Guante de crin

11 de octubre de 2016


Ayer abrí el famoso baúl del comedor. Lo abrí de par en par, estuve rebuscando por dentro y saqué un montón de cosas que hay que utilizar si queremos #acabarconDiógenes de una **** vez.

Pero voy a ser sincera. Me deprimí un poco. Porque aunque esparcí de todo un poco en el suelo y la pompona y yo empezamos a trabajar enseguida en un proyecto navideño (¡Navideño! ¿No estás orgullosa de mí?) e hicimos limpieza de materiales viejos, obsoletos o directamente feos, a la hora de cerrar la tapa tuve que hacer, como siempre, presión. Aunque fuera del baúl el comedor parecía un campo de batalla. La de trabajo que nos queda por delante.

Y es que, no lo puedo evitar, soy impaciente. Si me planteo hacer un mueble quiero hacerlo YA, venga, ya tardo, hay que terminarlo, no barnices tanto que da igual. Si me imagino un Total Makeover de alguna habitación, la tarjeta se echa a temblar porque, en efecto, necesito de todo y lo necesito en ese mismo instante. Y si decido acabar con Diógenes, quiero que el muy puerco se muera lo antes posible y sin quejarse demasiado. Y no puede ser.

Vamos que me va el rollo grandilocuente y las decisiones drásticas, pero a la hora de la verdad, todos los cambios se hacen con gestos minúsculos repetidos mil veces. Como decir que no a la tostada con Nutella que nos pone ojitos desde la mesa cuando queremos perder un par de kilos (o diez).

Y aunque me cuesta horrores, porque me cuesta horrores, he decidido intentar disfrutar del proceso y convertirlo en una manera de funcionar. Así que cuento hasta diez y decido que mejor deshacerme de una hoja de papel que de ninguna y pienso que, como decía el Capità Enciam (el Capitán Lechuga, en catalán): "los pequeños cambios son poderosos".

Hoy, en el blog de Demodé, tienes la primera entrega de "Paula, por favor, respira hondo y confórmate con gastar solo un ovillo, no importa que todavía queden 153 sin usar" en forma de guante de crin, un básico de la ducha diaria que puedes hacer tú misma en un momentín. Que algunas cosas nos dan un poco de respeto, pero luego te lías la manta a la cabeza, intentas hacerlas y te das cuenta de que casi todo se puede igualar o mejorar de forma casera.

Y te dejo ya. Prometo que muy prontito, rollo el jueves mismo, si se alinean los astros, tendrás post aquí con contenido aquí y no te haré irte hasta la página de Demodé si tú no quieres. Aunque me encantaría que quisieras, porque le pongo mucho cariño, mucho esfuerzo y muchas ganas y estoy esperando que despegue del todo. Es como un hijo que todavía necesita que le cambies los pañales y le des el biberón y yo soy una madre insomne con ganas de que camine, coma sólido y duerma toda la noche de un tirón. Pero lo miro y me derrito, eso sí.

Disfruta del miércoles de fiesta, porque yo lo pienso hacer...

Acabar con Diógenes

6 de octubre de 2016


Veo que el tema del Total Makeover del comedor te ha llegado al alma. Y es que los programas de decoración de Divinity han hecho mucho daño. Cómo molaría poder tirar una pared aquí, levantar otra allá y cambiar la distribución de tu casa en un ratito. O poder permitirte cambiar de casa a una de esas granjas de Ohio de 400 metros cuadrados con tres kilómetros de patio. Ahí sí que íbamos a bricolajear como locas.

Pero hay que conformarse con lo que tenemos y sacarle el máximo partido. Y no solo me refiero al espacio, sino a TODO lo que tenemos.

Y es que en el comedor, junto a la ventana, tengo un gran baúl de madera. Pero grande de verdad. Y está lleno. Pesa un montón. Al abrirlo te encuentras con los sospechosos habituales: cajas de cereales, papeles de todo tipo y color, envases, bolsas de malla, trozos de madera, lana para afieltrar, telares, bolas de porexpán... todo lo que acompaña normalmente a una acumulación compulsiva, o, para qué dar tantos rodeos, a un síndrome de Diógenes en ciernes.

Entenderás que eso no me va bien para el Total Makeover, porque necesitaría, de hecho, deshacerme del baúl y ganar un poco de espacio, ahora que he añadido... ya lo verás :^P

Así que he estado pensando y he decidido #acabarconDiógenes. Ya habíamos conseguido, lo comentamos hace muchos meses, dejar de comprar material alegremente y hacerlo solo con un proyecto en mente, Y eso lo he mantenido con bastante dignidad. Pero he seguido guardando envases, cajas y cartones con la esperanza de poder convertirlos en otra cosa. O de poder usarlos como moneda de cambio en caso de apocalipsis zombi. Nunca se sabe.


Y se terminó. Estoy intentando hacer proyectos con materiales que ya tengo, aprovechando trozos, restos y todo lo que tengo por ahí tirado. El objetivo final es hacer una limpieza profunda de los materiales que guardo para tener espacio (físico y mental) para tener ideas nuevas. Porque, al final, con tanta cosa me agobio y soy incapaz de pensar. Que esa es otra de las cosas que ya hemos comentado muchas veces: me da pereza pensar.

Así que estoy en pleno proceso de acabar con el alijo. Y te invito a que formes parte de él. Usa #acabarconDiógenes allá donde quieras, o déjame un mensaje y un enlace para que pueda ver lo que has hecho.

Por el momento he compartido un proyecto en la página de Demodé Books, unas mesas hechas con restos de madera (que acumulo constantemente) y tenemos también las macetas del otro día. Pero la cosa va a ir a más, ya te lo advierto. Tengo el piso lleno de trastos que necesitan un nuevo uso o marcharse ya. ¿Te apuntas?

Macetas de plástico recicladas

4 de octubre de 2016


En el blog de Demodé Books te cuento cómo forrar las macetas cutres del centro de jardinería para darles una nueva vida.

Y sí, lo que hay debajo es parte del total makeover del comedor, que espero enseñarte dentro de muy poco. O de poco. O de unas semanas. O cuando termine, que todo parece fácil hasta que te pones y quieres encontrar unos herrajes correderos que no te obliguen a vender un riñón y parte del intestino grueso o a pedir una rehipoteca de tu casa para comprarlos. Y entonces entras en el agujero negro de las RUEDAS DE POLEA METÁLICAS y crees que la cosa no puede ir peor. Pero es que las ruedas de polea tienen que encajar con una barra y a su vez tienen que permitirte fijar otro trozo de metal que acabe fijado también en la puerta. Y haces esquemas, cálculos matemáticos, te maldices por no haber prestado más atención cuando te explicaron las leyes de la física y luego te duele la cabeza y solo quieres comer Nutella a cucharadas y hacerte una bola en el sofá para despertarte en mayo del año que viene. Pero no puedes porque sigue habiendo un desconchado en la pared que hay que rellenar, lijar y pintar. Y respiras profundamente y te recuerdas que a ti TE ENCANTA el bricolaje.

Perdona, que me disperso. Lo dicho, que hoy hay post en el blog de Demodé Books. Que estoy muy activa y preparando muchas cosas, pero las distribuiré entre los dos blogs, porque el hambre de contenido de internet es voraz, pero los días y las horas son finitos y a veces intento hacerme una bola en el sofá igualmente, o salir a que me dé el aire, a sintetizar vitamina D y a cazar Pokemons.

Pero que dentro de poco te enseño el comedor es innegociable, porque tengo visitas especiales en enero y estoy intentando hacer una puesta a punto del piso. A ver cuándo te puedo contar más.

Tratamiento para manos de maker

16 de septiembre de 2016


Siempre he tenido una relación de amor odio con mis manos. No tengo dedos de pianista, sino morcillas encajadas a presión sobre una palma cuadrada. Me muerdo las uñas, me doy golpes, me las despellejo y me hago cortes. No hay anillo que me quepa bien, porque a la que hace un poco de calor o camino más de tres manzanas, se me hinchan como globos de helio. Y a menudo me pican, me escuecen o me molestan.

Pero mis manos son también mi mayor fuente de entretenimiento. Son las que hacen jerséis y camisetas, plantan, trasplantan y cosechan, clavan y atornillan. Ser una maker, aunque sea una maker de andar por casa, hace que mis manos sean mi principal herramienta de trabajo.

Y las manos sufren. Después de horas pasando hebras de lana arriba y abajo, o de lijar un tablón de madera hasta dejarlo como un papel de fumar, me piden a gritos un descanso, un baño y un par de kilos de crema hidratante.

Hace unas semanas, mientras estaba preparando un post para Demodé, estuve trasteando y haciendo pruebas de tratamientos para las manos. Me lo agradecieron tanto, las pobres, que hasta me dieron pena. Y pensé que todas (¡y todos!) nos merecemos de vez en cuando una sesión de belleza de manos, ¿no? Para poder seguir cosiendo, tejiendo, clavando, atornillando y lijando sin ningún problema.

Así que vamos a repasar un poco qué podemos hacer cuando nuestras manos necesitan una puesta a punto para seguir con su actividad incansable. Porque tus manos también son incapaces de estar quietas más de cinco minutos seguidos, ¿no?


Primero: Mascarilla


Empezamos con una mascarilla de arcilla. Puede ser verde, blanca o roja. Las tres eliminan toxinas, regeneran y son una maravilla, pero la verde es más indicada para pieles grasas, la blanca para pieles secas y la roja para dolores musculares. Pero, vamos, no te obsesiones, que nos la vamos a poner en las manos, no en la cara. Puedes probar con diferentes tipos de arcilla hasta encontrar la que más te guste.

La arcilla se suele vender en polvo o en terrones, pero se prepara igual. Básicamente, ve añadiéndole agua (mejor si es agua mineral) y remueve constantemente hasta conseguir consistencia de... barro.

Para hacerla más nutritiva, puedes añadirle otros ingredientes, como aceite (de coco, de almendras dulces, de oliva) o miel (si la calientas se disolverá mejor).

Cuando tengas la pasta lista, llega la parte divertida. Como si tuvieras tres añitos y estuvieras en el parque después de una tormenta. Embadúrnate las manos. Sin piedad.

Espera a que el barro se seque. Esta es mi parte favorita. Primero, porque me siento la protagonista de una peli de serie B: "La cosa del pantano". Pero además, porque la sensación es muy curiosa. Notas la piel tensa y fresca, la capa de fuera está seca y dura y si le pasas a alguien un dedo por la mejilla, se pega un susto de muerte.


Cuando ya esté seca del todo y haya cambiado de color, solo tienes que lavarte las manos con ganas bajo el grifo...


Segundo: Exfoliante


Y mientras te la lavas, te las exfolias bien con un exfoliante suave. Hace unos meses me regalaron uno de Lush que me pareció una pasada, pero tenía detergentes y eso no me gustó nada. Así que miré bien la lista de ingredientes y descubrí que el exfoliante típico de sal fina, aceite y aceites esenciales mejora hasta el infinito si le añades... un poco de jabón líquido. Sí, sí. Eso sí, natural, sin parabenos ni detergentes!


Así que preparé mi propio exfoliante (tienes la receta aquí, en el blog de Demodé) y llevo varias semanas usándolo con resultados estupendos.

Lávate las manos con el exfoliante y retira todos los restos de arcilla que haya.

Tercero: Hidratante


Y luego solo hace falta una buena crema hidratante. Confieso que yo tengo un par de cremas de manos naturales que uso sin parar, pero puedes hacer una crema hidratante casera en dos minutos. Coge un aceite que te guste y bátelo, como si hicieras una mayonesa. El aceite emulsiona y coge consistencia de crema. Luego solo tienes que ponértelo en cantidades muy pequeñas y ya está. Si no te gusta la idea, puedes coger un aceite como el de coco, que es sólido a temperatura ambiente, pasar los dedos por la superficie y usar eso como crema. Si quieres complicarlo más, puedes calentar un poco de tu aceite favorito y añadirle un poco de cera de abeja. Remueve hasta que la cera se haya fundido, pon el líquido en un recipiente con tapa y cuando se enfríe tendrás una loción en barra estupenda para las manos.

Y ya está! Puedes hacer esto una vez por semana o solo un par de veces al mes, cuando las manos te lo pidan.

Pero hazlo, porque tus manos hacen tantísimo por ti que se merecen un día de mimos, ¿no?

Nada en la nevera: pieles de patata fritas

9 de septiembre de 2016


La verdad es que he dejado de pelar las verduras. Sí, patatas y zanahorias incluidas. Me he comprado un cepillito de madera que vive junto al grifo de la cocina y cuando me pongo a cocinar le doy un buen cepillado a todo y lo cocino con piel. No es que le tenga manía al pelador, es que me parece un desperdicio innecesario (salvo que usemos las pieles para hacer caldo de restos, claro) y un ejercicio muy cansino cuando no tengo al pomelo a mano para hacer el trabajo duro.

Peeeero, sí que es verdad que de vez en cuando hay que pelar las patatas queramos o no. Sea para hacer un puré blanco o porque tenemos invitados maniáticos (o porque somos tiquismiquis nosotros mismos), a veces no hay más remedio que crear una montaña de pequeñas láminas de piel de patata que nos miran un poco desafiantes desde el mármol de la cocina.

Hace un par de meses probé a hacer algo que mi padre había hecho varias veces cuando yo era pequeña: chips de piel de patata.

Fueron un éxito rotundo en casa y desde entonces las hemos estado repitiendo, perfeccionando y afinando cada vez que las hacemos. Y hoy te voy a contar todos los trucos.

Ya, ya sé que no estoy inventando la rueda, pero es increíble como a veces tiramos a la basura comida en perfecto estado como esta, ¿no?


Pieles de patata fritas


Lo primero y principal es limpiar a conciencia las patatas. Lo dicho, un cepillito (puedes usar un cepillo de dientes viejo o el de un hotel) y mucha paciencia para quitar toda la tierra de las patatas. Si, como yo, eres sensible a los brotes y los agujeros, aprovecha para quitar cualquier parte de la patata que no te guste.

Pela la patata como lo haces normalmente. El mejor resultado es con un pelapatatas de aquellos que hacen láminas finísimas.

Ahora viene la parte importante: congela las pieles de patata en una superficie plana, separadas unas de otras. Como son tan finas tardan muy poquito en congelarse, unos minutos. Cuando ya estén firmes, frías y no tengan ninguna humedad al tacto, las puedes pasar a una bolsa o un bote de cristal.

El mejor resultado se consigue si las pieles se congelan del todo, un día como mínimo. Nosotros las dejamos hasta el siguiente aperitivo o partido del Barça.

Luego solo tienes que calentar una buena cantidad de aceite y freír las pieles en tandas. Se hacen muy rápido porque soy muy finas y quedan bastante crujientes.

No las saques todas del congelador, solo las necesarias para cada tanda. Cuanto más contraste térmico hay, mejor quedan.


Una vez fritas, espolvoreas sal y las especias que quieras (en casa nos gustan el pimentón y la pimienta) y las sirves calentitas.

Me encanta que mi bolsa de basura orgánica quede prácticamente vacía, ¿a ti no? Sigo haciendo pruebas y a la caza de recetas para esta sección. ¿Hay algo que siempre tiras y te da pena? ¿Algo que quieras aprovechar pero no sabes cómo? ¿Tienes una receta brutal de aprovechamiento y quieres venirte un día a hacer un guest post? ¡Déjame un comentario!


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