Organización para desorganizados: pelis

21 de noviembre de 2014


Vuelve con vosotros la sección más esquiva del blog, la que aparece los viernes que me da la gana o que se me ha ocurrido algo digno de compartir. Y suele ser más lo primero que lo segundo.

Ya sabéis que en casa somos muy cinéfilos. Hace un tiempo os contamos que todos los viernes hacemos peli y pizza y que estamos intentando que los pompones se familiaricen con las pelis de los ochenta que nos marcaron al pomelo y a mí. Pero ellos también han desarrollado un ecléctico gusto personal que a veces nos horroriza (Hola, Adam Sandler) y a veces nos enternece (Hola, westerns viejunos y Alfred Hitchcock).

Sea como sea, en casa somos partidarios de decir que no hay cine malo, solo público inadecuado. O al menos de decírselo a los pompones, porque confieso que yo soy una esnob cinematográfica que detesta ciertos géneros, como por ejemplo, la comedia romántica posterior a los 90. La comedia pastelosa de los 50, en cambio, me encanta, aunque a lo mejor es por los vestidos y los peinados o por Katharine Hepburn y Gregory Peck.

Así que en casa hay montañas de películas. No, no, literalmente, montañas de DVD que amenazan con comernos y no caben en ningún sitio. Somos consumidores de cine. Y todavía vamos al videoclub.

Nuestra colección de DVD hace tiempo que se nos había ido de las manos y que ya no nos cabía en ningún sitio. Y por más que intentábamos tirar pelis... no podíamos. Nos quedábamos con el disco en la mano, mirándolo con ternura y recordando los buenos ratos que nos había hecho pasar. Todo lo demás ha ido saliendo de casa sin piedad, pero las pelis... Las pelis no.

Y un día, en el blog I heart organizing, vi una solución de almacenamiento que en un principio me horrorizó. Así que, coleccionistas sensibles, dejad de leer, porque ya me odiasteis el día de los discos y no quiero que nuestra relación se acabe aquí. La solución era simplemente tirar la caja de plástico y quedarte únicamente con el disco.


Creo que la chica que escribe el blog lo había hecho con los videojuegos, y ya os digo que mi primera reacción fue: ni hablar. Con las fotos tan bonitas, las portadas curradas, las ediciones especiales... Pero fue una de esas ideas que se te quedan en la cabeza y finalmente, un día, decidí comprar una caja en IKEA y probar con algunas pelis y documentales que no estaban entre mis favoritos, o que eran ediciones de periódicos y tal.

Qué cambio.

De repente había tirado una bolsa de basura llenita de cajas de plástico feúchas y que no me aportaban absolutamente nada y todos los DVD ocupaban una cuarta parte de la caja de IKEA. Y como me pasa con la mayor parte de los procesos de organización, le fui cogiendo el gusto. Dejé que pasaran unos días y volví a mirar mi colección de DVD. Y encontré otras cajas que podía tirar. Y volví a dejar pasar unas semanas, y la volví a mirar. Y poco a poco, lentamente, fui deshaciéndome de la mayor parte de las cajas.


Antes de que lo preguntéis: NO. No he tirado mis cajas metálicas de La novia cadáver, El sentido de la vida o El castillo ambulante. Ni las cajas de las ediciones especiales de El señor de los anillos. Todavía no estoy preparada y no pasa nada. Puedo tener ciertas películas dentro de sus cajitas sin ningún problema. Pero todas las demás, poco a poco, han pasado a vivir en fundas transparentes, dentro de una sola caja, donde las encontramos más fácilmente y ocupan infinitamente menos espacio.


Unos meses más tarde, de carambola, me di cuenta de que el cajón que había comprado en Ciclos Riera era de la misma medida que las cajas de IKEA, pero infinitamente más bonito, y más grande. El cajón ha sido objeto de una restauración intensiva (no tengo ninguna foto del antes y me da mucha rabia) en el curso que he hecho en el Ateneu de Sant Cugat y ha quedado así a falta de decidir si le vuelvo a poner su chapita original o si le busco una un poco más pequeña. ¿Qué os parece a vosotros?


Evidentemente, este no es consejo para jóvenes (pilláis la referencia cinematográfica, ¿no?) porque ahora todo el mundo tiene el cine en digital o... más revolucionario todavía: ¡no lo tiene! Paga cuando quiere verlo y punto. Pero si sois un poco menos jóvenes (pero todavía estáis de muy buen ver), a lo mejor tenéis el mismo problema acumulativo que nosotros.

Os lo recuerdo: es adictivo. Queda todo tan bonito y ordenado que nosotros ahora también tenemos los videojuegos y los discos que han sobrevivido guardados según este sistema, en cajas de fácil acceso junto a la tele.

¿Y vosotros qué? ¿Ya lo tenéis todo el digital o sois un poco analógicos todavía, como nosotros?

Vinagre de restos de fruta

18 de noviembre de 2014


Siempre aclaro que no soy una hippie fumada y que no voy abrazando árboles por la vida, pero tengo que reconocer que tengo un pequeño gen ecologista dando vueltas por el cuerpo, con su pelo largo, su flor en la oreja, su túnica hasta las rodillas y los deditos haciendo el símbolo de la paz.

Cuando era pequeña, de hecho, debía tener ese gen más a flor de piel, porque además de tener vestidos desteñidos (antes de enseñaros esas fotos preferiría morir de un ataque de cosquillas), creía que podía cambiar el mundo y ponía letreritos por casa anunciando que había que cerrar grifos y neveras, apagar luces y otras boniteces que sacaba de la "Guía del joven consumidor verde" o de "El consumo y nosotros", o de los folletos (que entonces no había internet!) de Greenpeace que guardaba como oro en paño.

Ay, pobre gen ecologista, atrapado en el mismo cuerpo que los genes frikis y que los genes alcohólicos, que en la adolescencia seguro que le hicieron bullying del malo y lo dejaron escondidito en un rincón, haciéndose trenzas, deshojando su flor y planeando su venganza en cuanto me hiciera viejuna y los otros se cansaran o se apoltronaran en algún sofá a ver el fútbol.

Y desde hace un tiempo (tanto como llevo aclarando que no soy una hippie fumada), el gen se ha visto reforzado y ha vuelto por sus fueros.

Por eso a veces tengo la cocina llena de botes de cristal con líquidos extraños.


Y es que cada vez que encuentro una receta para aprovechar algún tipo de desperdicio, el gen salta de alegría, da palmas y cual Remy (el ratón de Ratatouille), me guía para que me entusiasme tanto como él y me ponga a trabajar sin descanso.

Así que os podréis imaginar que la idea de hacer vinagre con restos de fruta fuera motivo de disfrute para mi gen. Y en consecuencia para mí.

¿Alguna vez os ha pasado que descubrís una idea que os hace gracia y después la encontráis por toooodas partes? Sigo varios blogs de conservas y de fermentación (por culpa del gen ecologista) y de repente empecé a encontrar recetas de vinagre casi todos los días. Y decidí probar.

Se tarda alrededor de tres semanas en tener un buen vinagre, pero el trabajo activo de todo el proceso deben de ser unos 10 minutos. Si llega. Así que es un proyecto súper asequible. Y si tenéis pompones en edad de estudiar química es una lección interesantísima de química orgánica, porque los azúcares se convierten el alcohol y luego el alcohol se convierte en ácido.

Podéis probar con muchísimas frutas, pero, evidentemente, las que funcionan mejor y dan un vinagre más rico son la manzana y la pera. (Y las uvas, pero eso no tiene ni mérito.)


¿Qué necesitáis?

- Pieles, corazones e incluso pulpa que de otro modo desecharíais de cualquier fruta (o verdura dulce)
- Azúcar
- Agua
- Un bote de cristal con tapa
- Gasa (o una tela de algodón cualquiera)
- Una goma elástica
- Paciencia

Lo primero que hacemos es medir la cantidad de trozos de fruta que tenemos. Si usamos pieles tienen que estar bien limpias. Por cada medida de fruta vamos a poder poner un par de medidas de agua. Así, si tenemos una taza de fruta, usamos un par de tazas de agua.

Ponemos la fruta y el agua en el bote de cristal. Añadimos una cucharada de azúcar por cada medida de fruta, más o menos. Cerramos el bote con su tapa y sacudimos bien.

Lo dejamos reposar en un sitio fresco y sin sol durante una semana. Todos los días tenemos que sacudir el contenido y abrir un momento la tapa para permitir la salida de gases, pero ya está.

Al cabo de una semana, abrimos y olemos. Lo más probable es que ya distingamos claramente el olor a alcohol. Si no es así, cerraremos y dejaremos reposar un par de días más. Si ya huele claramente a alcohol, colaremos el contenido.

Para colarlo, yo os aconsejo que uséis un chino y una gasa que se quede con las impurezas pequeñas. Colamos bien, lavamos el bote de cristal y volvemos a poner el líquido dentro. Si tenemos algún vinagre ya preparado, podemos poner un par de cucharadas para ayudar a que el proceso sea más rápido, pero si no, no pasa nada, el vinagre se formará igualmente, aunque a lo mejor tarda un poco más.

Esta vez, en lugar de ponerle la tapa, ponemos un trozo de gasa (o tela de algodón) y lo sujetamos con una goma elástica. Y ahí lo dejamos dos semanas. Podemos remover de vez en cuando, y si vemos que se forma algún tipo de impureza se puede volver a colar, pero básicamente hay que dejar que el alcohol se vaya convirtiendo en ácido y eso lleva su tiempo.


Durante la segunda semana empezará a formarse la "madre". La madre es una masa gelatinosa que contiene muchas bacterias responsables de la conversión de alcohol a ácido acético. Que se forme una madre es muy bueno por dos motivos: primero, porque eso indica que nuestro vinagre va por buen camino y segundo, porque esa madre nos puede servir de acelerador para otros vinagres, si la introducimos en el bote después de haber colado el alcohol.


Al cabo de dos semanas, ya podemos acercar la nariz al bote y decidir si ya huele a vinagre. También lo podemos probar. Si lo queremos más ácido o si creemos que todavía no se ha acabado, podemos dejarlo un par de días más.

Cuando ya lo tengamos, solo nos queda volver a colar con una gasa para eliminar impurezas y embotellarlo para guardarlo. La madre la enjuagamos con un poquito de agua y, si no vamos a empezar ningún otro vinagre, la metemos en uno de los botes de vinagre terminado.

El vinagre no se echa a perder, pero con el tiempo va adquiriendo un sabor más profundo (y va precipitando). Vosotros mismos podéis decidir si queréis guardarlo más o menos tiempo o si queréis usarlo inmediatamente. Y también podéis decidir qué mezclas de fruta queréis hacer para probar nuevos sabores. ¿No se os acaba de abrir un mundo de posibilidades? (Calla, gen, cállate ya.)

¿Y qué podéis hacer con el vinagre, teniendo en cuenta que salen cantidades industriales?

- Ponerlo en la ensalada (evidentemente)
- Sustituir el zumo de limón de algunas recetas
- Darle un toque final a los guisos
- Crear vuestra propia mostaza o salsa barbacoa
- Hacer vuestras propias conservas
- Ponerle un poquito a la macedonia
- Usarlo en cócteles y bebidas (ya hablaremos de los shrubs)

¿Vosotros también tenéis un gen ecologista? Venga, salid del armario, que no puedo ser yo la única que soñaba con el Rainbow Warrior o que tenía un colgante con un símbolo de la paz extragrande.

Donosti

14 de noviembre de 2014


Donosti es un lugar especial para mí. Hace 16 años fue el primer viaje que el pomelo y yo hicimos juntos, para que él participara en la clásica Behobia-San Sebastián, una media maratón como no hay otra. Así que volver a Donosti este año, después de muchos (demasiados) años sin visitarla, ha sido un sueño.

Si hay algo que me gusta de Euskadi, más que los chuletones, el txacolí, la sidra, los pinchos y el pescado, todo junto, es la gente. Pocas veces se encuentra gente tan hospitalaria y tan generosa. Cada vez que piso Euskadi me siento muy, pero que muy querida.

Esta vez no fue una excepción, y el viaje me deja recuerdos imborrables y experiencias muy diferentes. Porque eso también lo tiene: cada viaje es distinto, porque en Euskadi acabas arrastrado por la gente y las circunstancias. Me explico.

Llegamos a Donosti el jueves por la tarde, después de una noche en Zaragoza, donde el pomelo tenía trabajo y sobre la que ya os contaré cosas, porque también es una ciudad que me gusta mucho. Pensábamos ir a cenar algo y a dormir, cansados de tanto coche y con la idea de dedicar el viernes a hacer turismo como locos. Teníamos habitación en la pensión Ur Alde, en el centro. Fuimos a dejar las maletas y ahí nos esperaba Aritz, que fue el primero en cambiar nuestros planes.

Solo puedo decir cosas buenas de la pensión y de Aritz. Madre mía, qué trato, qué bonitas habitaciones y qué buen fotógrafo que es él (tendréis que visitarlo para entender por qué lo digo). Charlamos de cine y de comida y nos dio una lista de restaurantes con una lista de sus respectivas especialidades para que supiésemos qué pedir y dónde pedirlo.

Así que solo llegar ya sabíamos cuáles eran los mejores bares, los mejores pinchos y el recorrido que teníamos que hacer para probar unos cuantos. Por favor no preguntéis cuánto había engordado el lunes cuando volvimos.


Nos comimos unos pinchos de anchoas y de bacalao en el Txepetxa y luego fuimos al Gandarias donde comimos champiñones, gambas con bechamel y algún otro pincho que no recuerdo. Me sigue alucinando esa cultura del pincho y cómo vas comiendo y ellos más o menos calculan lo que consumes. Creo que es algo que solo pueden hacer ellos, especialmente con el follón que llega a montarse en la barra del bar.

El viernes trabajamos un poquitín por la mañana. El pomelo había quedado para tomar un café con un compañero de trabajo (o lo más parecido a un compañero de trabajo que tenemos los autónomos), José Luis, que se retrasó y nos llamó más tarde para ofrecerse a llevarnos "a picar algo". Nos pasó a buscar por Donosti y nos llevó a su pueblo, Andoain, a tomar un café. Y me mostró la ikastola de su hija, que me pareció chulísima, con ventanas en forma de árbol, casitas para cada clase con ventanas a la altura de los niños y un par de murales muy bonitos.


Nos hizo gracia ver que enfrente de la iglesia, ¡hay un frontón!



De ahí nos llevó a Beasain a comer. Y lo que iba a ser picar algo se convirtió en un menú espectacular en un hotel de cuatro estrellas, el Dolarea, que Juan Mari nos enseñó de arriba abajo, dejándonos ver todas las habitaciones y las partes más secretas :)


Pero lo mejor es que el hotel forma parte de un conjunto monumental con un palacio, una herrería, un molino, una capilla y un puente, que hace siglos era una aduana. No os creeríais la cantidad de fotos que llegué a hacer, qué sitio tan bonito.




Todo eso en un paisaje otoñal espectacular, porque Euskadi es verde, con unos bosques hermosísimos que en esta época del año están de todos los tonos de marrón y rojo que os podáis imaginar.

De vuelta hacia Donosti volvimos a pasar por Andoain para conocer a la mujer y a las hijas de José Luis, y tal y como llegamos a la ciudad nos montamos en nuestro coche para irnos hacia Zarautz.

Con Zarautz tuvo el pomelo una larga relación profesional hace años, así que también es uno de nuestros lugares fetiche. La casa rural del pueblo estaba regentada hace años por Pilar, una mujer que nos hacía morir de la risa con su manera de hablar y que nos ponía un dulce de manzana casero en el desayuno que era un manjar de dioses.

Y en Zarautz nos quedan algunos amigos, especialmente Patxi, que es un personaje. Y Patxi nos hizo un regalo único, una experiencia alucinante: nos abrió las puertas de su sociedad gastronómica y nos preparó una cena que creo que todavía estoy digiriendo.



Yo nunca había estado en una sociedad, aunque había oído un montón de leyendas urbanas sobre ellas. Y me sorprendió lo bien que funcionan, el buen ambiente que hay y lo enormes que son. La cocina era un sueño y pasé ahí dos horas sacando fotos y charlando con los cocineros, que esa noche eran todos hombres y no me dejaron hacer nada más que mojar pan en todos los platos.



Comimos kokotxas en tres versiones, luego un par de cogotes de merluza y los valientes, solo los valientes, probamos también un chuletón espectacular.


El sábado ya estábamos todos (éramos un montón!) en Donosti y cuando nos levantamos salimos hacia Anoeta a recoger los dorsales. Pero a medio camino nos encontramos, delante del Kursaal, con un mosaico con las banderas catalana y escocesa, y ahí nos quedamos a sacar fotos y a disfrutar del espectáculo, pero sobre todo a hablar con el montón de gente que había y a charlar de política de una manera muy, muy distendida, un poco sorprendente teniendo en cuenta lo delicado del tema. Había mucha curiosidad por la votación del domingo aquí en Catalunya, así que cuando nos oían el acento, todos nos preguntaban.


Llegamos a Anoeta un poco tarde. Ya sabéis que soy futbolera y del Barça, pero siempre he llevado a la Real en el corazón, así que recoger los dorsales dentro del estadio para mí fue un subidón. Aunque tengo que volver cuando haya partido, con mi amiga Ane.


Había un montón de gente. Este año había casi 30.000 corredores apuntados, que se dice pronto. La carrera era el tema de conversación en todas partes.

Con dorsales y alguna compra compulsiva en las manos, volvimos hacia el centro. Paramos a comer en un bar por el camino y comprobamos que, por desgracia, no se come bien en todos los bares de Donosti, por mucho que nosotros creyésemos que sí.

Y ya por fin pudimos pasear un poco por el centro. El pomelo y yo aprovechamos la última hora de luz para pasear alrededor del monte Urgull, desde el ayuntamiento hasta el Kursaal y sacar tres millones de fotos. Bueno, el plural es mayestático, las fotos las saqué yo mientras él miraba extasiado el oleaje.




Esa noche volvimos a salir por algunos de los mejores bares del centro. Fuimos al bar Néstor a comernos un chuletón, pero lo que más me gustó de todo lo que nos sirvieron fueron los tomates... ¡Madre mía! Súper tiernos y riquísimos. Ojo, porque en el bar Néstor hacen dos tortillas al día y hay que pedir hora para tener ración. Solo la mitad de los que íbamos la consiguieron, y yo no estuve entre los privilegiados... habrá que volver.

Luego pasamos por el Martínez a probar el pulpo. Y acabamos tomándonos un patxaran casero en Alberto (no he encontrado la página web, pero está en la calle 31 de agosto, a pocos portales de Gandarias). Las chicas nos atrevimos con un gin-tonic, pero los chicos se fueron a dormir pronto, que al día siguiente había carrera!

Y llegó la mañana de la carrera, y los chicos se tomaron el tren y las chicas desayunamos tranquilas y luego nos repartimos. Yo me escapé un rato porque había quedado con Maider. Qué alegría verla. Nos tomamos una cerveza y charlamos un montón, pero se me hizo cortísimo. Y qué guapa que está, con esa barriguita tan redonda. Es una pasada haber hecho estas amigas gracias al blog, y es una pena estar tan desperdigadas, porque tenemos un montón de cosas en común y me gustaría que nos viésemos más a menudo. Lo único bueno de la distancia es que por lo menos tenemos excusa para viajar.


Los corredores empezaron a cruzar la línea de meta, todos contentos, encantados, más bien, porque todos habían cumplido objetivo y mejorado tiempo.

Antes de subirnos al coche y volver para Barcelona queríamos comer algo (previa ducha de los chicos, que nadie se sube a un coche con un finisher que no se haya pasado jabón por todo el cuerpo como mínimo tres veces) y acabamos en el que para mí es uno de los mejores bares donde hemos estado aunque nadie nos lo había recomendado. El Aita Mari, justo al lado de la pensión, nos pareció un lugar increíble, con un trato excelente, unos pinchos impresionantes y un ambiente muy agradable. No os podéis perder las croquetas de chipirones ni las tortillas... Buf.


Y con el estómago a tope y la memoria llena de momentos mágicos, de gente maja y de experiencias únicas, nos subimos al coche y nos volvimos a casa.

No sé cómo había aguantado diez años sin pisar Euskadi, pero prometo no hacerlo nunca más.

Trol

11 de noviembre de 2014


Hoy es un día especial. Hoy he tenido mi primer trol.

No, no lo busquéis aquí en el blog, porque no ha sido aquí, sino en facilísimo, una red de blogs a la que me sumé hace un tiempo. Pero ahí sí que está, en todo su esplendor, mi primer comentario antipático y directamente agresivo. O eso me parece a mí.

Esta mañana al abrir el correo me he encontrado el aviso de comentario nuevo. Como a cualquiera que tenga un blog, eso me hace ilusión, así que he ido rauda y veloz a ver quién me contaba qué. Y realmente ha sido como un bofetón.

Es muy difícil pensar que no hay nada personal en un ataque de este tipo. Aunque realmente no sea un ataque, solo una crítica formulada de un modo feo.

Cuando uno invierte tiempo e ilusión en algo, sea tejer un jersey, hacer un pastel o escribir un texto, es muy difícil pensar que eso no forma parte de nosotros. Es difícil pensar que no hay un pedacito nuestro en cada punto, cada gramo de harina o cada palabra. Así que las críticas negativas duelen. Y si están hechas con un poco de mala leche, más.

Pero como ya sabéis que últimamente ando un poco zen, lo he estado pensando. Y me parece que no, que ese texto, ese jersey o ese pastel no soy yo. Lo he hecho yo, con mi experiencia en ese momento. Lo he hecho con buena voluntad. Pero no soy yo. Y un ataque a ese texto, a ese jersey o a ese pastel no es un ataque a mí misma. Es un ataque a ese contenido que todo el mundo está en su derecho de valorar, porque yo lo he sacado ahí para eso, para que se valore.

Mostrar algo al mundo es un riesgo. Sacar tu última colección de ropa o joyería, publicar un libro, salir en un concurso de la tele o incluso escribir un blog es exponerte. Hay cosas que exigen más exposición que otras (yo tiemblo si pienso en la tele), pero al final, hagas lo que hagas, te expones. Y también te expones en lo que haces todos los días: cuando te vistes para salir a la calle, cuando vas a una reunión del colegio, cuando charlas con un vecino. Estamos expuestos.

Y la exposición da miedo. Todos tenemos miedo a no gustar, a estar equivocados o a meter la pata. Todos tenemos miedo a no estar a la altura. Y hacemos lo que podemos por trampearlo, nos movemos en entornos cómodos donde las cosas son familiares, nos relacionamos con gente que sabemos que no nos va a hacer daño y que va a formular las críticas de un modo amable.

Pero cuando salimos, cuando damos un paso más, por pequeño que sea, nos sentimos vulnerables. Porque nuestra intención es buena y nos provoca ansiedad que no se perciba así. Porque nos sentimos juzgados.

Y sin embargo hay que salir, no hay más opción, hay que salir, exponerse, arriesgarse y jugárnosla todos los días, porque las recompensas son mucho mayores que los riesgos y porque aunque las cosas salgan mal, siempre vamos a aprender algo.

Así que hoy he decidido que no. Que un texto que deja mis manos y sale ahí, a dar vueltas por la red, no soy yo. Es mío, eso sí, y soy la responsable última de lo que está ahí escrito, pero no soy yo, así que una crítica al texto es solo eso, una crítica al texto. Un ataque cruel es un ataque cruel al texto, no a mí. Cuesta, porque invierto y vuelco mucho de mí en cada texto, pero, ¿cómo va a ser un ataque a mí si la persona que lo lanza no me conoce de nada? ¿Si nunca me ha visto?

No nos podemos tomar como algo personal algo que es sesgado e incompleto. Y no solo en internet, sino fuera de ella. Si alguien critica con virulencia tu peli, tu libro o tu bar, no es personal. No te conocen. No saben quién eres. Solo conocen la peli que has hecho, el libro que has escrito o el bar que regentas. Y punto. Por mucho que tú hayas invertido en esos proyectos y por mucho que creas que ahí hay gran parte de ti.

Porque vamos a ponernos al otro lado. Seamos sinceros: ¿cuántas veces hemos dicho de algo que era una mierda? ¿Cuántas veces hemos criticado abiertamente un producto o un servicio? Algunas veces lo hacemos incluso con mala leche, generalmente a espaldas de quienes han generado ese producto o ese servicio. En la mayor parte de los casos no es nada personal, y si supiésemos que va a tener un efecto devastador sobre la otra persona, sonreiríamos educadamente y no diríamos nada. De hecho, si tuviésemos que hacerle la misma crítica a la persona a la cara, moderaríamos nuestro lenguaje y buscaríamos una manera correcta de decirle lo que no nos ha gustado. Y cuando llegásemos a casa diríamos que era una mierda :)

Así que cuando nos toca recibir, no podemos hundirnos ni pensar que es una ataque personal injusto. Es imposible gustarle a todo el mundo. Y como os decía en un post hace unos días, no es sano y la gente a la que no le gustamos también nos define.

Así que ante las críticas no constructivas, como ante tantas otras cosas: sentido común. Valorar el peso de la crítica y si tiene algo de razón y desactivar el sentimiento de injusticia y de que es algo personal. No eres un objeto, eres mucho más. No eres tu proyecto, hay otras cosas. Y si tu proyecto es mejorable, está bien saber qué piensan los críticos, por maleducados que sean.

Nosotros no somos nuestras creaciones, si no, no mejoraríamos nunca, haríamos siempre lo mismo, no cambiaríamos, no aprenderíamos a hacer las cosas de modos diferentes que nos gustan y nos llenan más. Saber que no somos lo que hacemos nos tiene que dar alas para seguir adelante y para seguir aprendiendo y avanzando, estando cada vez más orgullosos de eso que hacemos, cada vez más seguros de nosotros mismos.

Así que, aunque no os deseo un trol o un comentario interesado o de mala leche, sí que os deseo que saquéis lo mejor de cada experiencia y que eso no os duela y os haga seguir adelante, porque de todo se aprende, incluso de lo que gestionamos mal.

Mañana o pasado os cuento lo que pensaba contaros hoy, nuestra escapada a San Sebastián. Stay tuned!

Bosa de malla con punto de cruz

28 de octubre de 2014


Hace varias semanas os contaba que soy un poco adicta a los números y a las cifras, pero últimamente, con esto de poner en orden mi vida y poniendo en perspectiva este blog y la gente que hay al otro lado... pues confieso que me ha empezado a dar un poco igual.

Después de contaros lo que me está pasando el jueves me he sentido... bien. Me he sentido súper acompañada, arropada, apoyada y querida. Y es curioso, porque a muchas de las personas que estáis al otro lado no os conozco en persona, pero como decían en "V de Vendetta" (la peli es colosal, pero no os perdáis el cómic, a los pies de Alan Moore forever and ever) os quiero. Os quiero, os conozco, os leo, me río con vosotros y sé que en muchas cosas somos almas gemelas. Y formáis parte de mi vida.

Vamos, que es cuestión de calidad y no de cantidad, y por aquí de calidad vamos sobrados. Que ayer recibí uno de los correos más bonitos que he recibido en mi vida (gràcies, Dolors!) y pensé en lo alucinante que es todo esto. Pensé en mi amigo Edu, que un día me contó que había conocido a su mujer por internet y yo enarqué una ceja pensando que eso era un poco increíble (hace muchos años ya, ¿eh? Y enarqué las dos, porque no sé enarcar solo una y es un superpoder que NECESITO tener) cuando ahora a mí me pasa lo mismo.

En fin, que me pongo moñas y no es la intención. A lo que voy con todo esto es a que... a la mierda las estadísticas. Que mejor pocos y bien avenidos. Mi amiga Lucía siempre dice que ella en Facebook solo tiene gente con la que se iría a tomar una cerveza en cualquier momento, y, la verdad, para mí eso es el blog y los blogs de la otra gente: amigos virtuales con los que me iría una noche de fiesta sin dudarlo ni un segundo.

Resumiendo, que se os quiere. Que sois majos majetes. Que muchas gracias. Y que vamos al tema de hoy, que no tiene nada que ver... o quizás sí, porque ayer colgué la foto en Instagram y quedó claro que somos almas gemelas porque hubo una respuesta casi unánime y fue: ¡friki!

Vayamos por partes: me encantan las bolsas de malla. Me parecen súper estéticas y un poquito retro, y con una de ellas en las manos me siento trasladada a cualquier mercado de cualquier ciudad del mundo. Me veo comprando frutas tropicales, flores, pan casero, queso que huele a pies, chocolate artesano... a gente súper cuqui con delantales blancos o grises de lino atados a la cintura que adora su trabajo y te sirve con una sonrisa.

Vamos, que las bolsas de malla para mí no son un objeto, sino una sensación. Y por eso las tejo obsesivamente, aunque, seamos sinceros, muchas veces son bastante incómodas. He encontrado muchos patrones de bolsas de malla y he hecho unos cuantos, y en general las bolsas salen pequeñas y además, con lo que da de sí el ganchillo, acaban deformadas bajo el peso de la compra. Vamos, que si pensáis comprar un par de kilos de pan, sí, perfecto, thumbs up. Pero si vais al mercado como yo, para comprar para cinco personas, tres de ellas pompones preadolescentes con apetito desmedido... pues como que no.

Sin embargo, ¿quién dijo lógica o practicidad? A mí las bolsas de malla me siguen encantando, y aunque sea únicamente para sustituirlas por las bolsas de plástico en la frutería (y que todo el mundo me mire como a una marciana) me valen.

Así que estos días que estoy en modo "reducir stash" (jajaja! No me lo creo ni yo, deberíais ver la compra que hice el otro día en la Cantatrice) decidí gastar alguno de los miles de ovillos de algodón (o pseudoalgodón) que tengo y me lancé a hacer la market bag de Mollie Makes.


Por cierto, curiosidad total: ¿qué colores abundan en vuestro stash? Me he dado cuenta de que en mi stash algodonero el rojo y el blanco son los reyes absolutos. Me veo haciendo Papás Noel o bastoncitos de caramelo o señales de Stop en cantidades industriales.

En fin, que hice la bolsa de Mollie Makes y me gustó bastante. Sigue sin ser demasiado grande, pero en cambio sí que es bastante robusta y aguanta algo de peso. Y me encantó lo cuadradito que queda el punto. Y entonces pensé que era un bastidor perfecto para hacer un dibujo en punto de cruz.


Tenía ya la lana pensada, gruesa y muy bonita, una lana que traje de Uruguay y que he usado para una bufanda-capa que os enseñaré dentro de poco. Me quedaban unos restillos y eran suficientes para mi bordado. Solo necesitaba un dibujo fácil con el que probar. Y en un alarde de originalidad impresionante, pensé en un corazón. Ay, sí. Con lo punk que era yo en mis tiempos.


El corazón era fácil de diseñar y fácil de pasar a la bolsa con muy pocos puntos, así que lo terminé enseguida. Y empecé a mirar y remirar la bolsa. Estaba bonita. Había quedado bien, mejor de lo que me esperaba. Era chula. Pero, ¿y si...? Empecé a buscar en internet imágenes pixeladas de estrellas. Podía hacerle una estrella del otro lado. Pero no cualquier estrella, LA estrella, el objeto de deseo en todas las versiones de Mario.


¿Qué queréis que os diga? Yo también prefiero el lado friki. Mario es el amor de mi (breve) vida gamer y a él vuelvo fielmente cada vez que me entra el mono de la consola. Y aunque el corazón es cuqui y me imagino a estupendas y delgadas blogueras de moda haciéndose una foto lánguida con la bolsa en la mano... me resulta bastante evidente que mis pompones o yo misma saldremos a comprar más contentos y más confiados con un elemento friki al que aferrarnos.

Porque ya lo conté ayer en Twitter, pero mientras mirábamos la tele hablaron de Aragón y los tres, sí, los tres pompones recitaron casi al unísono: "hijo de Arathorn, heredero de Isildur". ¿Os imagináis a alguien así con una bolsa con un corazón? Yo tampoco.
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