Organización para desorganizados: Superhéroes

23 de octubre de 2014


Los superhéroes son guays. Salvan el planeta de amenazas nucleares o terroristas, o en forma de marinerito inflable gigante (referencia que solo pillaréis los ochenteros y los que tengáis una excelente cultura cinematográfica) o de malo malísimo con ínfulas que quiere dominar el mundo. Se ocupan de robos, crímenes, mafiosos y hasta de extraterrestres. Y por eso son muy infelices.

No me malinterpretéis, a mí me encantan los superhéroes, soy muy fan. En mi corazoncito llevo para siempre al Batman de Adam West con sus lycras imposibles y sus coloridas onomatopeyas. Pero creo que ser un superhéroe es muy duro y muy triste.

Primero hay que tener cara de estreñido todo el día. Porque un superhéroe no puede pensar en minucias como lo que va a cenar esa noche o qué partido de fútbol va a ver el sábado, no. Cuando uno tiene el peso del bienestar del mundo sobre los hombros, solo puede pensar en cosas importantes. Y claro, tener pensamientos sublimes todo el día te impide sonreír, respirar e incluso dormir.

Porque los superhéroes no duermen. Están atentos a la luz en el cielo, al teléfono directo con el ayuntamiento, a su súper oído que detecta los gritos, a cualquier cosa que les avise de que tienen que intervenir. Y la verdad es que siempre tienen que intervenir.

No tienen tiempo para tener una vida familiar normal y, que yo sepa, hasta el Sr. Increíble se relaciona únicamente con otros superhéroes, porque no hay nadie que entienda el ritmo que imprime tener una fuerza sobrehumana o una elasticidad única, y nadie entiende el agobio que supone no poder tener el don de la ubicuidad.

Tienen problemas familiares, no tienen amigos y se sacrifican ad eternum para que todos los demás podamos dormir de un tirón, ir al cine o tumbarnos una tarde a oír los pajaritos, los gritos de los niños o las olas del mar.

Sus personalidades corrientes, sus otros yos, acaban pagando el pato: ningún superhéroe puede hacer una jornada laboral normal y es un milagro que no los echen de sus trabajos como periodistas, fotógrafos, científicos o trabajadores de seguros.

Tanto hacen y tan poco descansan que acaban teniendo problemas a la hora de vestirse y poniéndose las bragas, los calzoncillos, los sujetadores, los leotardos o la camiseta imperio por fuera y combinando los colores con un dudoso sentido estético.

No es de extrañar, entonces, que solo existan un puñado de superhéroes, todos fruto de una raza extraterrestre, un experimento científico, un accidente fortuito o una vida millonaria y un pasado torturado. Porque esa vida no hay quien la aguante. Sinceramente.

Y sin embargo, a veces, todos queremos ser Ícaro y conseguir ser un superhéroe, aunque solo sea por unos días, como dice David Bowie.

En esas andaba yo hace unos días. Creo que somos muchas las mujeres que lo intentamos en algún momento u otro. Queremos ser superheroínas, desvivirnos por los demás y solucionar los problemas del mundo, sean en forma de reunión del colegio, de cuerpo perfecto, de éxito profesional, de casa de revista o de realización familiar. Nos estiramos y nos estiramos, como Elastigirl, con la intención de llegar a todo, de no dejar ni un rincón sin cubrir, de ocuparnos de todo y de todos. Y como no somos especiales, ni tenemos superpoderes, en lugar de estirarnos hasta quedarnos como un papel de fumar, llega un momento en el que nos rompemos.

No os quiero aburrir con los detalles, pero hace un par de semanas, un día me levanté y empecé a llorar. Y no pude parar. Fui al médico aterrorizada porque no entendía lo que me pasaba y lo que era peor, pensaba que a lo mejor me lo estaba inventando yo misma para tener excusa para dejar de hacer algunas cosas que no tenía ganas de hacer. Y mi doctora, que es la mejor del mundo, me dejó llorar y sonarme la nariz y balbucear todo lo que quise y al final me dijo, sencillamente, que tenía una crisis de ansiedad que no me dejaba vivir y que lo único que había hecho había sido explotar.

Mientras intento volver a la normalidad o más bien, cambiar mi normalidad para que no incluya listas de tareas kilométricas, he estado pensando mucho, en muchas cosas que ya os iré contando. Pero he pensado principalmente en lo mucho que nos pasa a nosotras. Ya sé, chicos, que algunos de vosotros también pasáis por ello, pero, por lo menos a mi alrededor, he visto que la ansiedad es un síndrome principalmente femenino. Me ha sorprendido la cantidad de gente que conozco que ha tomado ansiolíticos o ha sufrido crisis similares a la mía por motivos similares a los míos. Me ha parecido muy triste que nadie, más que algún blog bienintencionado como este, nos comente cómo podemos detectar que vamos directas hacia el desastre.

Pero lo peor de todo ha sido sentarme a hablar con la doctora y con la farmacéutica, leer los prospectos de los medicamentos que estoy tomando y darme cuenta de que llevo años conviviendo con el estrés y la ansiedad. Y me juego el dedo meñique a que muchos de vosotros (o más bien muchas de vosotras) también.

He aprendido que NO ES NORMAL:

  • No conseguir dormir. Acostarte muerto de sueño y tardar media hora, una hora o incluso dos en conciliar el sueño. Por muchas cosas que tengas en la cabeza.
  • Despertarte a media noche y no volverte a dormir. Pese a que te caes de sueño mientras oyes las campanadas de la iglesia que te indican que acaba de pasar otro cuarto de hora y que todavía no te has vuelto a dormir.
  • Llorar con los anuncios de la tele. Por muy llorica que seas y por mucho que el perrito que sale sea una monada. O por mucho que sea una historia de superación que busca tu complicidad.
  • Sentarte a ver una peli y hacer otra cosa. Especialmente si la otra cosa exige cierta concentración, como leer Twitter, mirar fotos en Instagram o repasar tus blogs favoritos. Mientras intentas ver la peli con la familia. Y saber de qué va.
  • Levantarte a las diez de la mañana y pensar en las horas que has perdido y todas las cosas que no has hecho, aunque sea domingo. O precisamente porque es domingo.
  • Desesperarte cuando ves todas las cosas que quieres hacer y el poco tiempo que tienes. Y que eso te genere angustia, especialmente si haces cosas como dividir las cosas que quieres hacer por los años de vida que más o menos te quedan.
  • Comprometerte con todo el mundo a hacer cosas. Algunas que te gustan, otras que no, muchas que son favores... Y seamos sinceros, que el principal motivo por el que lo haces sea caerle bien a todo el mundo. No le puedes caer a todo el mundo y eso está bien. La gente que te detesta también te define. Hay gente a la que tienes que caerle mal.
  • No tener tiempo libre para hacer las cosas que quieres hacer, porque siempre tienes una lista de tareas pendientes. Esto se relaciona con el punto anterior. Como decía Maradona (mira que estoy ochentera hoy!!): Simplemente di no.
  • Haber perdido la capacidad de tumbarte en el sofá y no hacer nada. Yo la he perdido. Del todo. Si me tumbo en el sofá tengo que tener un libro, el ganchillo, el teléfono o algo en las manos. ¿Por qué? Si no tienes nada dejas espacio para un pomelo, un pompón o incluso una siesta.

Esos son apenas algunos de los puntos en los que he estado pensando mucho estos días, en las cosas que no sé hacer porque una parte de mí cree que soy una superheroína. Pero no tengo poderes y vivir como si los tuviera me está haciendo ser infeliz, como los héroes, y además no aguantar nada y ni siquiera acercarme a salvar la humanidad.

A veces, muchas veces, no está mal dejar que la responsabilidad caiga en otros hombros y dejar que alguien nos salve. Reconocer que no, no tenemos poderes, ni tiempo, ni ganas y que queremos cultivar el noble arte de tocarnos la barriga a dos manos, que corre el riesgo de desaparecer si no hacemos algo al respecto. Eso sí es una responsabilidad.

Empieza hoy mismo a reconocer tu falta de superpoderes. No te agobies, no pasa nada, apenas hay un puñado de personas que los tienen y, la verdad, a todos les traen superproblemas, desde la animadora a los inadaptados sociales de Misfits (referencias más modernitas estas, para que veáis que no soy tan viejuna). No vale la pena. Ya sé que la frase está sobada, pero haz más de lo que te hace feliz y menos de lo que es un coñazo supremo que solo haces por obligación o por facilitarle la vida a alguien. Facilítatela a ti. Relájate. No acabes llorando con el bote de cereales en las manos, porque solo lo pasáis mal tú y la gente a la que quieres.

Aprovecha tus poderes personales, que no son súper, pero que te molan y te dibujan una sonrisa en la cara. Como a mí este blog. La semana que viene intentaré volver al buen camino y a publicar. Sin agobios, que ya sé que no soy, ni nunca voy a ser, la Mujer Maravilla.

Cereales caseros

29 de septiembre de 2014


Me encantan los cereales. Me chiflan. Podría vivir de ellos (y de helado, salsa Tabasco y gazpacho). No me gustan con leche, porque detesto la leche (vaya uno a saber por qué, de pequeña podía beberme un litro diario sin grandes problemas), pero me los como solos, con yogur y hasta con zumo de naranja.

El problema que tienen los cereales digamos "comerciales", los del súper, es que si uno mira los ingredientes acaba con el estómago revuelto. Montones de grasas vegetales, azúcares y cosas que uno no sabe muy bien de dónde salen.

Y el problema que tienen los cereales digamos "sanos" de tienda de dietética, es que no hay quien se los coma. A mí siempre se me hace bola. Y qué aburridos que son.

Lo curioso del tema es que hacer tu propio muesli o cruesli o como sea que le llames, para desayunar es ultra fácil. Y bastante rápido. Y además le puedes poner los ingredientes que quieras.

Así que hoy os cuento cómo podéis preparar cereales para el desayuno sanos y ricos. No es una receta, porque soy incapaz de seguir dos veces la misma receta. Me moría de la risa con el post de Paloma sobre la mermelada de moras, porque yo soy exactamente igual, para mí todo es a ojo (como habréis notado en cada uno de los posts de este blog).


De hecho hace unos años mi mejor amigo había venido a casa a cenar y mientras hablábamos de cómo había cocinado lo que fuera que estaba en el fogón, Joan me dijo: "Madre mía, es que no sabes hacer ningún plato sin cambiarle algo". En ese momento estuve a punto de protestar airadamente... pero la verdad es que con el tiempo me he dado cuenta de que es totalmente cierto. Y es así en todos los aspectos de mi vida.

Vamos, que yo no quiero aprender a hacer un determinado muñeco de ganchillo y repetirlo ad eternum, sino que quiero aprender cómo hacer círculos y esferas y diferentes efectos y después aplicarlo a lo que a mí me dé la gana. O no quiero aprender a editar las fotos en Photoshop de una sola manera, sino que quiero saber cómo y por qué mejoran. Eso no significa que siempre lo aprenda a hacer todo, sino que ese es mi objetivo (y por eso muchas veces empiezo la casa por el tejado y tengo tres millones de cosas a medias).

Así que hoy no va a ser ninguna excepción. Os voy a explicar cómo podéis hacer cereales... pero los que vosotros queráis con lo que tengáis en casa o con lo que más os guste. Lamento no ser más exacta, la verdad es que no sé cómo.

¿Qué necesitáis?



  • Cereales (la avena es el más fácil de conseguir, pero en tiendas de dietética seguro que encontráis de todo)
  • Frutos secos (avellanas, nueces, almendras...)
  • Fruta seca (pasas, coco, papaya, piña, plátano...)
  • Semillas (de girasol, de calabaza, de lino, de amapola...)
  • Líquido o crema (miel, sirope de arce, mantequilla de cacahuete, mantequilla de almendras...)
  • Aceite neutro (girasol, sésamo...) (opcional)
  • Le podéis poner también trocitos de chocolate, pero yo no os he dicho nada ;^)
Lo primero que tenéis que hacer es mezclar todos los ingredientes menos vuestro líquido. Podéis hacer la proporción que queráis, pero generalmente se mezcla una parte de cereales por una parte de frutos secos, fruta seca y semillas JUNTOS. Por ejemplo: una taza de copos de avena y una taza de pasas, avellanas y semillas de girasol. Yo os aconsejaría esa cantidad de frutos como máximo, porque si no los cereales os quedarán muy dulces (no "demasiado", que en eso también estoy de acuerdo con Paloma ;^)) pero si queréis podéis reducir un poco la cantidad de frutos.


Si usáis frutos secos enteros, mejor darles un golpe de picadora o de mortero antes de meterlos en la mezcla, para que queden en trozos pequeños y más disimulados. No pasa nada si los dejáis enteros, claro, pero si los picáis un poco soltarán parte de su aceite y le darán más gusto a los cereales.


Mientras tanto pondremos a calentar en un cazo nuestro líquido. Normalmente usaremos media parte. Vamos, que si hemos usado una taza de cereales y otra de frutos, usaremos media taza de líquido, por ejemplo. Puede ser una sola cosa o pueden ser dos o más (por ejemplo, yo he probado una mezcla de miel y mantequilla de cacahuete y es espectacular!). Si queréis podéis añadir un par de cucharadas de aceite de gusto neutro (girasol, por ejemplo) a vuestro líquido, para evitar que se queme.

El único objetivo de calentar el líquido es que se vuelva precisamente eso, más líquido, y se pueda mezclar con facilidad con los cereales, así que enseguida que veáis que ha perdido su consistencia, ya podéis sacarlo del fuego e incorporarlo a vuestro bol de ingredientes secos. Hay que mezclar con vigor, porque los cereales sin tratar tienen tendencia a chupar el líquido como locos. Así que hay que darle caña hasta que todo esté bien mezclado.

Llegados a este punto podríais formar bolitas con la mezcla o meterla en un molde, esperar a que se enfríe del todo y cortarla en porciones. Vamos, que ya se puede comer sin ningún problema. Pero, ¿cereales crudos? A-BU-RRI-DO. Vamos a darles un último toque para queden crujientes y se conserven mejor.

Encenderemos el horno a una temperatura baja, 120-130 grados. Forraremos una bandeja con papel de horno y esparciremos nuestra mezcla sobre él. Lo metemos en el horno durante una media hora y removemos de vez en cuando.


¡Y ya está! Cuando empiecen a estar doraditos, sacad vuestros cereales del horno, esperad que se enfríen y guardadlos en un bote hermético. Si hay algún pedazo grande que haya quedado pegado, rompedlo en trocitos. Ya tenéis cereales para dos o tres semanas, si es que no arrasáis con ellos antes.

Servidlos con un poco de fruta, con leche, con zumo... o de mi manera favorita, con yogur y compota de manzana casera (prontito os explico cómo la hacemos en casa). Queda feo decirlo, pero yo lamo siempre el bol ;^)



Mesa de despacho o cómo envejecer madera

26 de septiembre de 2014


¿Os acordáis de que el otro día hablábamos de ese síndrome de "bah, si eso me lo hago yo en un rato, más barato y más bonito"? Hoy os traigo un súper ejemplo de eso mismo. Un ejemplo, que me eleva de categoría: de "crafter" paso a ser "maker".

Os cuento. Hace unos meses me hice una cuenta premium de Skillshare. No sé si conocéis la página, es una plataforma repleta de cursos en formato vídeo con un foro y unos ejercicios o tareas a realizar. Es un formato que se ha hecho muy popular en Estados Unidos y que les debe de funcionar genial. Skillshare es bastante técnico. Vamos, que se centra en programas, diseño y ese tipo de cosas principalmente, aunque hay bastante variedad. Pero también hay un par de plataformas similares con cosas más craft, como son Creativebug y Craftsy.

En fin, que me disperso. Yo, que tengo un trastorno obsesivo-compulsivo y no lo escondo (porque creo que es mi mejor cualidad), me decidí a hacer todos los cursos. Todos. Uno por uno, sin dejarme nada. Aunque no tenga suficiente vida. Y en agosto, el mes tonto por antonomasia, por las noches, antes de irme a dormir, me puse a ello con fervor.

Y fue así como descubrí que además de crafter soy maker.

Los makers son una gente guay. En lugar de usar agujas de ganchillo y máquinas de coser, se compran caladoras, circuitos eléctricos y atornilladoras. Se pasan direcciones de lugares donde te cortan corcho, metacrilato o piedra según el archivo de Illustrator que tú les envíes y se reúnen en una especie de gimnasios donde pagas un tanto al mes para, en lugar de levantar pesas, usar impresoras 3D y cameos silhouette.

Son una gente curiosa a la que todavía miro con un poco de respeto (y un mucho de preocupación por su salud mental) cuando hacen cosas como una máquina que gira el bote de mantequilla de cacahuete cada 12 horas para no tener que hacerlo ellos (true story, y sí, yo puse la misma cara que vosotros). Pero también son capaces de pequeños milagros robóticos y de soluciones ingeniosas a problemas cotidianos. Y maestros en el arte de decir: "Eso me lo hago yo en un rato, más barato". Y punto. Porque lo del bonito como que no les importa mucho.

Así que yo creo que hay que mejorar la raza y unir a crafters con makers. Los unos crearán máquinas que nos sirvan margaritas y los otros las decorarán con washi tape y flores naturales, les tejerán un tapete de ganchillo o les coserán una funda para que no haya que verlas mientras no estén en marcha. Y tendremos un mundo perfecto.

Vuelvo a divagar. En fin, que los makers molan. Y que hay un gimnasio de esos en Barcelona. Todavía no he ido a echar un vistazo, pero debo reconocer que la posibilidad de jugar con determinadas herramientas industriales me seduce mucho.

Pero yo venía hoy a hablaros de mi despacho. Ha sido el centro de las reformas en Casa Pompón y yo creo que ha quedado bastante apañado. Mucho más pequeño, pero bastante apañado. Como el tamaño se debe haber dividido por cuatro, me he visto obligada a tirar cosas. Muchas, muchas cosas. Y una de las cosas que pasó a mejor vida, al despacho de mi padrastro, fue nuestra mesa.

La mesa llevaba con nosotros más de 10 años y era enorme, de dos metros y medio por 80 centímetros. Estaba como nueva, pero una cosa tan monstruosa no nos cabía en nuestro nuevo y delicado despacho de 5 metros cuadrados. Así que hablé con el pomelo y pronuncié las palabras que creo que a día de hoy más lo aterrorizan:

"¿Qué te parece si la hago yo?"

Protestó relativamente poco, así que lo arrastré al Leroy Merlin para comprar un tablón de madera de pino, sin tratar, de solo 60 centímetros de ancho. Y luego lo arrastré a Ikea y compramos un par de cajoneras estrechas, estrechas (tamaño folio) y un par de patas, todo de color blanco.

Pero, ¿a que no parece pino sin tratar? ¿A que es mucho más bonito?


Eso es porque envejecimos la madera nosotros mismos. Y vais a alucinar de lo fácil que es.

Solo necesitáis un litro de vinagre, un poco de lana de acero, esmalte al agua blanco y barniz incoloro (en nuestro caso, mate).

Lo primero que hicimos fue armarnos de paciencia, porque hay que meter la lana de acero en un bote de cristal, añadirle el litro de vinagre y esperar 4 o 5 días a que se oxide muy bien y deje el vinagre manchado y oscuro. Sí, sí, como lo leéis, vamos a oxidar la lana de acero en vinagre. Y el vinagre va a coger un color oscuro (y feote).


Ese es vuestro tinte, así que pasados los 4-5 días (o incluso más!) ya podréis empezar a usarlo. Nosotros pusimos nuestro tablón sobre dos taburetes y con un pincel ancho, cubrimos toda la superficie.

Ojo con las pinceladas, hay que mojar siempre todo el tablón. Si aplicáis solo un par de pinceladas sobre el tablón seco, cuando se sequen se van a notar (preguntadme cómo lo sé). Así que le podéis dar dos o tres capas, pero siempre mojando toda la superficie.

Al principio no lo veréis, pero al cabo de un rato notaréis como la madera va cambiando de color, se va oxidando y va cogiendo un color viejuno. En nuestro caso, como la madera era pino, pasó a tener un tono un poco rojizo, pero el efecto es diferente según la madera que manchéis. Puede ser, además, que os queden diferentes colores en el propio tablón, según cómo sean los listones que se han usado para hacerlo. Pero eso es lo bonito.


¿Os acordáis que cuando hablamos de cómo pintar muebles mencionamos el repelo? Pues en maderas sin tratar como esta, el repelo aparece invariablemente al ir aplicando diferentes productos. Coged la lana de acero que no hayáis metido en el vinagre y frotad el repelo hasta eliminarlo.

Si queréis un aspecto más viejo todavía, podéis lijar diferentes partes del tablón, hacerle marcas con un martillo, un par de tornillos, un cuchillo, unas tenazas... Y después volvéis a aplicar tinte.

El vinagre se seca muy rápido, así que es posible que le podáis pasar dos o tres capas de tinte seguidas sin grandes problemas.

Cuando ya hayáis conseguido un color que os guste, dejad secar el tablón toda una noche.

Para unificar los tonos y darle un aspecto todavía más viejuno nosotros le dimos una suavísima capa blanca. Para ello disolvimos una parte de esmalte al agua blanco en tres partes de agua. Sumergimos una gasa para pintar (las venden en cualquier ferretería, junto a la lana de acero) en la mezcla de agua y pintura, escurrimos bien y frotamos la gasa por todo el tablón. Eso le dio una pátina blanca muy tenue, que apagó un poco el color subido de la madera, pero sin cubrirlo.


Si lo preferís, podéis añadir menos agua. Al 50%, por ejemplo, sigue sin cubrir, pero apaga más todavía el color de la madera. Si la madera en sí no es demasiado bonita (y dentro de unos días os enseño otra que no lo era) es mejor poner más pintura para suavizar el color original.


Lo dejamos secar toda una noche otra vez, y al día siguiente le dimos tres capas de barniz extra resistente y mate, para que la mesa pareciera totalmente antigua. Con el barniz salió todo el repelo que los nudos tenían escondido, así que hubo mucho trabajo manual de frotar y frotar hasta tener una superficie plana y suave.

Para montar la mesa, pusimos una cajonera blanca a cada lado y las dos patas en el medio, para evitar que con el tiempo el tablón se hunda.


No podría estar más contenta con mi mesa. Me parece la más bonita del mundo, principalmente porque me la he hecho yo. Y sinceramente, creo que conseguir hacer cualquier cosa con la imaginación y las manos (y un poquito de ayuda de Google) nos da un subidón increíble que demuestra que, en el fondo, todos somos crafters y somos makers.

¡Feliz fin de semana!

Cojines impermeables

22 de septiembre de 2014


¡Buenos días de lunes! Ha sido un fin de semana perfecto. Sí, sí, bastante perfecto. Y a diferencia del pasado, no porque hayamos salido de paseo y hayamos ido a ver rincones que no conocíamos. Sino por todo lo contrario.

La pompona lleva cinco (eternos) días enferma y el domingo yo misma me levanté como una sopa y con dolor de garganta. Así que salvo escaparnos el sábado a comer a casa de mi suegra (sin el pomelo, porque mi suegra es guay) no hemos hecho nada más que estar en casa, desconectar y ponernos al día.

No, no es una contradicción. Por un lado, ha habido desconexión total, particularmente por mi parte. Estoy aprendiendo a no abrir el correo electrónico durante el fin de semana. Para nada. Ya lo hablaremos en un post de "organización para desorganizados", pero vamos a ser sinceros: leer el correo antes de tiempo no te da ninguna ventaja. Todo lo contrario. Si lees el correo y sabes lo que te espera el lunes, lo más probable es que te pases todo el fin de semana agobiado, y no vale la pena.

Y no es solo que no valga la pena ese ansiedad preventiva... es que estar pegado al correo nos resta calidad de vida y no nos deja espacio para pensar en otras cosas.

A veces miro el móvil y pienso que, igual que pasó con la incorporación de la mujer al trabajo, con la tecnología nos han timado. (Cuidado, empieza el momento viejuno.) Antes alguien te llamaba por teléfono y si no contestabas, no pasaba nada, volvía a intentarlo al cabo de un par de horas. Ahora te llaman y ya está: tienes una perdida, sabes quién te ha llamado, tienes que devolver la llamada (y si es de trabajo esperan que la devuelvas inmediatamente) y no tienes ninguna excusa para no hacerlo. Y si te envían un correo electrónico, pasa más o menos lo mismo: la gente quiere que contestes, que lo hagas rápido, que les respondas las preguntas o que hagas lo que te piden inmediatamente.

Y como ya os conté la semana pasada, a mí todo eso me agota. Yo intento mantener mi correo a raya, pero no puedo evitarlo, a veces me supera y soy incapaz de hacer frente a todo lo que se acumula en mi bandeja de entrada. Hay veces que es porque estoy muy liada haciendo otras cosas (por ejemplo, trabajando), pero hay otras que es por puro agotamiento y porque necesito tener un momento tranquilo para contestar a los mensajes con calma y largo y tendido como se merecen.

Todo eso me genera estrés, para qué os voy a engañar, así que desde ahora mismo los fines de semana (y las noches a partir de las 8) empiezan a ser en mi casa momentos sin correo. Prefiero tener un rato tranquilo que poder dedicar a otras cosas, a otros proyectos.

Y ahí es donde viene la segunda parte: nos hemos estado poniendo al día. Hemos ordenado cosas pendientes, hemos vuelto a tirar cosas, hemos hecho las últimas páginas de los cuadernos de vacaciones e incluso hemos vaciado la nevera. Esto os lo cuento otro día, porque estoy súper orgullosa de lo mucho que hemos aprovechado hasta la última zanahoria pocha.

Y también le he hecho fotos a un proyecto que hacía muchos días que tenía ganas de mostraros. Uno de esos proyectos que te ponen de buen humor porque te solucionan un problema.


Entre las cosas que hemos hecho en las #reformasenCasaPompon, ha habido una puesta a punto del balcón. El balcón no es particularmente grande, aunque es bonito, da a un patio interior y tenía problemas tanto de acumulación de agua cuando llovía, como de desgaste del cemento de los muros. Long story short tenemos muros, suelos y baldosas nuevos. Y hemos colocado coquetamente en ambos extremos unos bancos de IKEA que me regaló mi madre en un cumpleaños y que usamos para guardar el material de jardinería y las herramientas de bricolaje.

El problema es que los bancos son de madera y tienen huecos entre los tablones. Quedan preciosos, pero cada vez que llueve se me arruinan las semillas o las lijas, porque el agua entra bastante a raudales.

Así que se me ocurrió que lo más práctico podía ser hacerles unos cojines con tela impermeable, de esa que parece plastificada, como un hule para la mesa.


Y dicho y hecho.

No podría ser más feliz con mis cojines: mi balcón está precioso, los bancos son infinitamente más cómodos que cuando nos sentábamos directamente sobre la madera y no se me ha vuelto a mojar nada (con lo que he podido guardar muchas más cosas que antes me daba pánico meter ahí).

Así que os cuento cómo lo hice por si alguien quiere probarlo también!

Necesitáis: Espuma de alta densidad (yo la compré aquí), un par de metros de tela plastificada, una cremallera (lo suficientemente larga para el tamaño de vuestro cojín, en mi caso, 60 cm.), elástico grueso.

Lo primero que necesitáis es medir vuestro cojín. Yo compré una plancha enorme de espuma (tengo medio metro de sobras, si alguien lo necesita) y lo que hice fue poner la tapa del mueble encima y marcarla con un rotulador.

Cortad la espuma con cuidado y con ayuda de un cuchillo del pan. Probé con un cúter, pero no hay color, el cuchillo del pan va de muerte.


Luego hay que marcar la tela. Necesitáis dos piezas del mismo tamaño que la tapa y la espuma, más un centímetro a cada lado, que será vuestro margen de costura.

Medid el diámetro del cojín. Y ojo, que aquí hay que hacer mates.

En mi caso, el diámetro era de unos 240 centímetros. Como mi cremallera era de 60, corté una tira de tela de 180 centímetros más dos de margen de costura, por la altura, en mi caso 10 más 2 de margen de costura.

Por otro lado, corté dos piezas para poner a cada lado de la cremallera. Ambas tenían 7 centímetros (5 más 2 de margen de costura).

Empezamos por coser la cremallera a estas dos últimas telas. Doblad el centímetro de margen de costura del lado de la cremallera y cosed con un pie para cremalleras. Repetid al otro lado.



Cuando ya tengáis la pieza de la cremallera lista, cosedla a la otra pieza larga para hacer el contorno de vuestro cojín. Ojo, porque tenéis la cremallera puesta. Tenéis que coser la pieza larga lo más cerca posible del inicio/fin de la cremallera. En mi caso, la cremallera era reciclada y pasé por encima de ella en la parte inferior.


Probádselo a la espuma para aseguraros de que cabe bien.

Llega el momento de coser la parte de arriba. Tened muchísima paciencia porque por muy bien que se os hayan dado las mates y por muy bien que hayáis cortado, lo más probable es que tengáis que ajustar un poco la tela para que os quede bien (yo descosí como unas cuatro veces). Unid con alfileres la parte superior a la lateral, con muuuuchos alfileres. Cosedlo con mucha calma.


Probádselo a vuestro cojín.

Abrid la cremallera. Medid el elástico grueso que tenéis que poner en la parte de abajo para sujetar el cojín. Recordad que es mejor que quede un poco tenso. Podéis cortarlo del mismo ancho que tiene vuestro mueble.


Fijad la parte de abajo a la parte lateral con muchos alfileres y sujetad también los elásticos. Recordad que os tienen que quedar dentro de la funda, porque estáis cosiendo por el revés de la tela.

Cosed con paciencia infinita otra vez y cuando ya lo tengáis, dadle la vuelta a la funda por la abertura de la cremallera.


¡Ya lo tenéis! Un cojín para adornar cualquier rincón y que podéis adaptar a vuestro mueble y a vuestro espacio (vamos, que si lo queréis para interior no hace falta que la tela sea plastificada, por ejemplo).

Apenas puedo expresar lo muuuuy feliz que me hacen estos bancos. Son el sitio perfectísimo para sentarse con un margarita a disfrutar del aire de la tarde ahora que todavía hace calor. O para leer el periódico y comerte un croissant un domingo por la mañana. O para tomarte el aperitivo de una cena con amigos. Y toooodo lo que guardo dentro está súper protegido (no más semillas de lechuga medio germinadas y medio podridas tras una tormenta eléctrica). Life is good.


Espero que tengáis una muy buena semana llena de cosas tontas como estas, que te hacen feliz porque sí.

Escapada a Lleida

17 de septiembre de 2014


Hay veces que planeas un fin de semana hasta el último detalle, con un montón de actividades, mil cosas que quieres hacer y una organización impecable, y otras que, sencillamente, te dejas llevar. Supongo que no hace falta que os diga qué es lo que suelo hacer yo, porque ya me conocéis y sabéis perfectamente cuál es mi enfoque ante todas nuestras excursiones :)

Yo soy de los que tienen una lista de cosas para ver, pero casi nunca tienen horarios ni prisa ni una relación detallada de direcciones. Siempre que salgo de casa lo hago con ganas de callejear sin rumbo fijo, de caminar hasta que los pies me digan basta y de comer de pie en cualquier esquina. Por romántico que pueda parecer, eso suele implicar malos humores, monumentos cerrados, peleas porque son las cuatro de la tarde y ya no nos dan de comer en ningún sitio y una larga lista de cosas que me pierdo en casi todas las ciudades porque no se podía llegar caminando o porque leí tan en diagonal la guía que me salté ese párrafo.

Por suerte, tenemos algunos amigos que son todo lo contrario y siempre saben dónde hay que ir, a qué hora hay que ir y lo más importante, qué vamos a comer.

Normalmente alguien que no soy yo envía un correo de organización, planea las comidas y ofrece un horario, aunque sea provisional. Después las actividades mandan, los horas se contraen o se dilatan y básicamente hacemos lo que podemos en función de la lista de cosas que habíamos planificado.

Esta vez no fue así. Esta vez nos fuimos a la aventura porque la organizadora oficial tenía trabajo y no se puso las pilas. Salimos de casa con sitio para dormir y ganas de hacer una actividad. Lo demás estaba un poco en el aire, con algunas ideas y propuestas, pero nada cerrado. Vamos, un viaje a medida para mí y mi desorganización congénita. Y una de esas raras veces en las que se alinean los planetas (pun intended, porque hubo visita a un observatorio astronómico) y de la falta de planificación sale uno de los fines de semana más increíbles que hemos vivido.

Escogimos Lleida porque descubrimos que allí había un laberinto en una plantación de maíz. Yo tenía muchísimas ganas de ir a alguno, porque son cosas típicas de las pelis y tal, y lo alargamos a fin de semana para poder ir a Lleida capital, donde ni Francis ni yo habíamos estado.

Lo primero que hicimos fue coger el coche, la banda sonora de Life Aquatic y un CD de los Blues Brothers y cantar durante todo el camino. Los pompones tienen un gusto muy exigente (y ecléctico) y adoran canciones tan dispares como esta, esta, esta o esta. No sé si desesperarme o alegrarme de que sean tan rarunos...


Fuimos directos hacia la Masia Pedrolet, en Camarasa. Aunque la casa está un poco en el medio de ninguna parte, es cómoda, grande y los dueños son una pareja encantadora que nos llevó hasta el restaurante del pueblo para que nos agasajaran. Así que sin tener mucha cosa planificada acabamos en el ruidoso y concurrido comedor de Can Pere, donde nos metimos entre pecho y espalda un menú típico de esos que tardas tres días en digerir. No llevábamos ni tres horas en destino y ya la pompona y Pau, su alma gemela, se habían hecho amigos de medio pueblo a base de observarlos muy fijamente y hacer todo tipo de preguntas impertinentes.


Con los sentidos un poco embotados por la comilona, nos fuimos al laberinto de maíz. Primero nos perdimos y dimos una interesante vuelta por los campos de maíz y de manzanos de Castellserà. Pero acabamos llegando a la plantación, que curiosamente era en una casa particular. El laberinto tenía dos kilómetros de caminos y un juego de pistas. Estábamos totalmente solos, así que nos dividimos en dos equipos (adultos contra pompones) y nos metimos en el maizal. Estaba un pelín seco porque el fin de semana que viene ya es el último (y organizan una fiesta de terror antes de la cosecha!) pero nos divertimos muchísimo corriendo camino arriba y camino abajo e intentando resolver los acertijos que había en los callejones sin salida.

Pese a que los adultos hicimos trampa vilmente (con alguna consulta a internet incluida), los pompones acertaron más preguntas que nosotros y nos ganaron por goleada. Aunque ellos también hicieron trampa y se colaron entre las plantas cuando se hartaron de buscar infructuosamente la salida.

Mientras nos tomábamos algo en el jardín de los dueños del laberinto, la señora de la casa nos habló del Parque Astronómico de Montsec y de la increíble visita nocturna. Y entonces y ahí decidimos que podía ser una buena actividad para esa misma noche, pese a las protestas de los pompones, que consideraban que una pelota y el patio de la Masia Pedrolet eran plan suficiente para lo que quedaba de tarde.


Fue una suerte que hiciésemos caso omiso de sus quejas y sus súplicas, porque la visita al Centro de Observación del Universo es una de las actividades más increíbles que hemos hecho en la vida. No os la podéis perder. De hecho, os aconsejo que vayáis con tiempo a sacar las entradas, porque vuelan. Hay dos pases, uno a las diez y otro a las doce de la noche.


La visita está dividida en dos partes. Nosotros hicimos primero la observación. Los dos astrónomos, Pau y Joan, nos enseñaron un montón de cosas interesantísimas. Joan nos mostró las imágenes de los tres telescopios que usan (vimos una galaxia!!) y nos habló de distancias (el concepto año luz, por ejemplo, quedó clarísimo) y de tiempo, y de la paradoja de estar viendo cosas que ya no existen. Pau, en cambio, nos enseñó las constelaciones y nos dio algunos trucos para encontrarlas a simple vista.

La segunda parte fue en el planetario, donde descubrimos que el sol no pasa por doce constelaciones, sino por trece, y que estas cambian con el tiempo, además de ver exactamente dónde está la Tierra dentro de la Vía Láctea y de hacer una visita virtual a algunos planetas. El planetario es único en el mundo porque esconde un secreto que no os pienso desvelar para que vayáis y lo veáis vosotros mismos.

Salimos de allí entusiasmados, con la cabeza llena de datos y de conocimientos nuevos, dispuestos a apuntar unos prismáticos al cielo estrellado siempre que podamos. Es una visita obligada si estáis en la zona, e incluso vale la pena escaparse únicamente para verlo. Nos dejó boquiabiertos.


Al día siguiente nos levantamos tirando a tarde, pero decididos a salir a pasear. El pomelo y yo tenemos una amiga de la zona que nos había recomendado la visita al Congost de Mont-Rebei. Yo no estaba muy convencida porque entre mis múltiples errores de funcionamiento tengo un vértigo mortal y estar cerca de cualquier caída libre me paraliza, pero acabó siendo una de las excursiones más bonitas que hemos hecho.

El paseo empezó tranquilo, con alturas soportables y caminos anchos, hasta que de repente el pomelo, que iba unos metros por delante, se dio la vuelta y les dijo a los pompones que tenían que darle la mano a un adulto. No exagero cuando digo que en ese momento sentí que se me caía el alma a los pies y noté que la sangre abandonaba la mitad superior de mi cuerpo, particularmente el cerebro.


Delante tenía una de las cosas que más pánico me dan en la vida... un puente colgante, de esos de caída libre debajo, de esos en los que se ve la caída a través del suelo. No sé por qué no lloré, pero no fue por falta de ganas. El muy puñetero, además, se movía, y más todavía con el grupo de deportistas que se sacaban fotos encaramados a las barandillas. Yo estaba demasiado asustada para fulminarlos con la mirada, así que, cogida a la mano del pompón peque, que sufrió vértigo por simpatía, crucé como pude ante los vítores y aplausos de mis compañeros de excursión, que sospecho que eran más burlones que otra cosa.

A partir de ahí el paseo fue un poco un infierno, porque empezamos a aumentar la altura, los caminos se estrecharon, las caídas empezaron a ser más imponentes... Suerte que le di a la lengua en todo momento y me distraje lo suficiente para no montar una escena.


Finalmente decidimos bajar hasta el agua en algún lugar que fuera más o menos accesible y acabamos encontrando un lugar increíble, un poco por casualidad. Un camino en la roca se abría paso hasta el río y bajaba por él. Los cinco pompones que llevábamos tardaron menos en desnudarse que yo en acabar con un bote de Nutella y se lanzaron al agua sin pensárselo, entre gritos de sorpresa por la cantidad de peces que pasaban junto a ellos. Fue una tarde espectacular en uno de los sitios más bonitos que he visto, al que, evidentemente, las fotos no hacen justicia.


Cansados, sudados y muriéndonos por una cocacola con hielo nos acercamos a Benabarre. Y allí encontramos una chocolatería espectacular donde compramos un montón de caprichos, entre los que hay que destacar la fruta seca y confitada cubierta de chocolate. El jengibre estaba para montarle un monumento a la dependienta.

Los pompones improvisaron un partido de fútbol en la plaza del pueblo y se empaparon en la fuente mientras los adultos repasábamos las pocas tiendas abiertas para improvisar una cena en casa.


El último día nos fuimos para Lleida capital. Como no podía ser de otra manera, por falta de planificación no pudimos subir a la torre de la Seu Vella, pero dimos un paseo por su claustro, de los más bonitos que hemos visto. El edificio en sí es muy curioso, con una parte claramente románica y otra mucho más gótica. Luego paseamos un poco por el casco antiguo y terminamos en La Huerta comiendo unos caracoles espectaculares.


La vuelta a casa, con el tiempo justo para una tazón de leche con galletas y una buena ducha, nos dejó contentos y muy, muy preparados para la vuelta al cole. No sé si os lo había dicho ya, pero en casa hacía muuuucha falta que llegara ya.

En fin, viva Lleida, con un montón de planes que nos han quedado pendientes y que nos van a obligar a volver pronto! Y vivan los planes improvisados, los viajes sin mapa, las ideas locas. Porque a veces nos ofrecen momentos únicos que creo que vamos a recordar toda la vida.
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