Cojín de retales

25 de marzo de 2015


Ya, ya lo sé. Estáis pensando que dónde están los retales. Pues muy fácil: dentro del cojín.

No es trampa, señores, qué va. ¿Os acordáis de cuando erais pequeños e ibais a casa de vuestra abuela o vuestra tía abuela o cualquier otro familiar viejuno, y os acostabais en unas camas que se hundían, con cojines y colchones que pesaban más que una bolsa de patatas, una garrafa de agua o, ojo a esto, una bombona de butano? Sí, esas camas en las que te ponían tantas mantas que te parecía que no te podías mover. A lo mejor solo me pasaba a mí. No sé. Pero para mí es un recuerdo claro y vibrante, porque nunca entendí cómo una almohada podía pesar tanto.

Hasta ahora.

No tengo nada en contra de la guata ni de las plumas ni de los cojines ligeros y vaporosos que parece que flotan en el aire cuando se organiza una guerra de almohadas. Al contrario, me gustan mucho. En mi casa cada vez hay más cojines porque somos todos unos adictos. Los pompones duermen con tres cada uno, nos peleamos por la parte del sofá más mullida y hasta el gato tiene su propio sillón con doble almohadón. No, qué va, no tengo absolutamente nada en contra de todos los tejidos ligeros y suaves.

Pero no puedo evitar que este cojín grueso y pesado, esta arma mortífera para nuestra próxima batalla campal en la cama, me produzca una alegría infantil. Ni puedo evitar abrazarlo cada tres minutos y medio.


Este cojín cumple dos funciones básicas que me alegran infinitamente: una, sirve para dormir, apoyar la cabeza, sentarse y cualquier otra cosa que se pueda hacer con otros cojines; y dos, vacía la cesta de retales más rápido que Tricky un palet de Chips Ahoy. El cojín se come los retales, literalmente.

Yo lo hice con un kimono que me había regalado el pomelo para satisfacer a mi gen asiático. Creo que no llegué a usarlo nunca porque era un poco incómodo, pero lo tenía guardado desde hace una cantidad indecente de años porque la tela me parecía preciosa. Hace unos días empecé a hacer limpieza de telas, por culpa de Mònica, Miren y Mari Cruz, y me topé con él. Cuando lo saqué del armario y lo toqué, enseguida pensé en un cojín y cojín se quedó.

Podéis hacerlo con cualquier otra tela que tengáis por casa, solo necesitáis cortar un rectángulo, doblarlo a la mitad, coserlo con el derecho de la tela enfrentado y dejar una pequeña abertura para darle la vuelta. Con el cojín girado, llega el momento de asaltar la cesta de los retales.

Pero no solo los retales, no... ¿Restos de lana? Para adentro. ¿Muestras de tejido con las que no sabes que hacer? Para adentro. ¿Hilos sueltos? ¿Calcetines sin pareja? Ya pilláis la idea. Todas esas cosas que dan vueltas por vuestra casa y que no os decidís a tirar aunque no sirvan para nada pueden convertirse en un relleno estupendo para vuestro cojín. Que sí. Luego lo cerráis con una costura invisible y ya está.

Y sí, es muy cómodo. Es un cojín firme, pero agradable, que aguanta la forma y con el que puedes desafiar a cualquiera a una guerra. Y es largo. Bastante largo. Adecuado para pillarlo de una esquina y soltarle un latigazo potente a cualquiera que se te acerque.


Este se lo ha quedado la pompona. Quiere ponerlo en el banco que habrá frente a la pared que le pintamos hace unos días. Pero ya estoy preparando el próximo. Porque necesito vaciar alijo de telas... y también necesito preparar munición, mientras recuerdo las vacaciones en casa de mi abuela y la cama fresca y cómoda en la que no me podía mover.

Pst, pst!! Por cierto, hoy es el cumpleaños de Ari, que es mi partner in crime en Demodé y una persona estupenda. Si la vais a visitar, mandadle un tirón de orejas virtual. Felicitats, bonica!

Gyozas

19 de marzo de 2015


Ya os conté cuando hablamos del kimono horribilis que me encantan los dim sum. Pero mi amor incondicional se puede hacer extensivo a todas las empanadillas y rollitos asiáticos, así, en general, particularmente si se hacen al vapor o a la plancha.

Hace muchos años, en una vida previa al trabajo en casa, hice con mi amiga Elena, durante la hora de la comida de nuestro trabajo en plantilla, un curso de cocina japonesa. Fuimos todos los días durante dos semanas a la hora de la comida a cocinar y a aprender a hacer los platos y a comer luego lo que habíamos preparado. Dos semanas de auténtico paraíso gastronómico durante las que aprendimos un montón de recetas que yo no sabía ni que existían.

Entre todos esos platos, además del curry casero, de las judías con aliño de miso y otros platos que nuestra profe, Miho, había aprendido de su madre, estaban las gyozas.

Todo lo que pueda decir sobre estas empanadillas es poco. En casa, no duran nada en la mesa. Siempre hago un montón pensando en congelar las sobrantes y nunca quedan ni las migas, por más que vaya gradualmente aumentando la cantidad que preparo.

No os voy a engañar, como cualquier empanadilla, son un poco laboriosas, pero el resultado vale muchísimo la pena.

¿Os atrevéis a probarlas?

Ingredientes:

- 1 o 2 paquetes de discos para empanadillas asiáticas (los mejores tienen harina de arroz glutinoso, los conseguís en cualquier súper chino)
- 300 gramos de carne de cerdo picada (el filete es una buena opción)
- 1 cebolla tierna
- 400 gramos de col verde (o china, mejor todavía)
- Salsa de soja
- Aceite de sésamo
- Sake
- Vinagre de arroz
- Sal y pimienta

Los discos para empanadillas se suelen vender congelados, así que tendréis que sacarlos del congelador un par de horas antes de empezar a trabajar.

Lavad las hojas de col y hervidlas con un poco de agua con sal hasta que estén blandas, pero no totalmente cocidas.

Escurrid la col y picadla fina. Picad también la cebolla tierna. Mezclad las verduras con la carne picada y sazonad la mezcla con 1 cucharada de salsa de soja, 1 cucharada de aceite de sésamo, 1 cucharada de sake y sal y pimienta al gusto.


Poned una cucharadita de esa mezcla en medio de cada disco de empanadillas. Humedeced el borde de la empanadilla con agua y cerradla haciendo dos o tres pequeños pliegues con la masa en la parte delantera.


Cuando ya tengáis todas las empanadillas listas, poned una cucharada de aceite en una sartén grande con tapa. Cuando esté caliente, colocad todas las empanadillas de pie sobre la sartén.

Hay que esperar a que la base de las empanadillas quede dorada y con aspecto crujiente. Las podéis ir levantando de una en una para comprobar cómo está la base. Cuando ya esté bien, añadid medio vaso de agua a la sartén y tapadla rápidamente. Dejad cocer hasta que se evapore toda el agua y ya podréis sacar las gyozas y servirlas con una salsa preparada con vinagre de arroz y salsa de soja a partes iguales.


Como veis son laboriosas pero no difíciles y están espectaculares. Probadlas y me contáis, pero no me echéis la culpa si os volvéis adictos, porque yo ya os avisé!

Punto X: Terry Pratchett

16 de marzo de 2015


Conocí a Terry Pratchett tarde. Bastante tarde. Pero el flechazo fue absolutamente instantáneo. Me encantan esos libros que abres y te absorben, te hace reír hasta las lágrimas y te obligan a releer una y otra vez una página porque no te crees lo bien escrita que está.

De hecho, conocí a Terry Pratchett por azar, en el aeropuerto de Frankfurt, cuando nuestro vuelo de Copenhague a Barcelona tuvo overbooking y nos hicieron volar vía Frankfurt. No puede haber más casualidad que esa: tuve dos horas muertas en ese aeropuerto donde no tenía que estar y mirando los lomos de los libros del kiosko cutre que había frente a nuestra puerta de embarque, vi su nombre, que había oído muchas veces, y me decidí a comprar el libro, que me hizo soltar sonoras carcajadas en la sala de espera.

Desde entonces tengo el ritual de mirar siempre los libros en inglés cuando viajo en avión. A veces lo encuentro y entonces es obligatorio comprar cualquiera de esos títulos, en esas ediciones baratas que de leerlas y releerlas acaban quedando gordas, con el lomo retorcido y las páginas amarillentas. Seguro que sabéis lo que digo. Bueno, en los aeropuertos, pero también en las librerías con sección de libros en versión original y en las estanterías de mis amigos. Sobre todo en las estanterías de mis amigos.


Tengo que admitir que se me saltaron las lágrimas al enterarme (tarde también) de su muerte el jueves pasado. Y que me he pasado el fin de semana leyendo y releyendo artículos cual stalker experta, con el corazón en un puño y la tristeza de saber que ya no habrá novedades que traigan su sello sarcástico, divertido y absurdo.

Pero nos queda una obra mágica y muy abundante para leer, releer y compartir. Cuando leí el prólogo de Buenos presagios, no pude evitar reírme mientras los autores (Pratchett y Neil Gaiman) describían el estado de los ejemplares que les tocaba firmar: manoseados, escritos, recompuestos con cinta de embalar, caídos al inodoro, prestados mil veces... Así son los libros de Terry Pratchett, los típicos libros que le pones en la mano al amigo que viene a cenar, el que obligas a leer a tu pareja, el que le pasas a tu sobrino o al jefe que te cae bien. Los típicos libros que abres al azar para releer una frase y troncharte de risa sin que venga a cuento, los que tienes apilados en el suelo junto a la mesita de noche por si te ataca el insomnio, los que sacas de la estantería para usarlos de peso y te entretienes leyendo de pie sin recordar para qué los habías ido a buscar.


Así que pensé que no podía dejar de hacerle un pequeñísimo homenaje, y aquí está mi cuadrito de punto X con una estupenda y ligeramente sarcástica frase, difícil de traducir con todos sus matices, pero que vendría a ser, literalmente: "¿Sabes? Estás graciosamente equivocado." Con un puntito condescendiente, pero con esa corrección británica que siempre me arranca una sonrisa.

De hecho, estoy pensando en iniciar una serie de cuadros con grandes frases de mis artistas favoritos. La próxima que pase por el punto X podría ser: "Nadie espera a la Inquisición española". ¿Sabéis de quién es?


He resaltado una palabra en rojo y le he puesto una tela de cuadros por detrás para que no vean todos los hilos mal pasados para que el acabado sea mucho más bonito.

Este cuadro no tiene mucho misterio si normalmente hacéis este tipo de proyectos, pero, si como yo, los hacéis muy, muy de vez en cuando, a lo mejor necesitáis el diagrama, así que os lo dejo aquí abajo. Si queréis, otro día os cuento cómo empezar en el punto de cruz, si es que tenéis dudas.


Y nada más, espero que hayáis leído a Terry Pratchett, y si no lo habéis hecho, descubridlo tarde, como yo, pero descubridlo. Podría ser que no os gustara (si tenéis muy mal gusto y nada de sentido del humor ;^P) pero lo más probable es que os deje con la boca abierta.

A Sir Terry, solo darle las gracias por los momentos compartidos... ¡y los que nos quedan!

Máquina de coser restaurada

12 de marzo de 2015

 
Os presento a una amiga. Una amiga que todavía no he podido poner en marcha, mind you, pero amiga al fin y al cabo.

Mi amor por las máquinas de coser es cada vez más grande y más incondicional. Ahora que el pomelo no me oye voy a admitir que incluso aunque no me gustara nada coser, estos aparatos me seguirían pareciendo una belleza y seguramente los tendría en casa para decorar sin más. Me chiflan en los escaparates y me encantan en los catálogos y en cualquier casa antigua que se precie.

La historia de esta en cuestión es muy curiosa. Hace unos meses mi suegra me mandó un mensaje. Había encontrado un anuncio de venta de una máquina de coser en un periódico del pueblo. "¿Te puede interesar?" me decía. Fue amor a primera vista. Así que mi suegra negoció el precio y fue a probarla con una vecina que cose como los ángeles. Julia, la vecina, dio su aprobación y la máquina cambió de manos. Pero justo antes de que se la llevaran, en su charla con el vendedor, ocurrió la magia esa típica de los pueblos. Porque la máquina había dado algunas vueltas, pero en algún momento de su vida había sido de un tío del pomelo que era sastre. Y a mí, que ya sabéis que no conservo casi nada de mi familia, eso me hizo una ilusión especial, porque era la confirmación de que esta máquina tenía que venir a parar a mi casa.

Conservaba todos los detalles. En el cajoncito estaban las instrucciones originales con su guía de puntos, pero además había herramientas, agujas de recambio y hasta hilos.

Eso sí, la mesa de la máquina era fea. No, no, era peor que fea:


Pero yo estaba enamorada y las posibilidades me parecían infinitas, así que decidí liarme con un proyecto de estos de bricolaje para patosos, y me fui de okupa al garaje de mi suegra.

Lo primero que hicimos fue limpiarlo todo muy bien. Veréis que uso un plural mayestático:


Limpiamos todo con agua y jabón y luego con una buena capa de desengrasante. Podéis usar productos comerciales típicos o limpiar con disolvente y alcohol.

Yo tenía la esperanza de poder hacer un apaño con la máquina montada, pero tuve que desmontar todas las piezas (muchas piezas) y sacar varias fotos para acordarme de la posición de las cosas.

El pie de la mesa es de hierro y estaba perfecto. Lo desmonté del todo y lo pinté con pintura en aerosol de la que imita el hierro forjado. Tuve que darle un par de capas para que cubriera bien y gasté dos aerosoles enteros, para que os hagáis una idea.

Luego llegó una de mis fases favoritas, el lijado.

Empezamos tímidamente con los cantos. En la foto podéis ver la diferencia del color de la madera.


Arrancamos el trocito de fórmica que cubría el ángulo de la parte delantera de la mesa y lijamos bien. Ahí la madera era bonita, como listonada. Lijamos bien la parte de debajo de la mesa.

Cuando ya lo tuvimos todo bien lijado, el tono de la madera había bajado muchísimo y era más suave, pero aún así le di una capa de pintura rebajada con agua, como hicimos para la mesa del despacho. Mezclamos una cantidad igual de agua y de pintura blanca y la aplicamos con una gasa. Solo una capa, para dejar la madera un poco más pálida.

Luego barnizamos bien. Últimamente uso este bariz súper resistente, que me encanta.

Y ya solo nos quedaba la parte de arriba.

Apliqué una imprimación de base, porque la pintura no cubre bien la fórmica. Y luego le di dos capas de esmalte al agua blanco. También podría haberlo pintado con chalk paint, por ejemplo.


Para terminar, di un par de capas de barniz y ya está.


No puedo estar más orgullosa ni más contenta. Cuando hicimos las obras y tuve claro que me iba a quedar sin rincón de costura (barra ganchillo, barra biblioteca, barra cuarto para todo, barra basurero de la casa) empecé a hiperventilar. No sabía muy bien dónde iba a poder hacer mis proyectos, ni dónde iban a parar todas las cosas que tenía embutidas en el estudio. Pero ahora, a falta de arreglar un cable del motor de esta máquina y de comprarme una silla que sea cómoda y bonita, tengo un pequeño rincón de nuestra habitación habilitado como puesto de mando para la dominación mundial. Y ya estoy ideando mis primeros planes.

Jabón líquido para la lavadora

9 de marzo de 2015


Este post se lo voy a dedicar a Anabel Martín, que se pasó por aquí y nos dejó su receta de jabón líquido, a la que prácticamente no le he hecho ningún cambio. Mil gracias, Anabel, por tu generosidad y por echarnos una mano con esta fórmula, que nos tenía locos porque no había manera!

Ayer fue el día de la mujer trabajadora. Ese día en el que se hacen públicos un millón de estudios que demuestran que la cosa está muy mal y que las mujeres llevamos siempre las de perder. Ese día en el que todas hacemos mucho ruido, nos enviamos mensajes con nuestras amigas y puede ser que estemos un poco más peleonas en casa y en la calle cuando alguien nos dice algo.

Pero no nos engañemos. Un día no cambia nada. Y esa especie de orgullo mezclado con indignación que nos inunda el ocho de marzo tendríamos que vivirlo todos los días del año.

El otro día leía el post de Udon Wool que reflexiona sobre el aspecto doméstico y femenino de tejer, que hace que una parte de la población lo rechace como vestigio de una época en la que la mujer estaba sometida. Y estuve pensando un rato, porque lo cierto es que no es algo exclusivo de las labores.

Uno de los grandes problemas de las mujeres es que no tenemos claro dónde estamos. Ha pasado el tiempo, nos hemos emancipado, hemos salido de casa, estudiamos y trabajamos. Pero todavía tenemos muchos complejos. Complejos que a veces nos llevan a rechazar lo que hacían nuestras abuelas. Complejos que nos llevan a gritar muy fuerte, a hacer mucho ruido y, a veces, a escucharnos poco.

Esos complejos nos llevan a ser crueles con otras mujeres. Las mujeres, como decía Soraya, que tejen. Pero también las mujeres que se quedan en casa con sus hijos, las mujeres que son muy ambiciosas en su trabajo, las mujeres a las que les gusta el trabajo de casa, las mujeres a las que les encanta vivir sin pareja. No tenemos muy claro qué es lo deseable en una mujer, porque nos ha cambiado el paradigma y todavía andamos un poco perdidas. Así que nos rebelamos un poco ante todo: ante las mujeres que hacen lo mismo que nuestras abuelas; ante las mujeres que hacen lo mismo que los hombres; ante las mujeres que no son perfectas.

Pero ninguna de nosotras es perfecta. Y ninguno de ellos tampoco. Somos lo que somos, con contradicciones, sueños y deseos. Con dudas y con miedos. Por eso, para celebrar este ocho de marzo os pido que seáis generosas con las mujeres que tenéis a vuestro alrededor. Y que seáis generosas con vosotras mismas. Porque no hay una sola manera de ser mujer ni fórmulas mágicas para saber qué es lo que tenemos que hacer.

El mundo ha cambiado y eso es bueno. Y sea tu situación como sea, vivas tu vida como la vivas, está bien si a ti te hace feliz. La única manera de recorrer el camino que todavía nos queda hasta la igualdad, es siendo solidarias y comprensivas entre nosotras y entendiendo que cada una hace lo que quiere con su vida, estemos de acuerdo las demás o no. Y que con los palos que nos caen desde fuera por el simple hecho de tener dos cromosomas X, no nos hace ninguna falta juzgarnos y maltratarnos entre nosotras.

Yo, que soy una persona totalmente casera, ya lo sabéis, a veces me siento culpable por lo mucho que me gusta la vida "doméstica". Y me da rabia. Porque no soy menos feminista por mucho que me encante hacer jabón y cocinar.

Así que, como regalo del día de la mujer, aquí os traigo la receta del jabón líquido que Anabel me ayudó a conseguir. No podría ser más fácil ni más barato ni más ecológico.

Necesitáis:

- 150 g de jabón reciclado
- 3 litros de agua
- 3 cucharadas de percarbonato de sodio (o bicarbonato)
- Unas gotas de aceite esencial


Ralláis el jabón. Ojo con dónde lo dejáis, porque tanto los pompones como el pomelo han estado a punto de comérselo pensando que era queso. De hecho, una vez encontré mi botecito de jabón en la nevera :)


Disolvéis el jabón en 3 litros de agua hirviendo. Removed suavemente para evitar que se forme mucha espuma y aseguraos de que realmente se deshace todo.

Cuando esté disuelto, añadís las 3 cucharadas de percarbonato (Anabel lo hace con bicarbonato, pero a mí me gusta más el percarbonato, porque es un buen blanqueador) y removéis bien. Empezará a gelificar, ganará en consistencia.


Añadís cuatro o cinco gotas de aceite esencial. Mi mezcla favorita últimamente es menta y pomelo. Removed bien para que el aceite se integre.

Y ya está. Lo repartís en botellas de cristal (mucho más ecológicas que las de plástico... yo compro caldo en botellas de cristal y luego las reutilizo) y ya tenéis jabón de la ropa para un montón de lavados. Si calculáis lo que os ahorráis, veréis que podéis salir ahora mismo a tomaros una cerveza a mi salud (y a la de Anabel!)

Probadlo y me contáis. Yo hace un par de meses que ya no uso jabón comercial y no podría ser más feliz.
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