Cojines impermeables

22 de septiembre de 2014


¡Buenos días de lunes! Ha sido un fin de semana perfecto. Sí, sí, bastante perfecto. Y a diferencia del pasado, no porque hayamos salido de paseo y hayamos ido a ver rincones que no conocíamos. Sino por todo lo contrario.

La pompona lleva cinco (eternos) días enferma y el domingo yo misma me levanté como una sopa y con dolor de garganta. Así que salvo escaparnos el sábado a comer a casa de mi suegra (sin el pomelo, porque mi suegra es guay) no hemos hecho nada más que estar en casa, desconectar y ponernos al día.

No, no es una contradicción. Por un lado, ha habido desconexión total, particularmente por mi parte. Estoy aprendiendo a no abrir el correo electrónico durante el fin de semana. Para nada. Ya lo hablaremos en un post de "organización para desorganizados", pero vamos a ser sinceros: leer el correo antes de tiempo no te da ninguna ventaja. Todo lo contrario. Si lees el correo y sabes lo que te espera el lunes, lo más probable es que te pases todo el fin de semana agobiado, y no vale la pena.

Y no es solo que no valga la pena ese ansiedad preventiva... es que estar pegado al correo nos resta calidad de vida y no nos deja espacio para pensar en otras cosas.

A veces miro el móvil y pienso que, igual que pasó con la incorporación de la mujer al trabajo, con la tecnología nos han timado. (Cuidado, empieza el momento viejuno.) Antes alguien te llamaba por teléfono y si no contestabas, no pasaba nada, volvía a intentarlo al cabo de un par de horas. Ahora te llaman y ya está: tienes una perdida, sabes quién te ha llamado, tienes que devolver la llamada (y si es de trabajo esperan que la devuelvas inmediatamente) y no tienes ninguna excusa para no hacerlo. Y si te envían un correo electrónico, pasa más o menos lo mismo: la gente quiere que contestes, que lo hagas rápido, que les respondas las preguntas o que hagas lo que te piden inmediatamente.

Y como ya os conté la semana pasada, a mí todo eso me agota. Yo intento mantener mi correo a raya, pero no puedo evitarlo, a veces me supera y soy incapaz de hacer frente a todo lo que se acumula en mi bandeja de entrada. Hay veces que es porque estoy muy liada haciendo otras cosas (por ejemplo, trabajando), pero hay otras que es por puro agotamiento y porque necesito tener un momento tranquilo para contestar a los mensajes con calma y largo y tendido como se merecen.

Todo eso me genera estrés, para qué os voy a engañar, así que desde ahora mismo los fines de semana (y las noches a partir de las 8) empiezan a ser en mi casa momentos sin correo. Prefiero tener un rato tranquilo que poder dedicar a otras cosas, a otros proyectos.

Y ahí es donde viene la segunda parte: nos hemos estado poniendo al día. Hemos ordenado cosas pendientes, hemos vuelto a tirar cosas, hemos hecho las últimas páginas de los cuadernos de vacaciones e incluso hemos vaciado la nevera. Esto os lo cuento otro día, porque estoy súper orgullosa de lo mucho que hemos aprovechado hasta la última zanahoria pocha.

Y también le he hecho fotos a un proyecto que hacía muchos días que tenía ganas de mostraros. Uno de esos proyectos que te ponen de buen humor porque te solucionan un problema.


Entre las cosas que hemos hecho en las #reformasenCasaPompon, ha habido una puesta a punto del balcón. El balcón no es particularmente grande, aunque es bonito, da a un patio interior y tenía problemas tanto de acumulación de agua cuando llovía, como de desgaste del cemento de los muros. Long story short tenemos muros, suelos y baldosas nuevos. Y hemos colocado coquetamente en ambos extremos unos bancos de IKEA que me regaló mi madre en un cumpleaños y que usamos para guardar el material de jardinería y las herramientas de bricolaje.

El problema es que los bancos son de madera y tienen huecos entre los tablones. Quedan preciosos, pero cada vez que llueve se me arruinan las semillas o las lijas, porque el agua entra bastante a raudales.

Así que se me ocurrió que lo más práctico podía ser hacerles unos cojines con tela impermeable, de esa que parece plastificada, como un hule para la mesa.


Y dicho y hecho.

No podría ser más feliz con mis cojines: mi balcón está precioso, los bancos son infinitamente más cómodos que cuando nos sentábamos directamente sobre la madera y no se me ha vuelto a mojar nada (con lo que he podido guardar muchas más cosas que antes me daba pánico meter ahí).

Así que os cuento cómo lo hice por si alguien quiere probarlo también!

Necesitáis: Espuma de alta densidad (yo la compré aquí), un par de metros de tela plastificada, una cremallera (lo suficientemente larga para el tamaño de vuestro cojín, en mi caso, 60 cm.), elástico grueso.

Lo primero que necesitáis es medir vuestro cojín. Yo compré una plancha enorme de espuma (tengo medio metro de sobras, si alguien lo necesita) y lo que hice fue poner la tapa del mueble encima y marcarla con un rotulador.

Cortad la espuma con cuidado y con ayuda de un cuchillo del pan. Probé con un cúter, pero no hay color, el cuchillo del pan va de muerte.


Luego hay que marcar la tela. Necesitáis dos piezas del mismo tamaño que la tapa y la espuma, más un centímetro a cada lado, que será vuestro margen de costura.

Medid el diámetro del cojín. Y ojo, que aquí hay que hacer mates.

En mi caso, el diámetro era de unos 240 centímetros. Como mi cremallera era de 60, corté una tira de tela de 180 centímetros más dos de margen de costura, por la altura, en mi caso 10 más 2 de margen de costura.

Por otro lado, corté dos piezas para poner a cada lado de la cremallera. Ambas tenían 7 centímetros (5 más 2 de margen de costura).

Empezamos por coser la cremallera a estas dos últimas telas. Doblad el centímetro de margen de costura del lado de la cremallera y cosed con un pie para cremalleras. Repetid al otro lado.



Cuando ya tengáis la pieza de la cremallera lista, cosedla a la otra pieza larga para hacer el contorno de vuestro cojín. Ojo, porque tenéis la cremallera puesta. Tenéis que coser la pieza larga lo más cerca posible del inicio/fin de la cremallera. En mi caso, la cremallera era reciclada y pasé por encima de ella en la parte inferior.


Probádselo a la espuma para aseguraros de que cabe bien.

Llega el momento de coser la parte de arriba. Tened muchísima paciencia porque por muy bien que se os hayan dado las mates y por muy bien que hayáis cortado, lo más probable es que tengáis que ajustar un poco la tela para que os quede bien (yo descosí como unas cuatro veces). Unid con alfileres la parte superior a la lateral, con muuuuchos alfileres. Cosedlo con mucha calma.


Probádselo a vuestro cojín.

Abrid la cremallera. Medid el elástico grueso que tenéis que poner en la parte de abajo para sujetar el cojín. Recordad que es mejor que quede un poco tenso. Podéis cortarlo del mismo ancho que tiene vuestro mueble.


Fijad la parte de abajo a la parte lateral con muchos alfileres y sujetad también los elásticos. Recordad que os tienen que quedar dentro de la funda, porque estáis cosiendo por el revés de la tela.

Cosed con paciencia infinita otra vez y cuando ya lo tengáis, dadle la vuelta a la funda por la abertura de la cremallera.


¡Ya lo tenéis! Un cojín para adornar cualquier rincón y que podéis adaptar a vuestro mueble y a vuestro espacio (vamos, que si lo queréis para interior no hace falta que la tela sea plastificada, por ejemplo).

Apenas puedo expresar lo muuuuy feliz que me hacen estos bancos. Son el sitio perfectísimo para sentarse con un margarita a disfrutar del aire de la tarde ahora que todavía hace calor. O para leer el periódico y comerte un croissant un domingo por la mañana. O para tomarte el aperitivo de una cena con amigos. Y toooodo lo que guardo dentro está súper protegido (no más semillas de lechuga medio germinadas y medio podridas tras una tormenta eléctrica). Life is good.


Espero que tengáis una muy buena semana llena de cosas tontas como estas, que te hacen feliz porque sí.

Escapada a Lleida

17 de septiembre de 2014


Hay veces que planeas un fin de semana hasta el último detalle, con un montón de actividades, mil cosas que quieres hacer y una organización impecable, y otras que, sencillamente, te dejas llevar. Supongo que no hace falta que os diga qué es lo que suelo hacer yo, porque ya me conocéis y sabéis perfectamente cuál es mi enfoque ante todas nuestras excursiones :)

Yo soy de los que tienen una lista de cosas para ver, pero casi nunca tienen horarios ni prisa ni una relación detallada de direcciones. Siempre que salgo de casa lo hago con ganas de callejear sin rumbo fijo, de caminar hasta que los pies me digan basta y de comer de pie en cualquier esquina. Por romántico que pueda parecer, eso suele implicar malos humores, monumentos cerrados, peleas porque son las cuatro de la tarde y ya no nos dan de comer en ningún sitio y una larga lista de cosas que me pierdo en casi todas las ciudades porque no se podía llegar caminando o porque leí tan en diagonal la guía que me salté ese párrafo.

Por suerte, tenemos algunos amigos que son todo lo contrario y siempre saben dónde hay que ir, a qué hora hay que ir y lo más importante, qué vamos a comer.

Normalmente alguien que no soy yo envía un correo de organización, planea las comidas y ofrece un horario, aunque sea provisional. Después las actividades mandan, los horas se contraen o se dilatan y básicamente hacemos lo que podemos en función de la lista de cosas que habíamos planificado.

Esta vez no fue así. Esta vez nos fuimos a la aventura porque la organizadora oficial tenía trabajo y no se puso las pilas. Salimos de casa con sitio para dormir y ganas de hacer una actividad. Lo demás estaba un poco en el aire, con algunas ideas y propuestas, pero nada cerrado. Vamos, un viaje a medida para mí y mi desorganización congénita. Y una de esas raras veces en las que se alinean los planetas (pun intended, porque hubo visita a un observatorio astronómico) y de la falta de planificación sale uno de los fines de semana más increíbles que hemos vivido.

Escogimos Lleida porque descubrimos que allí había un laberinto en una plantación de maíz. Yo tenía muchísimas ganas de ir a alguno, porque son cosas típicas de las pelis y tal, y lo alargamos a fin de semana para poder ir a Lleida capital, donde ni Francis ni yo habíamos estado.

Lo primero que hicimos fue coger el coche, la banda sonora de Life Aquatic y un CD de los Blues Brothers y cantar durante todo el camino. Los pompones tienen un gusto muy exigente (y ecléctico) y adoran canciones tan dispares como esta, esta, esta o esta. No sé si desesperarme o alegrarme de que sean tan rarunos...


Fuimos directos hacia la Masia Pedrolet, en Camarasa. Aunque la casa está un poco en el medio de ninguna parte, es cómoda, grande y los dueños son una pareja encantadora que nos llevó hasta el restaurante del pueblo para que nos agasajaran. Así que sin tener mucha cosa planificada acabamos en el ruidoso y concurrido comedor de Can Pere, donde nos metimos entre pecho y espalda un menú típico de esos que tardas tres días en digerir. No llevábamos ni tres horas en destino y ya la pompona y Pau, su alma gemela, se habían hecho amigos de medio pueblo a base de observarlos muy fijamente y hacer todo tipo de preguntas impertinentes.


Con los sentidos un poco embotados por la comilona, nos fuimos al laberinto de maíz. Primero nos perdimos y dimos una interesante vuelta por los campos de maíz y de manzanos de Castellserà. Pero acabamos llegando a la plantación, que curiosamente era en una casa particular. El laberinto tenía dos kilómetros de caminos y un juego de pistas. Estábamos totalmente solos, así que nos dividimos en dos equipos (adultos contra pompones) y nos metimos en el maizal. Estaba un pelín seco porque el fin de semana que viene ya es el último (y organizan una fiesta de terror antes de la cosecha!) pero nos divertimos muchísimo corriendo camino arriba y camino abajo e intentando resolver los acertijos que había en los callejones sin salida.

Pese a que los adultos hicimos trampa vilmente (con alguna consulta a internet incluida), los pompones acertaron más preguntas que nosotros y nos ganaron por goleada. Aunque ellos también hicieron trampa y se colaron entre las plantas cuando se hartaron de buscar infructuosamente la salida.

Mientras nos tomábamos algo en el jardín de los dueños del laberinto, la señora de la casa nos habló del Parque Astronómico de Montsec y de la increíble visita nocturna. Y entonces y ahí decidimos que podía ser una buena actividad para esa misma noche, pese a las protestas de los pompones, que consideraban que una pelota y el patio de la Masia Pedrolet eran plan suficiente para lo que quedaba de tarde.


Fue una suerte que hiciésemos caso omiso de sus quejas y sus súplicas, porque la visita al Centro de Observación del Universo es una de las actividades más increíbles que hemos hecho en la vida. No os la podéis perder. De hecho, os aconsejo que vayáis con tiempo a sacar las entradas, porque vuelan. Hay dos pases, uno a las diez y otro a las doce de la noche.


La visita está dividida en dos partes. Nosotros hicimos primero la observación. Los dos astrónomos, Pau y Joan, nos enseñaron un montón de cosas interesantísimas. Joan nos mostró las imágenes de los tres telescopios que usan (vimos una galaxia!!) y nos habló de distancias (el concepto año luz, por ejemplo, quedó clarísimo) y de tiempo, y de la paradoja de estar viendo cosas que ya no existen. Pau, en cambio, nos enseñó las constelaciones y nos dio algunos trucos para encontrarlas a simple vista.

La segunda parte fue en el planetario, donde descubrimos que el sol no pasa por doce constelaciones, sino por trece, y que estas cambian con el tiempo, además de ver exactamente dónde está la Tierra dentro de la Vía Láctea y de hacer una visita virtual a algunos planetas. El planetario es único en el mundo porque esconde un secreto que no os pienso desvelar para que vayáis y lo veáis vosotros mismos.

Salimos de allí entusiasmados, con la cabeza llena de datos y de conocimientos nuevos, dispuestos a apuntar unos prismáticos al cielo estrellado siempre que podamos. Es una visita obligada si estáis en la zona, e incluso vale la pena escaparse únicamente para verlo. Nos dejó boquiabiertos.


Al día siguiente nos levantamos tirando a tarde, pero decididos a salir a pasear. El pomelo y yo tenemos una amiga de la zona que nos había recomendado la visita al Congost de Mont-Rebei. Yo no estaba muy convencida porque entre mis múltiples errores de funcionamiento tengo un vértigo mortal y estar cerca de cualquier caída libre me paraliza, pero acabó siendo una de las excursiones más bonitas que hemos hecho.

El paseo empezó tranquilo, con alturas soportables y caminos anchos, hasta que de repente el pomelo, que iba unos metros por delante, se dio la vuelta y les dijo a los pompones que tenían que darle la mano a un adulto. No exagero cuando digo que en ese momento sentí que se me caía el alma a los pies y noté que la sangre abandonaba la mitad superior de mi cuerpo, particularmente el cerebro.


Delante tenía una de las cosas que más pánico me dan en la vida... un puente colgante, de esos de caída libre debajo, de esos en los que se ve la caída a través del suelo. No sé por qué no lloré, pero no fue por falta de ganas. El muy puñetero, además, se movía, y más todavía con el grupo de deportistas que se sacaban fotos encaramados a las barandillas. Yo estaba demasiado asustada para fulminarlos con la mirada, así que, cogida a la mano del pompón peque, que sufrió vértigo por simpatía, crucé como pude ante los vítores y aplausos de mis compañeros de excursión, que sospecho que eran más burlones que otra cosa.

A partir de ahí el paseo fue un poco un infierno, porque empezamos a aumentar la altura, los caminos se estrecharon, las caídas empezaron a ser más imponentes... Suerte que le di a la lengua en todo momento y me distraje lo suficiente para no montar una escena.


Finalmente decidimos bajar hasta el agua en algún lugar que fuera más o menos accesible y acabamos encontrando un lugar increíble, un poco por casualidad. Un camino en la roca se abría paso hasta el río y bajaba por él. Los cinco pompones que llevábamos tardaron menos en desnudarse que yo en acabar con un bote de Nutella y se lanzaron al agua sin pensárselo, entre gritos de sorpresa por la cantidad de peces que pasaban junto a ellos. Fue una tarde espectacular en uno de los sitios más bonitos que he visto, al que, evidentemente, las fotos no hacen justicia.


Cansados, sudados y muriéndonos por una cocacola con hielo nos acercamos a Benabarre. Y allí encontramos una chocolatería espectacular donde compramos un montón de caprichos, entre los que hay que destacar la fruta seca y confitada cubierta de chocolate. El jengibre estaba para montarle un monumento a la dependienta.

Los pompones improvisaron un partido de fútbol en la plaza del pueblo y se empaparon en la fuente mientras los adultos repasábamos las pocas tiendas abiertas para improvisar una cena en casa.


El último día nos fuimos para Lleida capital. Como no podía ser de otra manera, por falta de planificación no pudimos subir a la torre de la Seu Vella, pero dimos un paseo por su claustro, de los más bonitos que hemos visto. El edificio en sí es muy curioso, con una parte claramente románica y otra mucho más gótica. Luego paseamos un poco por el casco antiguo y terminamos en La Huerta comiendo unos caracoles espectaculares.


La vuelta a casa, con el tiempo justo para una tazón de leche con galletas y una buena ducha, nos dejó contentos y muy, muy preparados para la vuelta al cole. No sé si os lo había dicho ya, pero en casa hacía muuuucha falta que llegara ya.

En fin, viva Lleida, con un montón de planes que nos han quedado pendientes y que nos van a obligar a volver pronto! Y vivan los planes improvisados, los viajes sin mapa, las ideas locas. Porque a veces nos ofrecen momentos únicos que creo que vamos a recordar toda la vida.

Bolso Willy Fog

15 de septiembre de 2014


Soy un poco desastre con el teléfono. Bueno, va, sin paños calientes: soy fatal con el teléfono, soy lo peor del mundo. Puedo pasarme dos días alimentando a mis Sims cada veinte minutos, sí, pero lo más probable es que me vaya a una reunión importante de trabajo y me lo olvide en casa o que lo ponga en silencio en el cine y me dé cuenta cuatro días después, de casualidad, cuando mi madre, pensando que estoy tendida en un charco de sangre o que tengo todos los dedos rotos y por eso no contesto, llame al teléfono de casa y lance sonoros suspiros cuando por fin descuelgue.

Y también puede ser que no me lo haya olvidado y no esté en silencio, pero que ver el número o el nombre de la persona que me llama en pantalla me provoque sudores fríos, miedo visceral o sencillamente inquietud o agobio. Y no, no es porque me llame gente que da pánico o es muy pesada, sino que no me gusta hablar por teléfono.

No me gusta hablar por teléfono, ya está, ya lo he dicho. En persona y en petit comité doy el pego, pero con grandes cantidades de gente y por teléfono o videoconferencia... como que no. Se ve que eso forma parte de la personalidad de los introvertidos y que no tengo por qué sentirme culpable. Eso lo sé gracias a Gemma que colgó una vez un artículo en Twitter que lo decía. (Artículo genial que me tranquilizó tremendamente, pero eso lo comentamos otro día).

Pero bueno, que me disperso: soy un desastre con el teléfono. Y eso se extiende al Whatsapp. Para mí es un misterio misterioso eso de darle a la tecla de manera compulsiva y mantener varias conversaciones a la vez. A mí Whatsapp me estresa por varios motivos, pero principalmente porque tengo dedos como morcillas que hacen que mi velocidad de tecleo sea ridícula. Y porque soy una purista lingüística incapaz de escribir sin acentos. Combinad ambas características y tendréis a la mensajeadora más lenta EVER.

Por eso no deja de ser un milagro que tenga tan buenas amigas a las que solo conozco por Whatsapp. Y por sus blogs. Pero sobre todo por Whatsapp.

Ya os conté hace unos meses que había conocido a un grupo de mujeres (blogueras y costureras) espectaculares que me hacen la vida mucho más divertida. Unas chicas que siempre están ahí, con las que comparto risas, problemas y consejos, y que, curiosamente, son amigas pese a tener muy pocas cosas en común.

Yo soy muy fan de esas situaciones que te hacen conocer a gente a la que no habrías conocido de otro modo, y que además te hacen conocerla profundamente, sin prejuicios y más allá de las apariencias. Porque entonces descubres que gente a la que crees que no te une absolutamente nada puede convertirse en parte de tu vida. Y eso es una de las muchísimas cosas que me ha ofrecido este grupo de Whatsapp.

En fin, que así fue como conocí a Charo. Yo no sé si había estado alguna vez en su blog hasta que empecé a whatsappear con ella, creo que no, pero desde el momento en que la conocí, se convirtió en una de esas amigas a las que se lo contarías todo, una de esas con las que te quedarías hasta las tres de la mañana charlando, comiendo helado y muriéndote de la risa.

Charo es divertida, graciosa y buena, muy buena. Una de esas personas que te hacen sonreír quieras o no quieras y que te contagian entusiasmo. Así que cuando nos contó que estaba preparando un patrón y nos preguntó si queríamos echarle una mano para probarlo... fue imposible decir que no.


Ya sabéis que yo soy costurera novata y que no dedico todo mi tiempo de ocio al noble arte de las puntadas, sino que diversifico bastante, así que decidí empezar por hacer la versión más básica del bolso con lo que tenía por casa.

El patrón tiene dos tamaños: bolso de fin de semana o bolso de mano. Yo hice el grande porque justamente estos días hemos estado en Lleida y me venía bien. Cargué la ropa de los tres pompones para dos días y todavía me quedó un poco de espacio para el neceser y unos zapatos de recambio de la pompona, así que es bastante grande.


Usé una tela que compramos en los Encants, que parece la piel de un dálmata y lo único que hice para darle un poquito de alegría y de color fue poner una cremallera verde, un cordoncillo rojo en el bolsillo y unas asas de cinta de mochila rojas.

No le puse forro ni nada, ya os digo, la versión más sencilla de todas. Eso sí, esta semana voy a ver si hago alguno versión mini como bolso de mano para mí.


¿Qué estáis esperando? Pasaos por el blog de Charo a ver todas las versiones de mis amigas virtuales. Así, además, las conocéis y a lo mejor os pasa lo mismo que a mí, que de repente ya no podéis vivir sin ellas.

Pastel de plátano y mantequilla de cacahuete

12 de septiembre de 2014


Vale, lo admito, salgo del armario: tengo una relación de amor-odio con la comida. Sí, ya lo sé, no he inventado la sopa de ajo, ¿a quién no le pasa? Yo sospecho que le ocurre a un porcentaje bastante elevado de la población... el mismo porcentaje que se apunta al gimnasio o se compra revistas de fitness con un único objetivo: hacer más ejercicio para poder comer más.

Porque, venga, ese es el único motivo que puede haber para levantarse a las seis de la mañana cuando afuera arrecian el viento y la lluvia, enfundarse un chándal horroroso que realza todas las lorzas que nos empeñamos en camuflar el resto del día, abandonar el cálido abrazo de nuestras mantas y lanzarnos a la aventura, para volver una hora después con las orejas heladas pero sudando a chorro como en el trópico y apestando a humanidad.

Aunque eso, en casa, lo hace el pomelo. Yo me juro que voy a ser más sana y que algún día voy a encontrar mi deporte... pero, qué queréis que os diga. A mi edad ya va siendo hora de enfrentarme a una realidad dolorosa, pero a la vez liberadora: no me gusta hacer ejercicio.

Pero sí que me gusta comer y por eso tengo una relación de amor-odio con la comida: porque no tengo ninguna excusa para comer de más. Cuando el pomelo acaba una maratón y me dice la cantidad de calorías que ha quemado, el odio me corroe por dentro. Creo que si algún día me divorcio, será después de una de esas pruebas de diez horas en las que gasta las calorías que yo debería comer en una semana. Y se mete entre pecho y espalda unos banquetes en los que yo le acompaño por solidaridad, pero que no me puedo permitir. Qué dura es la vida de la mujer del runner.

Hoy me decía una amiga que salir a correr le produce euforia. Y yo me imagino que es la euforia de saber que va a caer un croissant untado en Nutella sin sentir ningún tipo de culpabilidad. Madre mía, qué bonito debe ser.

Pero en fin, los que no tenemos un metabolismo privilegiado ni salimos a correr, ni a nadar, ni en bici, estamos condenados a vivir toda la vida de Gran D (la recuperamos en unos días, cuando los pompones empiecen el cole!) y a mirar con envidia a los triatletas y sus desayunos de tenedor y cuchillo.

Y sin embargo, a menudo, pecamos. Porque la vida no sería la misma sin portarse un poco mal de vez en cuando.


Así que cuando vi que había tres tristes plátanos tirando a marrones en la nevera, pensé que había llegado el momento de hacer un pan de plátano. Si no conocéis estos panes típicos, no tenéis perdón. Son el plato perfecto para aprovechar los plátanos moribundos y no tirarlos (aunque también podéis hacer batidos o una de mis debilidades, un plátano muy maduro bien machacado con un tenedor y un chorro de miel por encima. Slurps.), y también para aromatizar la casa naturalmente con la mejor de las esencias, la de una masa en el horno.

Son panes dulces, pero no demasiado, que se pueden tostar y untar como cualquier otro pan, pero también se pueden comer solos, porque suelen estar aromatizados con especias como canela o nuez moscada.

¿Tenéis algún plátano finado y queréis probar? Pues venga.

2 tazas de harina
2 cucharaditas de polvo de hornear
1 pellizco de sal
1/2 cucharadita de nuez moscada
1/2 taza de mantequilla
2/3 taza de azúcar moreno
2 huevos
1 chorrito de esencia de vainilla
1/2 taza de mantequilla de cacahuete
3 plátanos maduros

Poned a precalentar el horno a 180º.

Mezclad la harina, el polvo de hornear, la sal y la nuez moscada (que podéis sustituir por canela, 5 especias, clavo... lo que os guste). Reservad.

Batid la mantequilla (mejor a temperatura ambiente) con el azúcar moreno durante tres o cuatro minutos, hasta que el azúcar se haya integrado bien. No os preocupéis si queda algún grumo de azúcar (el azúcar moreno es bastante propenso a ellos) porque caramelizará en el horno.

Añadid un huevo y seguid batiendo. Añadid el otro. Incorporadlos bien. Añadid la esencia de vainilla y cuando esté integrada, añadid la mantequilla de cacahuete. Batid bien.

Agregad una tercera parte de la mezcla de harina. Batid bien. Añadid la tercera parte de los plátanos machacados. Repetid hasta acabar con la harina y los plátanos.

Untad con mantequilla un molde, idealmente alargado, de plum cake. Verted la masa y hornead 20 minutos o hasta que pinchando con un escarbadientes, este salga seco.

Desmoldad y dejad enfríar encima de una rejilla. Oledlo sin disimulo, acercando mucho la nariz.

Cortad en rebanadas y no dejéis ni las migas!


En casa las féminas somos muy fans de este pan, que tiene mucho cuerpo y un gusto profundo. Jo, parezco una súper profesional y a lo mejor estoy diciendo una chorrada como un piano. Mejor lo probáis y me contáis. ¿Sois fans del pan de plátano?

Organización mental

5 de septiembre de 2014


Aunque parezca mentira, el lugar más desorganizado de mi entorno no es mi estudio, ni mi armario, sino mi cerebro. Y os juro que si vieseis mi estudio os parecería mentira.

Llevo años intentando encontrar un sistema que me funcione, sean agendas, organizadores semanales, pizarras, post-it... cualquier cosa. Y no lo consigo. Yo soy de los que lo tienen todo en la cabeza, o lo que es lo mismo, de los que no tienen nada porque siempre se olvidan de algo. Y eso me genera un montón de estrés.

A veces me meto en la cama y de repente el corazón me da un vuelco porque me doy cuenta de que me he olvidado de algo importante (o no tan importante, pero el olvido lo eleva a proporciones catastróficas) y me empiezo a angustiar y me cuesta dormirme. Otras empiezo la mañana pensando que tengo tantas cosas que hacer que me agobio y soy incapaz de concentrarme en una sola. Y muchas veces hago un montón de tareas al mismo tiempo, todas medio mal y todas con sensación de urgencia.

Vamos, que me encantaría ser de esas personas que lo tienen todo bien calculado y organizado con bloques de tiempo exactos para cada cosa y una agenda de esas que dan envidia, con sus bolis de colores y sus washis y sus dibujitos artísticos, en lugar de ser la que se queda el día antes de una entrega trabajando hasta las tres de la mañana y la que siempre tiene que pedir una segunda hora en el médico porque la primera se le olvida o está apuntada en un papelito sepultado entre otros miles de papeles iguales.

Porque eso sí, yo apuntar, apunto. Normalmente en el sobre de la carta del banco o en la parte de atrás de la publicidad de la pizzería. Apunto rápido, para que no se me olvide y luego no sé cuándo lo escribí ni que significan esos garabatos y esos símbolos que tenían una lógica absoluta en el momento en el que los hice.

Ojalá pudiera deciros que ahora voy a compartir con vosotros el método infalible que me ha cambiado la vida, pero no. Eso sí, voy a contaros las estrategias que mejor funcionan en mi mundo de caos (o de espíritu creativo, que siempre queda más fino) y que me hacen no perder la cabeza cuando parece que estoy a punto.


1. Vacía el cerebro

No sé cuándo ni dónde leí por primera vez el concepto brain dump (literalmente, vaciado de cerebro, o vertido de cerebro), pero me hizo mucha gracia y me pareció un punto ridículo. Unas semanas después, en un ataque de histerismo, decidí probar y me he vuelto fan. Coged una hoja de papel y apuntad literalmente TODO lo que os venga a la cabeza. Podéis hacer bonitos diagramas con circulitos y flechas o sencillamente vomitar todo lo que esté ahí dando vueltas sin mucho orden. Cuando acabéis, tendréis la sensación de que ya está, no se os puede olvidar nada porque lo habéis apuntado todo. Es bastante liberador cuando os parece que tenéis demasiadas cosas en la cabeza.

2. Haz listas

Principalmente una lista de tareas pendientes. Tenemos una capacidad incalculable de agobiarnos porque nos da la sensación de que es imposible que lleguemos a todo, pero solo es eso, una sensación. Siempre que empiezo a hiperventilar y estoy al borde de las lágrimas porque creo que no voy a tener vida durante los dos próximos meses, sepultada en trabajo y gestiones, hago listas con las tareas que tengo que hacer y me sorprende comprobar que no tengo tantísimas cosas pendientes como creía. Así me tranquilizo y puedo empezar por el principio.

3. Divide y vencerás

A la hora de hacer listas con tareas, divide las más genéricas en tareas pequeñitas y medibles. Vamos, que puedas ir tachando pequeñísimas victorias a lo largo del día. Por ejemplo, que no sea: "organizar el estudio" sino más bien "limpiar la mesa del estudio", "ordenar los cajones", "recoger todos los trastos que hay en el suelo". Es mucho mejor pensar que hemos hecho una tarea de tres que pensar que todavía no hemos terminado con la súper tarea que nos habíamos impuesto.

4. Usa avisos y tareas

Yo intento, aunque a veces no me apaño, usar los avisos de Outlook para acordarme de las citas con horario que voy teniendo durante la semana. Lo del médico no tiene remedio, pero si alguien me manda una convocatoria de reunión por correo electrónico, lo primero que hago es meterla en mi calendario y pedirle que me avise el día antes y una hora antes. Así me aseguro de no dejarme nada. Outlook también tiene un sistema de tareas en el que te puedes apuntar cosas pendientes y adjuntar correos o archivos relacionados. Y si no usáis Outlook, Google incluye toooodo eso y más en sus calendarios.

5. Cómprate una libreta

Solo una, que sea bonita, y póntela en el bolso, junto al ordenador o donde sea más probable que la tengas a mano. Apúntalo todo ahí, tanto si es un vaciado de cabeza como una lista de tareas pendientes, el menú de la semana o el teléfono del podólogo. Solo una. Destierra los papelitos de tu vida, o pégalos en tu libreta con un washi bonito después de haberlos escrito.


6. Ordena

Os vais a reír de mí, pero una de las cosas que hago siempre que estoy muy estresada porque no llego y porque tengo mil cosas que hacer es parar y ordenar mi mesa de trabajo. Tiro lo que ya no vale, paso un trapo, ordeno un cajón... Me dejo la mesa como los chorros del oro. Pierdo a lo mejor una hora, pero me tranquilizo, me relajo y después trabajo en un ambiente mucho más organizado y rindo más.

7. Ponte objetivos

A veces tengo suerte y una sola tarea por delante, así que el trabajo me absorbe durante horas. Pero lo más habitual es que tenga varios fuegos que apagar, correos que escribir y pequeñas tareas. Así que me pongo pequeños objetivos con un premio asociado. Contestar diez correos y tomarme algo. Terminar diez páginas de traducción y hacer una pausa para mirar blogs. Hacer las llamadas que tengo pendientes y tejer dos vueltas del jersey que me estoy haciendo. Me cuesta mucho menos concentrarme si sé que son pequeñas dosis concentradas y que luego voy a parar.

8. Di no

A mí me cuesta horrores. Yo lo haría todo y me apuntaría a todo y colaboraría con todo. Pero, ¿sabéis qué? No se puede. Y para que vuestra lista de tareas pendientes no se desborde, a veces hay que decir que no, hay que delegar o hay que sacar de nuestra vida algunas cosas que nos gustaría hacer. A lo mejor no es el momento de unirse a la AMPA del cole o de participar en la Asociación de amigos del escarabajo pelotero. Quizás es el momento de pedirle a otra persona que se encargue de mantener el blog de la empresa de tu primo. No es que seas una mala persona ni que no quieras ayudar, es simplemente que a veces hay que simplificar y elegir menos cosas para hacerlas mejor. Pídele a tu pomelo que se encargue de algo que haces tú y no lo critiques si no lo hace como tú lo harías. Y si no puedes ayudar a tu verdulera a retocar sus fotos en Photoshop este mes, pues no puedes y punto. No te cargues de más trabajo del que puedes hacer. (Y este es claramente un consejo que yo no sigo y que tengo que aprender a aplicar.)

9. Hazte un café, un té, una Cocacola con hielo...

Relájate, que no se acaba el mundo. Estoy harta de que me digan que no sé qué es urgente y no sé qué otra cosa es básico que esté ahora mismo y que va a estallar la tercera guerra mundial si no acabo no sé cuánto a tiempo. ¿La verdad? No es para tanto. Nunca es para tanto. Así que relájate, tómate algo, haz una pausa y luego ponte a trabajar en serio, pero sin agobiarte.

Y el consejo más importante de todos:

10. NO TE FUSTIGUES!

Nunca. Que sobre todo las mujeres tenemos tendencia a pensar que si no hacemos más es por culpa nuestra y no es verdad. Si quisiésemos, podríamos tener todo el día lleno de tareas. Pero no queremos, ¿verdad? Así que guárdate un rato para ti, para hacer algo que te gusta, para salir a cenar con tus amigos, para ver el partido del Barça (o del Atlético, va), para echarte una partidita a la Wii y para comer pipas. Porque eso es lo que más necesitas para organizarte mejor y hacer todo lo que tienes pendiente.


¿Vosotros qué? ¿Sois un desastre como yo o tenéis agendas bonitas con notas de colores? ¿Se os olvidan las cosas? ¿Os agobiáis por todo? Decidme que sí para que no me sienta tan sola...
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