Tratamiento para manos de maker

16 de septiembre de 2016


Siempre he tenido una relación de amor odio con mis manos. No tengo dedos de pianista, sino morcillas encajadas a presión sobre una palma cuadrada. Me muerdo las uñas, me doy golpes, me las despellejo y me hago cortes. No hay anillo que me quepa bien, porque a la que hace un poco de calor o camino más de tres manzanas, se me hinchan como globos de helio. Y a menudo me pican, me escuecen o me molestan.

Pero mis manos son también mi mayor fuente de entretenimiento. Son las que hacen jerséis y camisetas, plantan, trasplantan y cosechan, clavan y atornillan. Ser una maker, aunque sea una maker de andar por casa, hace que mis manos sean mi principal herramienta de trabajo.

Y las manos sufren. Después de horas pasando hebras de lana arriba y abajo, o de lijar un tablón de madera hasta dejarlo como un papel de fumar, me piden a gritos un descanso, un baño y un par de kilos de crema hidratante.

Hace unas semanas, mientras estaba preparando un post para Demodé, estuve trasteando y haciendo pruebas de tratamientos para las manos. Me lo agradecieron tanto, las pobres, que hasta me dieron pena. Y pensé que todas (¡y todos!) nos merecemos de vez en cuando una sesión de belleza de manos, ¿no? Para poder seguir cosiendo, tejiendo, clavando, atornillando y lijando sin ningún problema.

Así que vamos a repasar un poco qué podemos hacer cuando nuestras manos necesitan una puesta a punto para seguir con su actividad incansable. Porque tus manos también son incapaces de estar quietas más de cinco minutos seguidos, ¿no?


Primero: Mascarilla


Empezamos con una mascarilla de arcilla. Puede ser verde, blanca o roja. Las tres eliminan toxinas, regeneran y son una maravilla, pero la verde es más indicada para pieles grasas, la blanca para pieles secas y la roja para dolores musculares. Pero, vamos, no te obsesiones, que nos la vamos a poner en las manos, no en la cara. Puedes probar con diferentes tipos de arcilla hasta encontrar la que más te guste.

La arcilla se suele vender en polvo o en terrones, pero se prepara igual. Básicamente, ve añadiéndole agua (mejor si es agua mineral) y remueve constantemente hasta conseguir consistencia de... barro.

Para hacerla más nutritiva, puedes añadirle otros ingredientes, como aceite (de coco, de almendras dulces, de oliva) o miel (si la calientas se disolverá mejor).

Cuando tengas la pasta lista, llega la parte divertida. Como si tuvieras tres añitos y estuvieras en el parque después de una tormenta. Embadúrnate las manos. Sin piedad.

Espera a que el barro se seque. Esta es mi parte favorita. Primero, porque me siento la protagonista de una peli de serie B: "La cosa del pantano". Pero además, porque la sensación es muy curiosa. Notas la piel tensa y fresca, la capa de fuera está seca y dura y si le pasas a alguien un dedo por la mejilla, se pega un susto de muerte.


Cuando ya esté seca del todo y haya cambiado de color, solo tienes que lavarte las manos con ganas bajo el grifo...


Segundo: Exfoliante


Y mientras te la lavas, te las exfolias bien con un exfoliante suave. Hace unos meses me regalaron uno de Lush que me pareció una pasada, pero tenía detergentes y eso no me gustó nada. Así que miré bien la lista de ingredientes y descubrí que el exfoliante típico de sal fina, aceite y aceites esenciales mejora hasta el infinito si le añades... un poco de jabón líquido. Sí, sí. Eso sí, natural, sin parabenos ni detergentes!


Así que preparé mi propio exfoliante (tienes la receta aquí, en el blog de Demodé) y llevo varias semanas usándolo con resultados estupendos.

Lávate las manos con el exfoliante y retira todos los restos de arcilla que haya.

Tercero: Hidratante


Y luego solo hace falta una buena crema hidratante. Confieso que yo tengo un par de cremas de manos naturales que uso sin parar, pero puedes hacer una crema hidratante casera en dos minutos. Coge un aceite que te guste y bátelo, como si hicieras una mayonesa. El aceite emulsiona y coge consistencia de crema. Luego solo tienes que ponértelo en cantidades muy pequeñas y ya está. Si no te gusta la idea, puedes coger un aceite como el de coco, que es sólido a temperatura ambiente, pasar los dedos por la superficie y usar eso como crema. Si quieres complicarlo más, puedes calentar un poco de tu aceite favorito y añadirle un poco de cera de abeja. Remueve hasta que la cera se haya fundido, pon el líquido en un recipiente con tapa y cuando se enfríe tendrás una loción en barra estupenda para las manos.

Y ya está! Puedes hacer esto una vez por semana o solo un par de veces al mes, cuando las manos te lo pidan.

Pero hazlo, porque tus manos hacen tantísimo por ti que se merecen un día de mimos, ¿no?

Nada en la nevera: pieles de patata fritas

9 de septiembre de 2016


La verdad es que he dejado de pelar las verduras. Sí, patatas y zanahorias incluidas. Me he comprado un cepillito de madera que vive junto al grifo de la cocina y cuando me pongo a cocinar le doy un buen cepillado a todo y lo cocino con piel. No es que le tenga manía al pelador, es que me parece un desperdicio innecesario (salvo que usemos las pieles para hacer caldo de restos, claro) y un ejercicio muy cansino cuando no tengo al pomelo a mano para hacer el trabajo duro.

Peeeero, sí que es verdad que de vez en cuando hay que pelar las patatas queramos o no. Sea para hacer un puré blanco o porque tenemos invitados maniáticos (o porque somos tiquismiquis nosotros mismos), a veces no hay más remedio que crear una montaña de pequeñas láminas de piel de patata que nos miran un poco desafiantes desde el mármol de la cocina.

Hace un par de meses probé a hacer algo que mi padre había hecho varias veces cuando yo era pequeña: chips de piel de patata.

Fueron un éxito rotundo en casa y desde entonces las hemos estado repitiendo, perfeccionando y afinando cada vez que las hacemos. Y hoy te voy a contar todos los trucos.

Ya, ya sé que no estoy inventando la rueda, pero es increíble como a veces tiramos a la basura comida en perfecto estado como esta, ¿no?


Pieles de patata fritas


Lo primero y principal es limpiar a conciencia las patatas. Lo dicho, un cepillito (puedes usar un cepillo de dientes viejo o el de un hotel) y mucha paciencia para quitar toda la tierra de las patatas. Si, como yo, eres sensible a los brotes y los agujeros, aprovecha para quitar cualquier parte de la patata que no te guste.

Pela la patata como lo haces normalmente. El mejor resultado es con un pelapatatas de aquellos que hacen láminas finísimas.

Ahora viene la parte importante: congela las pieles de patata en una superficie plana, separadas unas de otras. Como son tan finas tardan muy poquito en congelarse, unos minutos. Cuando ya estén firmes, frías y no tengan ninguna humedad al tacto, las puedes pasar a una bolsa o un bote de cristal.

El mejor resultado se consigue si las pieles se congelan del todo, un día como mínimo. Nosotros las dejamos hasta el siguiente aperitivo o partido del Barça.

Luego solo tienes que calentar una buena cantidad de aceite y freír las pieles en tandas. Se hacen muy rápido porque soy muy finas y quedan bastante crujientes.

No las saques todas del congelador, solo las necesarias para cada tanda. Cuanto más contraste térmico hay, mejor quedan.


Una vez fritas, espolvoreas sal y las especias que quieras (en casa nos gustan el pimentón y la pimienta) y las sirves calentitas.

Me encanta que mi bolsa de basura orgánica quede prácticamente vacía, ¿a ti no? Sigo haciendo pruebas y a la caza de recetas para esta sección. ¿Hay algo que siempre tiras y te da pena? ¿Algo que quieras aprovechar pero no sabes cómo? ¿Tienes una receta brutal de aprovechamiento y quieres venirte un día a hacer un guest post? ¡Déjame un comentario!


Huesca en autocaravana

2 de septiembre de 2016

La pompona tiene una enfermedad. Yo creo que es grave, porque me cuesta entenderla. Pero ella no puede estar en casa más de dos días seguidos. Le entran todos los males. Se pone quisquillosa, gruñona y se enfada por todo. Necesita salir, ver gente, socializar, correr y cansarse. Un poco como le pasa al pomelo. Los dos son los deportistas oficiales de la casa y no entienden que los otros tres podamos estar en pijama ad eternum, tumbados en el sofá.

Así que cuando el pomelo se apuntó a una carrera en el pirineo de Huesca y nos propuso llevarnos a todos, hubo cierta disparidad de opiniones. Hasta que nos dijo cómo iba a ser el viaje. Que fue así:


El pomelo y yo ya habíamos hecho un viaje en autocaravana antes, cuando el friki tenía apenas un añito, con nuestros amigos Sara y Oriol. Pero como el friki no se acordaba de aquella vez, para los tres pompones era una experiencia totalmente nueva.

La caravana nos la prestaron en Autocaravanes del Vallès, y estaba tan nuevecita que daba un poco de respeto y todo :) Pero era totalmente preciosa y los niños murieron de amor en cuanto entraron en ella y empezaron a tocarlo absolutamente todo. Pero todo.

Y para Huesca que nos fuimos.

No quiero parecer un anuncio de la agencia de turismo de Aragón, pero tengo que decir que Huesca es de los lugares más bonitos en los que hemos estado. Tiene unas montañas totalmente mágicas y unos ríos y embalses preciosos. Cada mirador en el que paras te deja sin aliento.


La primera noche fuimos hacia Sabiñánigo (sí, amigos, el pomelo iba a hacer la Quebrantahuesos). Llegamos con suficiente tiempo para A - comprobar que hacía un frío polar, B - recoger el dorsal, C - darnos cuenta de que ninguno de nosotros llevaba ropa para hacer frente a esa temperatura, D - cenar en la terraza de un bar porque jugaba España y dentro del bar no cabía ni un alfiler, E - taparnos las rodillas con el punto que yo estaba haciendo, F - volver corriendo a la autocaravana a jugar a juegos de mesa protegidos de la tundra.

Hubo un cierto debate sobre quién dormía dónde, porque eso es lo que se hace en una autocaravana con varias camas, pero conseguimos saldar ese primer día felizmente.

Por la mañana nos levantamos con una baja, porque el pomelo se marchó a las seis de la mañana a dar vueltas en bici. Así que los pompones y yo salimos tranquilamente a dar una vuelta por el pueblo.


Sabiñánigo es curioso porque está dividido en dos partes. Nosotros estábamos lejos del casco antiguo y del ayuntamiento, en la zona habilitada para los corredores. Pero durante la mañana decidimos conocer todo el pueblo y caminar el kilómetro escaso que los separa. Aunque no es el pueblo más bonito del mundo, la verdad es que fue un paseo agradable. Encontramos una floristería en la que compramos menta chocolate y una librería infantil que me enamoró totalmente. Evidentemente compramos un libro, una especie de pintar por números pixelado, con montones de figuras geométricas diminutas, que nos encantó. Los árboles cercanos a la librería estaban decorados con portadas de libros y eso también me fascinó.


A medio paseo, recibimos una llamada... el pomelo había tenido que abandonar la carrera porque... ¡había nevado! Que sí, que sí. Temperaturas bajo cero, lluvia intensa e incluso nieve. Así que desandamos el camino (justo a tiempo para ver llegar al primer clasificado, para emoción completa de los pompones) y fuimos a buscar al pomelo.

Pero no hay mal que por bien no venga, y el abandono del pomelo supuso, por un lado, recuperarlo mucho antes y en unas condiciones bastante mejores que si hubiese hecho la carrera, y por otro, mucho más tiempo para pasear con la autocaravana.

Así que nos volvimos a subir y nos marchamos hacia Benasque, donde ninguno de nosotros había estado y que era un lugar que nos apetecía conocer. Esta vez buscamos un camping para dormir, y nos quedamos en el Aneto, que nos gustó mucho, muy recomendable.


Fue llegar al camping y que los niños desaparecieran. Los tres directos al campo de fútbol, al río y a explorar las diferentes calles. Así que pudimos dar un paseo tranquilo y disfrutar del paisaje.

Al día siguiente fuimos a pasear por la ciudad. Benasque nos pareció un poco pijo y con mucha zona nueva que no tiene mucha historia, pero la plaza del ayuntamiento es una preciosidad y hay algunas calles totalmente hermosas.



Creo, de hecho, que lo más bonito de la zona no son los pueblos, sino las rutas, los paseos y la naturaleza en general, que realmente sí que es alucinante.

Estuvimos paseando toda la mañana y nos quedamos con ganas de más, porque había mil rutas interesantes para hacer. Pero había que volver para casa.


Eso sí, con parada antes en el restaurante Ésera para comer. Lleno de gente de la zona con mesa reservada, lo que siempre es una garantía. Comida de la que le gusta al pomelo, de cuchara y brasa, toda muy, muy buena, y cerezas de Aragón para terminar. Para chuparse los dedos.

Podríamos haber vuelto rodando directamente, pero pensamos que estaba feo dejarnos la autocaravana y yo prefiero morir a perder mi cesto de lanas, así que volvimos por carretera, planeando durante el recorrido unas vacaciones de un par de semanas por la zona.

Gracias mil a Autocaravanes del Vallès por dejarnos una casita de fin de semana. No me han patrocinado para que diga nada de esto, pero son más majos que las pesetas y se merecen toda la suerte del mundo. Si tenéis que alquilar autocaravana, corred a ver su página web. Y si no tenéis que alquilarla... ¿por qué no os lo pensáis? Para los niños es una experiencia divertidísima, pero es que además te da mucha libertad y es súper cómodo. Nosotros vamos a repetir seguro.


Te kuero

14 de febrero de 2016

Ay, señora, que hoy vengo explosiva. No sé por qué decidimos que fuese el día 14 o quizás sí: lo decidimos porque es un día cursi y un poco de cuero le venía la mar de bien.


Fuese por lo que fuese, a finales de noviembre tuvimos la cita anual de la junta directiva de Patronpedia y tocó en Madrid. Fue un fin de semana lleno de encuentros, besuqueos, conversaciones hasta las tantas de la mañana (cual colegialas de internado) y sorpresas. Muchas sorpresas.

Una de ellas fue que quedamos con Liesl, de Oliver+S y Liesl+Co, que nos invitó además a una copa en su casa y nos regaló unas telas ma-ra-vi-llo-sas que espero poder mostraros pronto conmigo dentro. Con ella nos fuimos de tiendas para comprar... tela (qué queréis que os diga, traje la maleta repleta) y para visitar alguna mercería con solera.

Como ya es tradición, compramos todas la misma tela para hacer nuestro reto y la elegida fue esta especie de polipiel elástica que lucía Liesl en unos pantalones.

No te imaginas mi desesperación mirando ese trozo de tela días y más días, sin tener ni idea de qué hacer. Yo, que normalmente voy con vaqueros y camiseta, que prácticamente no me quito las zapatillas. ¿Qué **** iba a hacer con dos metros de tela de cuero elástica?

Le di muchas vueltas, la verdad y no se me ocurría nada de nada. Pero finalmente me iluminé (kind of) y saqué mis primeros y únicos patrones en papel, que compré hace unos meses junto con Miren, Mónica y Mari Cruz cuando Butterick hizo una megarrebaja. Y aunque había un par de candidatos, el elegido fue este.


Porque, ¿quién no necesita en su armario un vestido de pin-up?

Es más fácil de lo que parece, y la única complicación es coser bien la pieza de la cintura (yo no lo he conseguido del todo). Eso y el cuero, que aunque se cose sorprendentemente bien, deja una hilera de puntos en caso que haya que descoser (ehem, y hubo que descoser). Lo demás es bastante fácil, aunque me inventé un poco las instrucciones del forro porque no las entendí.

La falda va sin forrar y diría que es de capa entera (si es que se dice así, porque no domino para nada la terminología). Es decir, es un círculo, aunque está cortado en tres partes para las costuras y la cremallera. No le he hecho dobladillo porque no le hace falta, la polipiel no se deshilacha y el corte queda perfecto (punto positivo para el cuero).

Para no parecer una dominatrix mezclé un retal de tela verde que no sé de dónde había sacado (como la mitad de mi alijo de telas y lanas: origen desconocido), pero creo que no lo he conseguido del todo. Vendría siendo una mezcla de un vestido del concurso de baile de Grease y el modelito de Olivia Newton John al final de la peli.

Para hacer el disfraz completo me compré un petticoat por internet. Y solo puedo decir que ME ENCANTA. Qué cosa tan bonita, qué bien que queda la falda... Hasta Mr. Iron me pidió que diese unas vueltas por el comedor (quizás únicamente para verme las bragas. Esto no puedo confirmarlo.).

En fin, que estoy encantada, que no sé si el vestido es muy ponible (aunque me lo estoy pensando para el Sing Along de Grease) pero estoy súper orgullosa de haberlo podido hacer con cierta facilidad (espero que mis profes estén contentas con el resultado) y sin que la cremallera invisible se me haya atragantado.

Me encanta que mis amigas costureras me pongan a prueba. Aprendo un montón cada vez que nos vemos y con cada proyecto o reto que nos planteamos. Yo creí que este me venía muy grande, pero no, oye, lo he sacado adelante con bastante dignidad y estoy súper contenta. Y no solo he aprendido de costura, que posar de esta guisa, con tanto cuero encima y tantas capas de falda no es fácil, particularmente cuando eres un poco camera shy :)


Gracias, chicas, por las risas, por las ideas, por los retos y por la reunión anual, totalmente necesaria para nuestra salud mental. No dejes de visitarlas, estén en cueros o no:

Ana * Ana * Charo * Diana * Isa * Lola * Maider * Mar * Mari Cruz * María * María * María * María José * Merche * Miren * Mònica * Nati * Sonia

Nada en la nevera: Caldo de restos

18 de enero de 2016


¡Feliz año! 2016 me estaba cayendo muy bien hasta que acabó de un plumazo con dos de mis personas favoritas sin avisar. Ha sido una semana de incredulidad total y de mucha pena. Y sí, ya lo sé, no los conocía a ninguno de los dos y BLA, BLA, BLA. Pero una puede y tiene derecho a sentir empatía y buen rollo hacia alguien a quien no conoce.

Pero 2016 ha empezado, de todos modos, muy bonito. Y eso que es el año en el que yours truly pasará al gran 4. Muchos de los objetivos que me había marcado han empezado a parecer posibilidades en lugar de sueños gracias y al trabajo lento y deliberado que hice el año pasado. Y he notado que he mejorado en cosas. Cosas como hacer deporte. O como dejar de estar enganchada al ordenador a todas horas. O como poder estar en el sofá sin hacer nada durante un par de horas. Cosas como soltar lastre y olvidarme de cosas que quería hacer o que me sentía obligada a hacer y que no tenía tiempo de afrontar. Así que por eso, te doy las gracias, 2016.

Demodé va creciendo, ya sabes, y justo hoy publico la receta de la sopa de Zanzíbar, también conocida como sopa levantamuertos o sopa curalotodo. Así que he pensado publicar aquí también algo relacionado con esa sopa (y aprovechar las fotos, ejem). De hecho, hacía muchos días que quería compartir contigo este truco que tenemos en casa para aprovechar los restos de verdura.


Nosotros somos adictos a la frutería. Al Sr. Iron y a mí nos gusta ir juntos, toquetear los tomates y pelearnos por las frutas que hay que comprar (yo, mangos, frambuesas y piña, el Sr. Iron, manzanas, naranjas y plátanos). Nos gusta pedir frutos secos y huevos ecológicos y cargar el carro hasta que ya no cabe nada más y tenemos que pedir una bolsa para las fresas. Nos encanta la frutería y diría que hasta casi nos peleamos por ir.

Mi frutería tiene además una cosa buena y es que las hortalizas traen sus hojas. Las zanahorias, las cebollas tiernas, los rábanos... todo va acompañado de una buena mata verde. Y aunque te la recortan un poco, si quieres, también te la puedes llevar a casa en todo su esplendor. Y eso es algo que hago habitualmente.

Cuando llegamos a casa, si tenemos tiempo, preparamos las verduras. Es otra de las cosas que me gusta mucho hacer. Me gusta cortar la coliflor y el brócoli y guardarlos en recipientes de cristal, listos para un salteado o una sopa, o sencillamente para ahorrarme un rato a la hora de cocinar. Me gusta ver qué tenemos planeado en nuestro menú semanal (cuando lo tenemos) y dejar ya todo listo para preparar el plato. Me gusta congelar lo que he comprado para finales de semana, y ordenar en la nevera todo lo demás. Sí, ya sabes perfectamente que me gustan muchas de las cosas marujiles de la casa y esta es una de ellas.


Cuando preparas las verduras hay una cantidad increíble de restos. Las partes duras de los espárragos, los tallos de los puerros, el tronco de las coles, las pieles y los rabitos de las zanahorias. Cosas que hace un tiempo habría tirado, pero ya no.

Desde hace unos meses, tenemos siempre un cuenco grande en el congelador. Allí vamos dejando todos estos restos, bien lavados y cortados. Como somos adictos a las verduras, es un cuenco que se llena bastante rápidamente. Cuando tengo restos de pollo, espinas y cabezas de pescado o una paletilla de jamón que ha llegado a su fin, saco la olla.

Sí, siempre tengo que añadir algo más, quizás una cebolla, una rama de apio (ya volveremos sobre el apio más adelante) o, como en la sopa que tenemos en Demodé, un pollo entero. Pero la base del caldo la hago sofriendo las verduras que tengo en el congelador siempre.

Es una chorrada. Pero para mí ha sido un game changer. Ahora hay caldo casero muchas veces en casa, algo que antes pasaba... nunca. O solo cuando alguna abuela bienintencionada traía sopa para algún niño.


Y ese caldo sirve de base para mil cosas, desde un arroz a unas lentejas pasando por la sopa de hoy que no te puedes perder porque es la mejor del mundo.

¿Tú guardas los restos de las verduras? ¿Haces algo con ellos? ¿Y otros restos? Mi padre hacía unas pieles de patata increíbles que quiero intentar recuperar. Y hace poco probé espinas de sardinas fritas y me parecieron un manjar increíble. A ver si os traigo esas recetas para próximas ediciones de Nada en la nevera.
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