería haber dado cuenta. Pero ese alguien a veces deberíamos ser nosotros mismos. Todos deberíamos estar atentos, escuchar a los niños y crear relaciones de confianza para que ellos se sintieran lo bastante seguros para compartir con nosotros lo que les pasa, lo que les preocupa, lo que les da miedo. Ser niño hoy debe de ser totalmente aterrador, y todos los adultos deberíamos estar ahí para echar una mano.

Y luego está lo de siempre. No hay tragedia que no venga acompañada de su buena dosis de: "El niño escuchaba la música X, veía la serie Y, jugaba al videojuego Z, compraba el cómic W". No esperamos a saber si el crío tiene algún problema del tipo que sea, no. Cuando algo nos aterra es más fácil buscar algo a lo que echarle la culpa, y en este tipo de casos siempre es la cultura popular.

Me da rabia por múltiples motivos. El primero y más evidente es que hay muchos niños a nuestro alrededor que necesitan ayuda. Y no la necesitan porque les encante ver The Walking Dead. Necesitan ayuda porque viven en situaciones de exclusión, de maltrato físico o psíquico, de pobreza, de desequilibrio mental. Niños que necesitan menos etiquetas y más ayuda.

El segundo es porque la cultura popular es cultura popular. Hitler escuchaba a Wagner, señores, y nunca le echamos la culpa al compositor de las atrocidades que cometió el dictador. Que alguien cometa un acto terrible no tiene nada que ver con la cultura que consume, sino mucho que ver con la educación que ha recibido o con su salud mental. Mis hijos todavía no ven series de zombis porque son pequeños y les dan miedo, pero llegarán a ellas, porque en casa nos gustan. Juegan a la consola, escuchan rap, ven clásicos de los 80 y tienen las estanterías de casa repletas de cómics de todo tipo. Es probable que yo misma les ponga su primera novela de Stephen King en las manos dentro de unos años. Y si son como yo leerán ávidamente a Lovecraft y Edgar Allan Poe. Veremos películas de terror en Sitges. Se saltarán las clases para ir al salón del cómic. Escucharemos, bueno, ya escuchamos, a Metallica y a Extremoduro. Dirán más palabrotas de las que ya dicen ahora. Y serán personas totalmente normales a las que, simplemente, les gusta la cultura popular. Eso no los convierte en nada más que en personas con un gusto determinado. Un gusto que no toleraré nunca que alguien quiera criminalizar.

Sé que estas cosas nos aturden y nos dan miedo. Sé que nos aterra que nuestros hijos puedan tener que vivir una situación similar en la escuela. Sé que a veces hay cosas que no tienen explicación y que nos inventamos una mitología propia para darles sentido, porque la realidad nos destroza. Pero a veces hay que ir un poco más allá, ser más empáticos, comprender que las cosas no son tan fáciles. No solo por nosotros, sino, especialmente, por todos los niños que tenemos a nuestro alrededor, que en este momento se sienten todavía más inseguros y asustados que nosotros y que nos necesitan.

Y sobre todo, como sociedad, tenemos que ser lo bastante maduros como para ser constructivos y no correr en busca de algún culpable; ser respetuosos y no convertir en un circo el sufrimiento de tantas personas.

Nada en la nevera: Curry de restos

14 de abril de 2015


Pues venga, lanzamos ya la sección Nada en la nevera. Cada dos semanas, más o menos, colgaré una receta de aprovechamiento que puede hacerse fácilmente con los restos que tenemos en la nevera o con las cosas que normalmente desecharíamos. Nuestro objetivo: no tirar nada de comida, reducir los desperdicios y reducir también el dinero que nos gastamos en alimentos.

Hoy, como os había prometido, os cuento cómo hacer un curry con la pasta que hicimos la semana pasada. Os aconsejo que hagáis pasta una vez al mes o cada dos meses y la guardéis en la nevera para hacer un curry en cuanto se os acumulen unas cuantas verduras con las que ya no sabéis qué hacer.

En estas recetas os voy a poner un montón de alternativas para sustituir algunos ingredientes. La idea es que toméis mis indicaciones como una base para crear vuestra propia versiones. Lo ideal sería que todos investigásemos y encontrásemos nuestros favoritos. De hecho, si tenéis blog y queréis compartir alguna receta, dejadme un comentario y las iré recopilando. Podemos incluso montar un pequeño libro anti desperdicio con lo que vayamos probando y descubriendo. ¿Qué os parece?

En mi caso usé:
  • 3/4 de cebolleta que tenía abandonada en un bol (podéis usar cebolla, puerro, ajos tiernos...)
  • 2 cucharadas de pasta de curry (podéis ajustar la cantidad a vuestro gusto)
  • 3 yogures (podéis usar leche de coco, nata líquida, nata mezclada con leche...)
  • 1 vaso de agua
  • 2 zanahorias, 1 calabacín, restos de judías verdes (podéis usar las verduras que queráis, particularmente las que estén más cerca de fenecer; si tienen pedacitos un poco perjudicados, cortadlos y aprovechad el resto de la verdura)
  • Restos del pollo a l'ast que habíamos comprado el fin de semana (podéis usar restos de pollo, cerdo o ternera sin ningún problema. Si usáis pollo, deshuesadlo, pero no tiréis los huesos. Guardadlos en el congelador y pronto os cuento qué hacemos con ellos)
  • El zumo de medio limón o media lima
  • Un chorrito de salsa de pescado (podéis usar salsa de gambas, salsa de soja o nada)
  • Cilantro picado (fresco o seco. Podéis usar cualquier hierba aromática que os guste)

Poned una olla al fuego. Cortad la cebolleta a trozos grandes y ponedla en la cazuela junto con la pasta de curry. Coced unos cinco minutos, hasta que la cocina huela al paraíso.

Añadid los yogures y el agua y removed bien. El yogur no da una consistencia muy cremosa, pero es muy rico de gusto, porque tiene un punto de acidez y también es más ligero. Lo mejor es usar leche de coco, pero yo no tenía. Lo bueno que tiene usar yogur, es que podéis hacerlo vosotros mismos.

Dejad que la mezcla hierva y añadid entonces las verduras cortadas a trozos grandes y regulares. Funcionan casi todas las verduras carnosas (brócoli, coliflor, pimiento, calabacín, zanahoria, patata, boniato, berenjena, judías, espárragos, nabos...). Si tenéis restos de carne, añadidlos también ahora, para que se vuelvan más suaves y absorban los sabores.

Dejadlo cocer quince o veinte minutos, a fuego lento y tapado, hasta que las verduras estén tiernas.

Parad el fuego, añadid el zumo de limón, la salsa de pescado y las hierbas aromáticas. Removed y servid.

Si tenéis alguna patata cocida o restos de legumbres cocidas, podéis triturarlas y añadirlas a la salsa, para hacerla más espesa. Podéis hacer lo mismo con restos de frutos secos pasados por el mortero (aunque en mi casa nunca hay restos de frutos secos, arrasamos con ellos).


Ya está. Un plato fácil, que os ayuda a limpiar la nevera de restos antes de que se vuelvan radiactivos, y barata, porque aprovecha casi cualquier resto que tengáis en casa. No os quejaréis.

Nos vemos dentro de dos semanas con más Nada en la nevera.

Hazte un delantal

9 de abril de 2015


Aunque me habéis oído quejarme incansablemente por no tener abuelos por aquí que me pasen las grandes herencias familiares, lo cierto es que más de una vez pillo algún tesoro.

La familia de mi padrastro (o padre-trasto, como a él le ha gustado siempre que lo llamemos :)) está plagada de escarabajos peloteros que guardan y guardan y guardan millones de cosas. El ejemplar más acumulador de todos, es de hecho mi propio padrastro, que tiene la casa llena de reliquias.

Mi madre, por otro lado, está harta de acumulaciones y de vez en cuando busca hacer limpieza, vaciar cajones y deshacerse de miles de cosas. Y ahí aparezco yo cual ángel de la guarda interesado para ayudarla a organizar y llevarme de paso algún regalo.


Hace poco fuimos a comer a su casa y cuando quiso cerrar el cajón de los manteles, no pudo. Así que lo vaciamos con paciencia y fuimos organizando las diferentes mantelerías (del ajuar de la abuela, bordadas a mano) con sus servilletas a juego. En medio de todos los "oh" y los "ah" y los "qué maravilla", mi madre iba descartando con mano segura las piezas que no le cabían o que ya no quería, metiéndolas en una bolsa enorme de IKEA que después me puso en la mano. Y yo, que no sé decir que no, me traje todas esas bellezas a casa para mis fotos, para los días de fiesta y también, por qué no, para todas las comidas, para poner algo bonito en la mesa y disfrutarlo nosotros en familia.

Entre las muchas piezas que me regaló, había tres "mantelinas" (al menos así las llamó mi madre) que me contaron que eran para poner debajo de los manteles como protectoras de la mesa. Eran unas piezas de 80 centímetros por un metro, más o menos, de algodón rosa. La gracia que tiene ver las cosas con la perspectiva del tiempo es que pierden sus connotaciones. Lo que era un paño feo para poner debajo de las mantelerías "nobles", a mí me pareció una tela bonita y natural (de haber sido en crudo en lugar de rosa ya habría sido de otro planeta) con la que poder hacer mil cosas. Y lo primero que me gritó uno de los paños fue: delantal.

Con los delantales me pasa un poco lo mismo que os conté de los cuellos hace un par de años: me encantan, pero siempre creo que no son para mí. De hecho, tengo un montón de delantales (incluido uno de los All Black neozelandeses), pero a la hora de la verdad no me los pongo nunca. Sin embargo, el paño seguía gritando: "¡Delantal!" sin ningún pudor, así que al final le hice caso para que se callara.

Y desde el momento en que lo terminé y me lo probé... no me lo quito. Quizás la culpa sea de que es solo medio delantal, no es de cuerpo entero. O quizás sea que me hace ilusión que un trocito de tela con historia, que ya se usaba hace más de 50 años, haya encontrado una nueva vida alrededor de mi cintura. Sea como sea, este es mi delantal y le auguro una vida larga dedicada a todo tipo de pruebas, recetas y experimentos de bricolaje.


No os hace falta tener un mantel de la abuela para haceros un delantal. Con cualquier tela que tengáis es suficiente. Pero si la tela tiene historia os lo vais a poner con más ganas.


Necesitáis:

  • Medio metro de tela, un paño de cocina bonito o cualquier retal que tengáis en casa
  • Hilo
  • Tijeras
Yo corté mi pieza a la mitad, así que mi delantal mide más o menos 80x50. Si sois más delgados que yo, podéis hacerlo menos ancho, de 70 o 60 centímetros. A mí me gusta que el delantal me cubra la cadera, creo que queda más bonito.

En mi caso, ya tenía dobladillo, pero si lo hacéis con tela, tendréis que hacerle un dobladillo en los dos lados cortos y uno de los lados largos.

Cortad también dos tiras de tela de unos 10 centímetros por 60-80 centímetros, según lo largas que queráis las tiras para atar vuestro delantal. Otra de las cosas que me obsesionan es atármelo por delante, es decir, darle la vuelta a la cintura y dejar el lazo sobre la barriga. No me preguntéis por qué. Así que mis tiras son de 80 centímetros, bastante largas.


Coged las tiras y dobladlas a la mitad longitudinalmente. Planchad con energía. Abrid el doblez y doblad cada mitad sobre sí misma otra vez. Volved a planchar. Mis lados cortos también tenían dobladillo, pero si los vuestros no lo tienen, hacedlo doblando un trocito de tela hacia el revés de la tela dos veces. Planchad.


Volved a plegar la tira por la mitad, dejando todos los bordes sin dobladillo dentro de la tela, sin que se vean. Y cosed alrededor de vuestra tira para cerrarla y terminarla.


Coged el cuerpo de vuestro delantal. Doblad el lado largo que habéis dejado sin dobladillo más o menos con el mismo ancho que vuestras tiras. Planchad. Volved a doblar y planchad otra vez.


Colocad una punta de cada tira en el primer doblez y sujetadlas con un alfiler. Fijadlas con una costura en forma de caja.


Cuando ya lo tengáis, volved a doblar el cuerpo del delantal y cerradlo con una costura cerca del doblez que queda más abajo.


Y ya lo tenéis. Yo no le he añadido bolsillos porque me estresan, pero son fáciles de colocar. También podéis estampar la tela con sellos y tinta textil, o pintarla directamente. Podéis colocar una tira del mismo ancho en la parte de abajo y crear una tira entera de bolsillos o espacios para vuestras herramientas. O simplemente podéis disfrutar de un delantal sencillo y cómodo que no tiene nada más que un montón de años y un tacto agradable.

No me voy a cansar de decirlo: vivan los tesoros familiares.

Pasta de curry casera

6 de abril de 2015


A estas alturas ya sabéis que tengo un gen asiático (y otro escandinavo). No es ningún secreto que me chifla todo lo que venga de Asia Oriental, especialmente el cine y la comida. Así que mi post de hoy es un guiño para todos los que sois como yo y os relaméis pensando en una bandeja de sushi, un arroz frito o un curry.

Hace días que pienso en una nueva sección que voy a arrancar dentro de poco. Le voy a poner Nada en la nevera, que es el título de una peli que me encantó cuando la vi en el festival de Sitges. Sí, sí, una comedia romántica y española en Sitges. En una maratón en la que también pasaron Lluvia en los zapatos O_o

Pues bien, esta nueva sección va a hablar precisamente de eso, de dejar la nevera vacía y limpia como una patena, es decir, de aprovechamiento, de recetas para usar ese medio calabacín que empieza a ponerse pocho y esa cebolleta que se ha quedado triste y sola, o ese plátano que ya está un poco negro, o esos restos de pollo... En fin, ya pilláis la idea.

En su día ya hablamos de la cantidad de comida que llegamos a tirar en el mundo y compartimos trucos para generar menos desperdicios, pero en casa hemos ido trabajando un poco más el concepto porque es un tema que nos interesa bastante.

Generar menos residuos no solo es bueno y responsable con el medio ambiente (si consumimos menos, se produce menos; si tiramos menos, se generan menos residuos) sino que también es extremadamente bueno para nuestra economía. El pomelo y yo hemos estado ahorrando un montón estos meses simplemente aprovechando lo que tenemos en la nevera y en el armario.

Y no solo eso, sino que también hemos estado investigando qué hacer con los restos de comida que no usamos, o cómo sacarle el doble o el triple de partido a cada ingrediente.

Uno de los platos más versátiles a la hora de aprovechar lo que queda en la nevera es, precisamente, el curry. Lo podemos hacer de cualquier cosa, con cualquier resto que tengamos, y queda espectacular. Y sí, ya sé que venden curry en polvo que huele muy bien y tal... pero nada, repito, absolutamente nada, puede compararse al sabor intenso y espectacular de una pasta de curry casera. Nada de nada.

Esta pasta llena la cocina y la casa de calor y de colores. Y como la haces tú, puedes controlar la cantidad de picante que le pones y hacer una versión para cada paladar. En casa hacemos la versión infantil, mucho más suave, y la versión adulta, que te hace llorar de placer en cuanto te la acercas a la nariz.

Lo bueno de esta pasta es que haces una buena cantidad y luego la guardas en la nevera. Se conserva muy bien y puedes hacer curry varios meses, cada vez que te apetezca. Que personalmente, para mí, es casi siempre. Alternándolo con sushi, claro.


La receta está adaptada de "El libro esencial de la cocina asiática" de Könemann, que tomé como punto de partida para crear mi propio condimento.

Necesitáis:

  • 1 cucharada de semillas de cilantro
  • 2 cucharadas de comino
  • 1 cucharadita de granos de pimienta verde
  • 1 cucharadita de nuez moscada
  • guindilla al gusto (1 cucharadita para versiones infantiles, 2 o 3 para versiones adultas)
  • 2 cebolletas
  • 1 cucharada de hierba de limón seca
  • 10 dientes de ajo
  • 2 cucharadas de cilantro (si es fresco, mejor)
  • ralladura o zumo de limón al gusto
  • 2 cucharaditas de sal
  • 2 cucharaditas de cúrcuma
  • 1 cucharadita de pimentón
  • 1 cucharada de salsa de pescado
  • 1 vasito de aceite

Tostad las semillas de cilantro en una sartén sin aceite. Movedlas continuamente durante dos o tres minutos.

Mezclad todos los ingredientes menos el aceite con una batidora. Trituradlos bien hasta que empiecen a formar una masa compacta.

Añadid el aceite poco a poco hasta que tengáis la consistencia que queráis. A mí me gusta que mi pasta quede densa, pero que se pueda coger con facilidad con una cuchara, más o menos como una mayonesa o un yogur.

Metedla en un bote de cristal y guardadla en la puerta de la nevera.


La semana que viene os cuento cómo hacer un curry a partir de esta pasta, y qué cambios le podéis hacer para que vuestro curry se convierta en un plato de aprovechamiento ideal. Ya veréis cómo a partir de ahora miráis de otra manera las zanahorias pochas...

Entradas encadenadas - Farolillos chinos con luz

31 de marzo de 2015


Hace mucho tiempo, en una galaxia lejana... abrí este blog. Ya sé que lo sabéis, pero una tiene que ir lanzando citas frikis siempre que puede, que hay una reputación que mantener.

En fin. Hace unos cuantos años que empezó el blog y curiosamente hay ciertos posts que siguen generando un montón de tráfico. Digo curiosamente porque cuando voy a verlos me sorprende que Google los indexe y que la gente entre a verlos con lo feas que son las fotos y lo escueta que es la información. Claro que también es una alegría verlos, porque me doy cuenta de todo lo que he aprendido, pero en general la sensación es más de vergüenza total ante mi completa falta de ídem.

Así que he decidido ir actualizando algunos de los posts más viejunos, cambiarles las fotos y darles, en general, un aire más decente, para que quien entre a mi blog por ahí no huya despavorido.

La buena noticia, si es que la hay, es que repasar esas viejas entradas para sacar fotos más bonitas y desempolvar un poco los tutoriales, es que voy a poder recuperar ideas y desarrollarlas un poco más.

Y es que, siendo sinceros, este blog empezó como un lugar donde documentar actividades con pompones pequeñitos, porque por ese entonces, si no me equivoco, el pompón mayor tenía 5 años y los peques 3. Y poco a poco se fue transformando.

Transformarse es una cosa buena. Nunca he entendido a la gente que se queja cuando su grupo favorito saca un disco distinto, con un estilo nuevo. Solo AC/DC pueden sacar el mismo disco durante 30 años sin que el resto de los mortales nos aburramos. El resto de los grupos tienen que evolucionar y probar otras cosas para crecer y mejorar.

No es una traición personal que una escritora de libros juveniles se pase a la novela adulta, ni que un blog que trataba de manualidades infantiles se convierta en un cajón desastre para todo tipo de DIY, por mal que le pese a mi amiga Ruth, que a veces me tira de las orejas cuando no sabe qué hacer con sus hijos.

Pero me voy por las ramas. Como este blog empezó siendo un catálogo de actividades infantiles, hay todavía un montón de ideas que pueden mejorar y evolucionar y tener una nueva vida. Y como en casa somos mucho de reciclar, no las vamos a dejar ahí tiradas sin más, ¿no? Así que de vez en cuando voy a hacer una entrada encadenada que recupere un post antiguo y amplíe la actividad, con enlaces en ambos posts a su post encadenado. Que viva el reciclaje.


Pues bueno, una de las primeras ideas que compartimos en el blog fueron los farolillos chinos. Son súper fáciles de hacer y seguro que ya los hacíais cuando erais niños. Pero si no sabéis por dónde empezar, aquí os explico cómo hacerlos. Con mi lacónica forma de comunicarme de hace cinco o seis años, pero con fotos más o menos bonitas (sigo sin cámara!) realizadas ahora. No os he dejado ninguna foto vieja porque solo había una y te hacía venir ganas de llorar.

¿Qué le hemos hecho al farolillo para actualizarlo? Primero, cambiarle el asa de papel por un asa de cinta pegada con washi tape. Que los pompones preadolescentes son mucho más cuquis que los pompones niños.

Pero además, hemos cortado un círculo del mismo diámetro que la base de nuestro farolillo y lo hemos fijado con washi a la parte inferior del farolillo. Hemos comprado unas velitas eléctricas, de esas que tienen LED en la llama y las hemos metido por la abertura superior. Y voilà.


Ya tienes farolillos para tu fiesta en el exterior, para tu cena romántica en el balcón o para iluminar la mesa del estudio o el comedor mientras tú descansas vegetando en el sofá frente al último capítulo de la temporada de la serie que mires. Porque ahora es época de últimos capítulos (y si veo una vez más el anuncio de The Walking Dead voy a ser yo la que empiece a arrancar cabezas).


En fin, ahí está, nuestra primera entrada encadenada. Podéis ir a ver el post original, Farolillos chinos.
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