DIY vídeo en stop motion

1 de septiembre de 2014


Hace años que quiero aprender a hacer un vídeo en stop motion. Años. Siempre me ha parecido algo chulo y siempre he pensado que debía de ser súper complicado. Así que todos esos años he estado posponiendo el tema hasta que tuviese mucho tiempo para buscar por internet, probar, equivocarme y aprender.

¿Y sabéis qué? Soy LERDA, lerda, lerda, lerda. Porque hacer un vídeo en stop motion es fácil, fácil, fácil.

Ya os conté una vez que a mí a veces me da pereza pensar, que solo la idea de hacer algo me cansa y que muchas veces, por no ejercitar las neuronas, dejo de hacer cosas que creo que en potencia son muy complicadas. Pues eso.

¿No os da una rabia increíble cuando después de haber pospuesto durante mucho tiempo una tarea que os parecía difícil o pesada os dais cuenta de que no solo es fácil, sino también muy divertida?

Pues exactamente eso: hacer stop motion es fácil, divertido y bastante adictivo. Y barato, porque no necesitáis nada complicado o chungo, solo una cámara, un trípode (comprado o improvisado) y un ordenador. Y una idea que queráis materializar, vamos. ¿Os cuento cómo?

Lo primero es saber muy bien qué queréis filmar. Así que no está de más crear un pequeño storyboard que nos cuente qué tenemos que grabar. ¿Qué es un storyboard? Pues una serie de fotogramas en los que dibujamos o escribimos qué queremos tener en cada una de las fotos de nuestra peli. No hace falta tener uno por peli, pero sí una idea aproximada de los cambios de escena que queremos tener. Nos va a servir como guía para saber lo que hemos pensado, cómo queremos colocar los objetos y qué queremos hacer con ellos. Si hacemos una animación básica no hace falta, porque vamos a tener más o menos todas las ideas en la cabeza, pero si hacemos una peli más larga, con personajes que entran y salen, un buen storyboard te va a ayudar a situarte y a recordar lo que has pensado. Os dejo la muestra de nuestro vídeo para que veáis cómo lo hicimos nosotros.

Es un storyboard bilingüe :)

Una vez ya sabes lo que quieres hacer y lo tienes todo pensado, toca pasar a la acción y montar un pequeño escenario. Yo lo monté con mi trípode en alto y usé el suelo como fondo, pero también puedes usar la mesa como trípode y organizar una pequeña escena delante de la cámara, poniendo una cartulina o un papel de fondo. Incluso puedes usar una caja de luz y poner tu escena dentro.

Lo que es realmente importante es que tu fondo esté bien fijo (sujeta bien el papel o la cartulina a la pared y a la mesa para que no se muevan) y que hagas unas marcas que te sirvan de referencia para todas las fotos. ¿Qué marcas? Pues una marca en cada esquina, que encuadre las fotos. Así, si por lo que sea se te mueve un poco la cámara, o tienes cualquier otro problema, no pasa nada, porque las marcas te permitirán cortar todas las fotos de la misma manera, con el mismo enfoque.


En el suelo hice unas marcas con washi, pero si usas una cartulina puedes hacerlas con un rotulador grueso.

Ya solo te queda ir haciendo las diferentes fotos. Primero deja una del fondo sin ningún personaje y luego ve añadiéndolos poco a poco y haciendo todos los movimientos que querías. Recuerda que para que quede bien hay que mover los objetos poco en cada foto, unos milímetros. Si haces grandes movimientos no se verá ninguna progresión, sino unos saltos muy raros y no dará la sensación de animación.

Cada vez que muevas algo, saca una foto. No cometas el mismo error que yo (veréis que en mi animación hay alguna foto un poco desenfocada) y si tu cámara te lo permite, enfoca primero la escena y luego quítale el autofocus y déjalo en manual para no tocar más el enfoque. Así todas tus fotos tendrán la misma nitidez.

Saca todas las fotos que quieras, con todos tus movimientos. Ten paciencia y repite las fotos que no salgan del todo bien. Piensa que luego no podrás repetir alguna foto sola, porque te costará que la iluminación sea la misma y se notará en tu animación. Así que tómate tu tiempo ahora, más vale que sobren fotos.

Cuando ya tengas todas tus fotos, es el momento de cortarlas todas a la misma medida. Para eso vas a usar tus marcas, que te encuadran la foto. Corta todas las fotos según esas marcas, así todas tendrán el mismo tamaño y estarán centradas en lo mismo.

No sé si se ve mucho, pero en la parte gris, la que he cortado, está mi washi a rayas

Y ahora viene la fase de montaje, que no podría ser más fácil. Seguro que en tu ordenador tienes Windows Movie Maker (y si no lo tienes lo puedes bajar fácilmente y gratis desde la página de Microsoft). Pues ábrelo. Si tienes Mac, puedes utilizar el iStopMotion, funciona un poco diferente, pero también es muy fácil de usar.

Bien, ¿ya has abierto Movie Maker? Pues dale a "Agregar vídeos y fotos" y añade todas tus imágenes en orden. Se irán colocando a mano derecha, bien organizadas.

Solo te queda marcar el tiempo que quieres que esté cada fotograma en pantalla. Marca todos los fotogramas pulsando el ratón y Mayúsculas al mismo tiempo. Cuando los tengas todos seleccionados, vete a Editar y cambia la Duración. Verás que la mínima es un segundo, pero puedes escribir tú mismo el valor que quieras. Yo le pongo 0,20, que es una duración que me gusta y me parece que queda bien.


Y ya está, puedes mirar cómo queda tu vídeo en el visor de la parte izquierda. Chulo, ¿verdad? Ahora ya puedes importarlo en Archivo-Guardar película o publicarlo en YouTube, Facebook o donde quieras en Archivo-Publicar película.

¿Queréis ver cómo ha quedado el nuestro?


Cómo pintar muebles

27 de agosto de 2014


Hace unos días, cuando estábamos en plena obra, de repente tuve un momento de iluminación. Ya sabemos todos que a veces soy un poquitín lerda y lenta de reflejos, así que no os sorprenderá nada que el momento de iluminación tardara tanto en llegar (¡que ya estábamos de obras!) y que fuese un poco lento... durante un tiempo estuve rumiando la idea cual vaca en la pradera sin atreverme a verbalizarla ni a darle un espacio físico en mi cerebro.

Pero de repente pensé: "¿por qué no aprovechar la obra para hacer todas esas cosas que tengo ganas de hacer y todos esos tutoriales que guardo como oro en paño en Pinterest?"

Sí, señores, esa fue mi gran revelación, mi gran momento de claridad. ¿Por qué no? ¿Por qué no aprovechar el lienzo en blanco de la obra? Aix. Famous last words. Qué bonita era la idea en teoría, qué desastre en la práctica.

Durante tres semanas de lijar, pintar, barnizar, etc, etc, he aprendido un montón de cosas sobre los muebles y la pintura y estoy muy contenta de poder compartirlas con vosotros. Vamos, que voy a escribir lo que me habría encantado que alguien me dijera antes de liarme la manta a la cabeza y pintar media casa. De nada.

Voy a hacerlo en formato lista porque mola más y porque así me resulta más fácil ordenar las ideas. Si os gusta el tema, a lo mejor lo convierto en un artículo quincenal, alternando con la Organización para desorganizados. Podría convertirse en "Bricolaje para patosos" o algo similar.

Pues venga, vamos allá. Pillad pincel y un par de sábanas viejas y nos lanzamos a la aventura.


1. Ten paciencia.

Es el mejor consejo del mundo y el más difícil de poner en práctica. Yo suelo usar esmalte al agua y cuando lo compro leo corriendo en el bote el tiempo de secado, porque es un coñazo esperar y esperar a que la pintura se seque. Pero de verdad, de la buena, ten paciencia. La bonita estantería degradada de la pompona está esperando un par de capas nuevas de pintura porque yours truly no tuvo ninguna paciencia, dio segundas capas demasiado rápido, puso cinta donde la pintura todavía estaba mojada y arrancó pintura e hizo goterones donde no debía. Para pintar un mueble de un solo color vas a tardar dos o tres días. Si vas a usar más de un color, tardarás un poco más. Ponte un plazo razonable y no pienses eso tan típico de "esto en un par de horas lo he terminado". No, cariño, no.

2. Protégelo todo

En casa guardamos las sábanas viejas para poner debajo de las piezas que pintamos o para usar de manteles cuando hacemos manualidades. Cubre tu superficie de trabajo con sábanas o papel de periódico o lo que tú quieras. Ponte ropa vieja porque no importa lo bien que pintes, seguro que acabas con alguna gota encima (si eres como yo, acabarás con varios brochazos en las piernas, las manos teñidas y hasta gotas en la espalda que no tienes ni idea de cómo han llegado ahí). No es mala idea tampoco cubrirse las manos con guantes de látex, son cómodos y te los puedes cambiar cuando estén muy sucios, para evitar manchar todo lo que tocas (desde el mango del rodillo hasta el pelo cuando te lo apartes de la cara, been there).

3. MUEBLES EN CRUDO

Te compras un mueble sin barnizar en IKEA, en un carpintero de barrio o en un centro de jardinería. O a lo mejor le das a la lijadora como un loco durante horas y horas hasta que tu mueble queda suave y blanquito como el culo de un bebé. Este es el mejor material para pintar. No hay que hacerle nada, puedes empezar enseguida, aunque yo te aconsejo, eso sí, una base o una imprimación para evitar que la madera chupe la pintura como si no hubiera mañana. De todos modos no es obligatoria y las camas de los pompones las he pintado sin ninguna base, con tres capas de esmalte al agua.

Para un mueble en crudo, cualquier pintura va bien. Yo prefiero esmalte al agua porque es más fácil de limpiar y huele mejor, pero un esmalte sintético te funcionaría igual de bien. También podrías usar chalk paint o pintura en aerosol. Pero ojo con esta última, porque se gasta con muchísima facilidad. El resultado es muy bueno, muy uniforme y profesional, pero es una pintura cara que rinde muy poco, porque gran parte de ella se va para cualquier sitio. Solo te la aconsejo en caso de piezas pequeñas o muy trabajadas. Ahí sí que no hay color, la pintura cubre todos los rincones y el acabado es perfecto. Pero para muebles grandes, mejor un bote de esmalte.

Yo creo que lo mejor es usar un rodillo pequeño (yo prefiero los de espuma) y una brocha redonda para los sitios a los que el rodillo no llega. Primero moja el pincel en la pintura y dale en todos esos rincones, que normalmente son las juntas de las piezas o las zonas talladas. Después, moja el rodillo, deslízalo por la cubeta un par de veces para no tener un exceso de pintura (que haría que el rodillo resbalase y no cubriera bien) y cubre toda la superficie del mueble con paciencia.

Te vas a dar cuenta de que el tiempo de pintar es una miseria comparado con el tiempo de secado. Vamos, que en diez minutillos tendrás todo tu mueble pintado y tendrás que esperar de 3 a 5 horas para darle una nueva capa. Oh yeah. Tómate un gin-tonic, mira un partido de baloncesto (que ahora empieza el mundial!), duérmete una siesta... Pero ten paciencia y no vuelvas a tu mueble hasta que haya pasado el tiempo de secado.

Cuando ya esté seco, coge una lija fina, de 180, y dale muy suavemente a todo el mueble, o, si te da pereza, a las zonas que vayas a tocar (vamos, que no hace falta lijar la trasera). Un toque muy ligero para que quede suave al tacto. Mejor hacerlo a mano, porque si lo haces con lijadora lo más probable es que te cargues la pintura que acabas de poner. Después de lijar pasa un trapo suave para eliminar el polvo y ya le puedes dar otra capa.


Repite dos o tres veces, según cómo quieras tu acabado y ya está, ya lo tienes pintado. Recuerda dar un último repaso con la lija para asegurarte de que todo está bien suave.

Si quieres, puedes barnizar. Yo solo uso barniz en las piezas que van a tener mucho trote y siempre lo uso incoloro y mate, pero tú puedes usar el que quieras, teniendo en cuenta que la aplicación es similar a la pintura, hay que cubrirlo todo bien, esperar a que se seque el barniz y luego lijar suavemente. Si la madera es cruda, lo más probable es que el barniz te haga salir el "repelo". Es decir, que si tu madera tiene nudos, cuando apliques el barniz en los nudos saldrán pelillos desagradables al tacto. De hecho, puede que la pintura los haga salir tambien. Si te pasa eso, coge un poco de lana de acero (es parecida a un estropajo y la encuentras en cualquier ferretería)y pásala por el repelo sin piedad. Es la manera más efectiva de deshacerse del repelo y conseguir que la madera quede suave. Es probable que con la siguiente capa salga un poquitín más. Vuelve a pasar la lana de acero y dale otra capa de pintura o barniz.

4. MUEBLES YA PINTADOS O BARNIZADOS

A veces lo que quieres es darle un aspecto nuevo a un mueble que ya tienes. Para hacerlo, tienes tres opciones:

a) Lo lijas del todo y lo tratas como a un mueble en crudo. Esta opción solo es aplicable a los muebles de madera maciza. Si tu mueble es de contrachapado y melamina puedes destrozarlo lijando. Si usas esta opción, lija tu mueble a conciencia, como hicimos nosotros con las camas del pompón friki y el pompón peque y luego trata el mueble como si fuera un mueble en crudo.


b) Usas una pintura que te permita la aplicación sobre barniz, como la chalk paint. Este tipo de pinturas se adhieren a las superficies aunque no sean porosas, es decir, aunque estén barnizadas, pintadas o lacadas. Si eliges esta opción, infórmate bien sobre los tipos de pintura que existen. Ya sabéis que yo hice un curso con Neus y quedé encantada con la pintura Auténtico. Con este tipo de pintura pintas como si fuera un mueble en crudo, pero lo más probable es que no te haga falta lijar mucho. Para terminar la pieza se suele usar cera y también barniz. Es una pintura un poco delicada, así que no te la recomiendo demasiado para una superficie con mucho uso. Eso sí, si la vas a usar sobre algún mueble que tenga mucho trote, barniza en lugar de encerar.

c) Usas una base o un pretratamiento sobre el mueble y pintas luego. Esta es mi opción favorita para los muebles baratillos de melamina. Usas primero una imprimación, que puede ser en aerosol (aunque te digo lo mismo que con la pintura: es cara!) y le das una buena capa base para cubrir la pintura, el lacado o el barniz. Dejas secar con esa nueva paciencia que has encontrado dentro de ti mismo y luego pintas igual que para un mueble en crudo.

5. Varios colores

Si vas a usar diferentes colores en tu mueble, necesitas usar cinta de pintor, esa cinta adhesiva de papel que se rompe con facilidad y se puede quitar sin dejar marcas. Vamos, el washi tape del bricolaje. Lo más importante para poner la cinta de pintor con garantías es que la pieza esté bien seca. Si colocas la cinta cuando la pintura todavía está húmeda, puedes arrancarla o puede que la nueva pintura acabe mezclándose con ella. Normalmente se pinta siempre primero el color más claro, porque si te pasas es más fácil cubrirlo que el color oscuro. Mi consejo principal para los muebles de más de un color es: PACIENCIA. Más que nunca. Vas a tardar varios días en acabar la pieza y te va a costar mucho esfuerzo conseguir líneas rectas y bien pintadas. Es parte del encanto de pintar este tipo de muebles.


Pues nada, ya está. Ahí va toda mi sabiduría en cuestión de pintura mobiliaria. A lo mejor me he dejado algo súper importante... Espero que me lo corrijáis y me lo hagáis saber en los comentarios :)

(Por cierto, ya no estoy de vacaciones. Este no es un post programado. Volvemos a la rutina.)

Cómo hacer una camiseta de grannies

14 de agosto de 2014


(Estoy de vacaciones, así que el post está programado. Os echo de menos o algo... y todos los días, después de la siesta de tres horas, pienso en vosotros.)

La sabiduría popular dice "Nunca digas: De esta agua no beberé". Pues bien, yo soy experta en gritar a pleno pulmón: "No pienso probarla nunca" o "Jamás me va a gustar". Una especialista. No sé si es mi mala leche innata, mi tozudería genética o qué, pero normalmente lanzo sentencias a diestro y siniestro, y hablo con certidumbres tajantes que pueden apabullar a quien me escucha.

La realidad es que, gracias a ese rasgo personal e identitario, me como mis palabras con patatas cada cierto tiempo. Soy tan vehemente lanzando frases lapidarias como silenciosa y discreta para tragarme lo que dije tiempo atrás.

Por ejemplo, a los 18 años no paraba de decir a todo aquel que me quisiera escuchar que yo no pensaba traer hijos a este mundo, que era injusto para todos y egoísta y qué se yo más. Tres pompones más tarde, mi madre aún me mortifica recordándomelo y yo pongo cara de distraída y me escudo en que a los 18 años uno es bastante voluble y no sabe muy bien lo que se dice.

Otra de mis frases célebres es: "A mí no me gusta el ganchillo". No me gustaba, me parecía una horterada. Los tapetes me resultaban horrendos. ¿Y hacer ganchillo? "¿De qué me has visto cara? ¿De ama de casa de los años 30?"

Ahí están, famous last words, como se dice en inglés. Grandes aciertos vitales. Pero, ¿qué sería la vida sin estas armas arrojadizas que os estoy proporcionando para que os metáis conmigo la próxima vez que me veáis, o ya directamente en los comentarios? Bring it on!

La verdad es que yo era de punto y de poca cosa más. Todo me resultaba bastante cursi y bastante feo y poco moderno y vaya uno a saber qué. Hasta que un día, después de casi sacarle un ojo a mi compañera de asiento con mis agujas de punto, decidí que necesitaba una labor más portátil para mis largas horas en el tren. Y como quien no quiere la cosa, y con muchas dudas, cogí una aguja de ganchillo.

Saltemos un par de años más adelante y aquí me tenéis, con mis agujas de ganchillo a todo gas, forrando todo lo forrable, quedando con mis adoradas Pirates del ganxet para darle a la aguja y a la lengua y con un proyecto en el bolso a perpetuidad.

Entre las cosas que jamás en la vida me habían gustado estaban los grannies. Mi caída empezó con las mantas, tan bonitas con los colores conjuntados, tan modernillas en las habitaciones shabby chic de los grandes blogs de decoración,  tan chulas...

Pero tenía claro que no iba a caer en la moda de llevar puesto algo hecho de ganchillo. Y cuando Núria nos propuso hacernos una camiseta con un par de grannies, me negué en redondo y mantuve mi negativa... hasta que Laura, otra de las piratas, apareció un día con su camiseta de grannies y nos dejó a todos con la boca abierta. Claro que Laura es un pibón, que quede claro, yours truly no le puede hacer sombra, ni lo intenta.


Así que compré unos ovillos de DMC Natura en color negro, cogí mi aguja (yo usé un número 4 para que no quedase muy rígida, que es una camiseta veraniega!) y me lancé a la aventura!

Básicamente, lo único que hay que hacer son dos grannies grandes. Tan grandes como tú :^)

Mis grannies tienen 20 vueltas y creo que me pasé un poco, porque me va un pelín grande. Pero bueno, por ahí andan los números, depende de lo apretado que gancheteéis y de lo delgadas que seáis, tendréis que hacer más o menos vueltas.

¿Que cómo hacéis vuestro granny? En la página de Pascale's Point he encontrado este patrón claro y conciso...

Pero también tenéis instrucciones detalladas con fotos en este post donde hablamos de cómo hacer un escudo de Hogwarts para la fiesta de Harry Potter, ¿os acordáis?

Pues cuando tengáis dos cuadrados iguales solo tenéis que enfrentarlos derecho con derecho y coser. Para las mangas, yo dejé una abertura de siete grupos de tres puntos en cada pieza, es decir, 14 grupos. Y para el cuello cosí primero tres grupos de tres puntos, pero luego me arrepentí e hice cinco, para que no se me desbocara tanto.

La parte de abajo os quedará tubular y hay que rematarla, porque si no la camiseta queda un poco corta. Yo le di tres vueltas de punto alto en cada punto, para que quedara diferente, pero podéis hacer el mismo punto: tres puntos altos en cada espacio.

¡Y ya la tendréis! Si sois castas y puras (y regordetas) como yo, os la podéis poner con una camiseta de tirantes debajo. Si sois más osadas o más pibones, nada, a pelo, que queda sexy :^)

En todo caso, ¡vivan todas las veces que tenemos que tragarnos nuestras palabras! Porque eso demuestra que estamos vivos, que evolucionamos y que aprendemos constantemente.


El lunes del pompón peque: un vaso de papel

11 de agosto de 2014


Os presento oficialmente al pompón peque. Ya sé que lo conocéis de sus múltiples aventuras, pero es el pompón más esquivo, el más tímido y el que más se sonroja. Lo vais a comprobar inmediatamente...

La cuestión es que el pompón peque adora a su hermano friki. Como todos los hermanos del mundo, a veces hay momentos en los que se matarían, pero en general, la admiración es enorme... y mutua. Porque el friki es friki y el peque tiene un don natural para los deportes heredado, obviamente, del pomelo, ya sabéis.

Así que el peque mira muchas veces extasiado a su hermano mayor y sueña con hacer lo que hace el otro (lee los mismos libros, mira los mismos programas de tele, juega a los mismos juegos, se aficiona por casi las mismas cosas...) y cuando vio que el friki estaba grabando un vídeo para el blog, se presentó voluntario para grabar el suyo propio. ¿Y quién soy yo para decirle que no?

Así que el peque os trae hoy un vaso de origami. Un vaso de verdad en el que podéis beber agua un rato. Júrolo. Ya sabéis, el próximo día que estéis en el bosque y encontréis una fuente, si tenéis una hoja de papel, podéis beber como reyes ;^)


(Por cierto, estoy de vacaciones. Esto es un post programado, así que no voy a contestar a los miiiiles de comentarios que me vais a hacer hasta la semana que viene. En este preciso instante me estoy tomando un mojito a vuestra salud...)

Organización para desorganizados: cómo aplicar el minimalismo a tu vida

8 de agosto de 2014


Si entraseis en mi casa hoy mismo, no diríais jamás que somos una familia minimalista. Y puede que para el concepto básico de minimalismo, ese que tenemos todos en la cabeza, nosotros seamos unos absolutos herejes. Prácticamente no hay ni una sola superficie limpia y vacía en toda la casa. Hay libros apilados en varios rincones. Y los armarios están cerrados a presión. Tenemos un montón de cosas.

Y sin embargo... Sin embargo puedo asegurar que hoy hay en casa muchísimas menos cosas que hace un par de años. Muchísimas menos.

No es que nos hayamos vuelto ascetas y empecemos a renegar de nuestras posesiones materiales, ni mucho menos. Nos gusta tener cosas. Nos gusta darnos un capricho alguna vez y comprarnos algo bonito o algo que teníamos muchas ganas de tener. Pero poco a poco hemos aprendido a darle a las cosas el valor que tienen y a entender que realmente tenemos lo que necesitamos. Y mucho más.


En este caso el plural es mayestático, porque la que tenía un problema grave de acumulación era yours truly. Y hasta cierto punto se lo estaba inculcando a mi descendencia de escarabajos peloteros.

Durante toda mi vida lo he acumulado todo. ¿Apuntes de literatura del instituto? Oh, yeah, guardaditos en una carpeta, por si las moscas. ¿Libros de formulación orgánica de 3º de BUP? La duda ofende. ¿Todas las cartas que me han escrito desde que tenía seis años? Por supuesto. ¿Unos pantalones que pintamos mis amigas Kaja, Linnea y yo con rotuladores cuando teníamos diez años? Pues sí. Habían viajado a través de tres mudanzas y casi treinta años. Pensad la ridiculez más absoluta que alguien puede guardar. Seguro que estaba en alguno de mis cajones.

El que es acumulador lo es y punto. Guarda las entradas de cine para recordar qué película vio qué día y con quién. Tiene una angustia existencial de olvidarse de las cosas y le produce una sensación de seguridad saber que en alguna caja, en algún rincón, tiene guardado todo lo que necesita para recordar los buenos y malos momentos de su vida.

Pero un acumulador también tiene un problema: el espacio. En la última mudanza que hicimos mientras vivía con mis padres, casi la mitad de las cajas eran mías. Es decir: mi madre, su marido y mis dos hermanos JUNTOS tenían tantas cajas como yo. Mis libros, mis apuntes, mis hojas manuscritas, mis colecciones de papeles decorados y vaya a saber uno qué más, ocupaban la mitad del camión de mudanzas. Lo leo y se me pone la carne de gallina.

No sé lo que les pasa a los demás acumuladores del mundo (estoy con vosotros, hermanos) pero a mí llegó un momento en el que todo se me empezó a caer encima. No me daban las neuronas para acordarme de todo lo que tenía y de dónde lo tenía. Los montones de papeles me deprimían y la cantidad inhumana de libros, revistas, artículos y apuntes que quería leer, repasar, subrayar o recuperar me paralizaba, porque era una tarea que solo podía abarcar un titán.


Las cosas que tenía me agobiaban. Ni más ni menos.

Empecé a leer cosas sobre minimalismo y sinceramente, lo primero que pensé fue: "Esta gente está como una cabra. ¿Vivir con 30 prendas de ropa? Me voy a pasar la vida poniendo lavadoras. ¿No tener libros en casa? ¿Tener solo 5 platos y 5 vasos? Anda y que os den."

Es decir, que por muy fascinante que me pareciera el tema, la reacción era un rechazo total, absoluto y tajante. Porque sinceramente, ese minimalismo no es para mí. A mi familia y a mí eso no nos va. Queremos tener cojines para hacer guerras y platos y vasos para que vengan un montón de niños a merendar. Nos gusta tener máquina para hacer helados y gofres, y libros para leer por la noche, tumbados en el sofá. No, gracias, pasamos de vivir con tres perchas, dos revistas y un bonsái.

Pero con el tiempo, esas ideas extremas fueron encontrando un espacio en mi cerebro de acumuladora. Y fueron mutando y convirtiéndose en otra cosa. Minimalismo Mutante (cualquier concepto al que le añadas mutante o zombi gana mil puntos).

Nuestro minimalismo no se parece al de las revistas o los blogs. No hay habitaciones con solo un sofá y el ruido de la lluvia de fondo, ni jarrones de cerámica con una flor solitaria. Nuestro minimalismo es como nosotros: ruidoso, excesivo, desordenado y feliz. Pero es minimalismo al fin y al cabo.

Así que hoy quiero daros unos consejos para cambiar el caos y el desorden de la abundancia por otro caos y otro desorden más minimalista. Al estilo Casa Pompón.


1. Haz que el concepto funcione para ti

El minimalismo no es ni tiene por qué ser un concepto universal e inamovible. Piensa qué significa para ti y cómo quieres aplicarlo. Ya habréis oído la famosa frase que dice que no tengas nada en tu casa que no te parezca bonito o útil, y básicamente ese es el concepto que nos ayuda a definir cómo queremos nuestro minimalismo. Vamos, que tienes que encontrar tu propio concepto. Yo, por ejemplo, no renuncio a mis materiales para manualidades, bricolaje y cocina. Son las cosas que me chiflan. El pomelo no renuncia a su material de triatlón. Pero todo lo demás es debatible... Busca lo que es básico para ti y piensa qué puedes hacer con todo lo demás para racionalizar un poco el uso de tu espacio.

2. No te obsesiones: es un proceso continuo

No, no te vas a levantar un día y va a estar todo hecho. Aunque reserves un fin de semana o una semana de vacaciones para limpiar, tirar, recoger y organizar, el trabajo no va a terminarse sin más. Es un trabajo continuo. Vas a tener que planteártelo todos los días. Yo llevo casi dos años intentando convertirme en minimalista y cada vez me cuesta menos y tengo que pensarlo menos. En este tiempo he sacado de mi casa (y no exagero) más de treinta bolsas de basura industriales de "cosas". Al principio me costaba un montón y me pasaba todo el día mirando y volviendo a mirar las cosas, intentando decidir si las tiraba o no... ahora ni lo pienso, las miro y enseguida decido si me las quedo o se van fuera. Es un proceso, hay que aprender y hay que tener claro que van a ser decisiones que vamos a tener que tomar el resto de nuestra vida. Así que no te obsesiones, que el camino es largo.

3. Deshazte de una cosa cada día

Es la manera más fácil de empezar. Todos los días del mundo recoge algo que esté medio roto, que ya no te guste, que no te quede bien, que lleves tiempo pensando en tirar, que simplemente ya no uses... lo que sea. Regálaselo a alguien, tíralo, dónalo, recíclalo... da igual lo que hagas, pero sácalo de ahí. Y al día siguiente escoge otra cosa. Es la mejor manera de empezar a coger el ritmo.

4. No te desanimes

Ya hemos dicho que es un proceso. Y hay momentos de subidón en los que limpias, ordenas y organizas un montón y momentos de los que solo tienes ganas de tumbarte en el sofá y comer Nutella directamente del bote con una cuchara mientras miras capítulos viejos de Fringe o Castle (¿lo he dicho en voz alta?). Si siempre fuésemos una caña de ordenados y organizados no tendríamos el problema de la acumulación. Así que si te apetece salir a pasear con tus amigos, ver una peli o tejer una bufanda en lugar de organizar, adelante.

5. Pon un freno momentáneo a las colecciones

En casa hacemos manualidades, así que hay cajones llenos de botes de cristal, tubos de papel higiénico, cajas de cartón, tapones de botellas... Y también tengo tendencia a comprar libros y revistas. Por el momento está todo en pausa. Si estoy intentando organizar y sigo añadiendo cosas a mi colección, me frustro. Así que las colecciones de la casa están en standby. No significa que no vaya a acumular nunca más, pero por ahora hay que hacer sitio.


6. Usa las cosas

Habréis leído un montón de textos de esos que la gente te envía o cuelga en FB sobre la importancia de llevar la ropa bonita todos los días y de usar los platos de la abuela en lugar de dejarlos en un rincón cogiendo polvo. Aunque detesto el tono lacrimógeno de esos textos, tengo que reconocer que tienen toda la razón. ¿De qué sirve acumular las cosas si luego no las vas a disfrutar? Ponte como objetivo usar las cosas que tienes, a lo mejor descubres que hay cosas que guardas por guardar, pero que realmente no tienen ningún uso.

7. Comparte las cosas

Cuando hablamos de los libros os conté que tengo unas amigas con las que compramos libros en comunidad y los hacemos circular. Así cada una de nosotras guarda una tercera o una cuarta parte de los libros que acumularía. Pues lo mismo aplica a todo lo demás. Nosotros tenemos una tienda de campaña para cinco personas y la usamos, con suerte, una vez al año. Pero no somos los únicos que la usamos, todos nuestros amigos saben que está disponible y que solo tienen que pasar a buscarla. Yo no tengo raclette, pero mi amiga Ruth sí, así que si una noche me apetece, paso por su casa a buscarla. Y ella sabe que si quiere coser algo, puede pasar a usar mi máquina de coser (o mis servicios, porque ella, ni un botón ;^)). En fin, ya lo pilláis, se trata de que cada uno tenga cosas a las que le da cierto uso y de que los demás puedan usarlas de vez en cuando. No hace falta que todos tengamos de todo.

8. Piensa bien lo que metes en casa

Intenta que las cosas ya no pasen por la puerta. Clasifica el correo antes de entrar a casa, por ejemplo. No cojas revistas, periódicos o flyers por la calle. No aceptes cualquier tipo de regalo. Ten mucho cuidado con lo que compras. Parece mentira, pero con el tiempo me he ido dando cuenta de la cantidad de cosas que entraban en mi casa sin que yo me diese cuenta. Folletos de una u otra tienda que me metía en el bolso para leer luego, chorraditas que recogía si íbamos de excursión, tíquets de compra que pensaba ordenar y clasificar cuando llegara a casa... Por no hablar de compras casi compulsivas o tan pequeñitas que no me parecían ni compras. Ahora me lo pienso todo muchísimo. Si voy a comprar algo lo miro y lo remiro y pienso si tengo sitio para ponerlo, si lo voy a usar y si no tengo algo similar.

9. Encuentra tu sistema

Todos los libros que he leído sobre el tema hablan de hacer tres cajas, una para donar, otra para vender y otra para tirar. Parece que esa sea la única manera de funcionar. Pues la verdad es que a mí no me va bien. Al principio me frustraba mucho intentarlo, hasta que entendí que podía hacerlo como me diera la gana, que no había recetas mágicas. Yo lleno grandes bolsas de plástico y las dejo alineadas junto a la puerta para ver lo mucho que he avanzado. Lo tiro prácticamente todo, aunque sí que lleno bolsas de ropa para dar a amigas con hijos más pequeños o de juguetes o libros para llevar al cole de los pompones o a la biblioteca. No vendo casi nada, porque en este país no tenemos tanta cultura de segunda mano como en otros sitios. En esos libros dice también que vayas habitación por habitación y armario por armario. Yo no puedo. Me desespero. Me aburro. Así que ahora me ocupo de varias cosas a la vez y voy saltando de tarea en tarea. Me pongo metas muy pequeñas y concretas. Lo que te quiero decir es que lo hagas como te dé la gana. Que no sigas recetas mágicas, porque no las hay. Que empieces a lo grande o a pequeña escala, da igual, la cuestión es que empieces. Busca lo que te funcione a ti según tu manera de ser y tu espacio.

10. Libera un rincón

Hazte un pequeño bastión, un rincón de la casa que te guste particularmente, que te haga sentir bien y que esté ultra organizado. Yo tengo esta pequeña estantería colgada en el estudio y es lo que miro siempre que el resto de la casa es un caos. Es bonita, es pequeña, está ordenada... me tranquiliza y me da energía para intentar que el resto de la casa quede igual.


Y ya está. Si me hubieseis visto ayer tirar mis catálogos del Festival de Sitges (15 años ininterrumpidos) entenderíais que hay esperanza para cualquiera. Cualquiera. Y que aunque mi casa siga siendo ese desorden interminable, ese caos lleno de cosas, ahora hay muchas cosas menos que antes y casi todo lo que tenemos nos encanta y nos entusiasma.

Espero que os sirvan estas pistas y que si tenéis otras las compartáis con nosotros. ¿Vosotros sois más escarabajos peloteros o minimalistas de 30 prendas de ropa?
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