Kimono reto tela horribilis

2 de marzo de 2015


Ah, mis amigas costureras... Os hablo tanto de ellas que ya son parte de la familia Pompón, no me digáis que no. En su día no os lo conté, pero a finales de noviembre, el equipo de Patronpedia se reunió en Sevilla. Suena tan oficial que se me saltan las lágrimas. La cuestión es que nos pusimos (casi) todas de acuerdo, tomamos trenes y aviones y nos plantamos allí de visita.

Paseamos y sacamos fotos, fuimos a tiendas de tela y comimos mucho, pero lo más importante es que nos reímos un montón. Fue un poco curioso, la verdad, eso de reunirte con tanta gente a la que conoces virtualmente... y descubrir que casi todo el mundo es exactamente como te lo imaginas. Salvo María José, que no solo no es igual, sino que es mucho mejor de todo lo que me podría haber imaginado. Team María José forever.

Total, estuvimos tienda de tela arriba, tienda de tela abajo (visita a Telaria incluida, léase esto con voz de fan adolescente) y a alguna de las cabecitas pensantes que me acompañaban, a las que les gusta más un fregao que a Cristiano Ronaldo mirarse las cejas, se le ocurrió que podíamos hacer una especie de reto entre nosotras, llevándonos todas un trozo de alguna tela fea y barata.

Yo no las tenía todas, ya sabéis que soy la infiltrada del grupo porque coso regulín, pero en ese ambiente de buen rollo y tal, me vine arriba y me llevé un metro. Y me vine tan arriba que no fue eso lo único que me llevé, ya os iré mostrando la cantidad de material que me traje.

En fin, que ahí lo tenía yo, un metro de tela que en un primer momento me pareció horripilante y que luego, a fuerza de mirarla y verla por todos los blogs de mis compañeras, me ha empezado a parecer hasta bonita. Bonita. Madre mía. Y viendo lo que habían hecho las demás, empecé a repasar como loca todos mis patrones en busca de algo que coser. Y empecé a buscar vestidos complicadísimos con (horror!) cremalleras y botones y forros...

Hasta que decidí ser realista. Por un lado, no tenía tiempo para aprender, hacer una primera costura de muestra y probar alguno de esos patrones. Por otro lado... bueno, creo que ese era el único motivo :)

Así que empecé a buscar una idea facilita. Saqué la tela, la miré y remiré, la toqué... y entonces me di cuenta de que tanto dorado me parecía súper oriental, ¿no? Ideal para recibir al Chino Yuan cada vez que me trae el pedido. Y pensé que con unos rectángulos de tela me podía hacer un kimono la mar de apañado.


Al César lo que es del César, miré con interés este tutorial, pero no me acababa de convencer, así que le hice algunos cambios. Y en 30 minutos me preparé este kimono que, curiosamente, creo que voy a usar bastante. Porque además de ponértelo encima de los vaqueros, me parece una bata perfecta. Y ya sabéis que yo trabajo en pijama, así que es el complemento ideal para esas mañanas en que se te congelan hasta las ideas.

Yo nunca seré ego blogger, ya lo veis. Sacarme fotos me cuesta la vida, me siento muy ridícula. Además, sin cámara y haciendo malabares con el teléfono... pues bueno, sale lo que sale.

Pero bueno, aquí tenéis mi kimono y si os queréis hacer uno, os cuento rápidamente cómo.

Necesitáis:

-Una pieza de 1 metro x 1,5 metro de tela. La mía es gruesa, pero una tela fina y con caída es perfecta.
-Tijeras
-Máquina de coser

Cortáis las siguientes piezas:

-Espalda: 60 cm de ancho por 80 de largo.
-Delanteros: 2 piezas de 30 cm de ancho por 70 de largo.
-Mangas: 2 piezas de 30 cm de ancho por 50 de largo (las cortáis una encima de la otra para aprovechar la tela)

Lo primero que tenéis que hacer es hacerle la forma del cuello a la espalda. Dobladla a la mitad, medid 10 centímetros desde el doblez y cortad desde ese punto hasta el doblez una curva suave.


Ahora vamos a darle forma a los delanteros. Medid 10 cm del ancho y 40 de alto desde el mismo punto. Trazad una diagonal suave entre los dos puntos. Repetid con el otro delantero, teniendo en cuenta que hay que hacerlo en esquinas opuestas.

Doblad a la mitad las piezas de las mangas. Os tienen que quedar unas mangas de 25 de alto por 30 de ancho. Como veréis, yo aproveché el orillo de la tela porque me gusta. Y porque me ahorraba una costura. Pero sobre todo porque me gusta.

Ahora encarad las piezas delanteras con la trasera y poned alfileres en los hombros. Luego poned alfileres en los laterales, dejando un hueco para las mangas desde el hombro hasta donde termine la pieza de la manga.



Ya podéis coser los hombros y los laterales.

Cosed las mangas. Giradlas y colocadlas dentro del hueco que habéis dejado. Sujetad con alfileres y cosed.


Y ya casi está. Solo os falta darle forma a la parte de abajo. Para eso podéis usar mi herramienta favorita: un plato. Dibujáis la curva y la cortáis con cuidado. Yo he hecho también una diagonal en los delanteros desde la costura hasta 10 centímetros por encima del bajo. Y a la punta también le he hecho una forma redondeada con un vaso.



Ya solo nos queda hacer un pequeño dobladillo en todo el borde, o ponerle una cinta al bies, como hizo Lola en su falda. Creo, de hecho, que si lo vais a usar como bata, una cinta al bies es la mejor manera de rematarlo. Y si usáis alguna tela de punto, recordad que no se deshilachan y no hace falta que hagáis dobladillo.

Y ya está. Listo para esos días de primavera que están a punto de llegar en los que hace calor, pero no tanto... O listo para que te lo pongas sobre el pijama mientras comes dim sum con palillos. Ah, me encanta comer dim sum en pijama.


Y nada, esta es mi aportación al reto Por amor a la costura con tela horribilis. Y lo voy a usar un montón. Venid a comprobarlo y os invito a dim sum.

Hoy ya terminamos, pero podéis ver las cosas increíbles que han hecho mis amigas en sus blogs. Son tan buenas costureras como buena gente, así que pasaros a verlas.

Día 3: La pequeña AprendizPrincesita de mamá (18/02/2015)
Día 4: OnlylolaCoser, Cosir Sewing (20/02/2015)
Día 5: Mi MartinaMa,me,mi,mo (23/02/2015)
Día 6: ¿Qué puedo hacer con esto?La inglesita (25/02/2015)
Día 7:Cosiendo y Aprendiendo / Tess Soap (27/02/2015)
Día 8: Solo SewingTres Pompones(02/03/2015)
Día 9: RECOPILATORIO (04/03/2015)

Bolas para la secadora

26 de febrero de 2015


Mi cámara ha muerto y con ella un pedacito de mí :) Qué desnuda e indefensa se queda una sin un aparato que a veces parece una extensión de una misma. Aunque, sinceramente, ya hacía tiempo que estaba pensando en cambiarla y había estado curioseando e intentando decidir cuál me quedaba. Pero no me esperaba esta traición.

Total, las cosas están un poco lentas y complicadas en Casa Pompón. Intento sacar fotos con la cámara del móvil y no me gusta ninguna. Me enfado, vuelvo a intentarlo, pero nada. Y no sé si os pasa, pero en ese momento sale lo peor de mí misma, mi parte vaga, el demonio de los dibujos animados que se te sienta en el hombro y te susurra al oído que da igual, que ni lo intentes, que mejor te tumbes en el sofá y te dediques a no hacer nada, que una pantalla más del Candy Crush, venga.

Pero no hay que ceder nunca, porque esa vocecita es el preludio de una sensación incómoda y una modorra que se extiende durante días...

Así que pasemos del demonio y sigamos a lo nuestro. Aunque las fotos sean feas.


Como os prometí, vamos a ver cómo hacer unas bolas para la secadora. Pero antes que nada, vamos a ver para qué sirven y por qué estaría bien usarlas.

Hay bolas para la secadora de muchos materiales. Hay versiones comerciales y varias versiones caseras, que luego os explico. Pero todas siguen el mismo principio. Meter bolas en la secadora ayuda a reducir la cantidad de electricidad que usamos porque separan la ropa y absorben humedad, con lo que todo se seca más rápido. Además de eso, precisamente gracias al movimiento que generan las bolas, las prendas quedan más suaves, con lo que se puede obviar el suavizante (ya sabéis que en casa, por ejemplo, no lo podemos usar porque los tres pompones tienen piel atópica).

¿Y qué podéis usar como bola de secadora? Pues pelotas de tenis, sin ir más lejos. O bolas de papel de plata. O también podéis haceros estas bolas tan bonitas de lana con los restos que tengáis de algún proyecto.


Necesitáis:

-Hilo con un alto contenido en lana. Si es lana 100% mejor que mejor.
-Un calcetín.
-Una lavadora.
-Una secadora.

Lo primero que tenéis que hacer es un pequeño ovillo de lana. Para empezarlo, enrollad la lana alrededor de los dedos de una mano y luego sacad la lana y empezad a enrollarla sobre sí misma. En fin, supongo que no hace falta que os cuente cómo se hace un ovillo, pero si necesitáis ayuda, me lo decís.


Cuando tengáis el ovillo, que no tiene que ser muy grande, con que os quepa en la mano es suficiente, lo metéis dentro del calcetín y le hacéis un nudo para que el ovillo quede bien cogido.

Metéis el calcetín en la lavadora en un ciclo que llegue como mínimo a los 30 grados. Podéis meterlo junto con la ropa que vayáis a lavar, yo siempre lo hago así.

Cuando haya terminado de lavarse, metéis el calcetín en la secadora y hacéis un ciclo entero.

Sacáis el ovillo para ver si se ha afieltrado. Si veis que todavía le falta un poco, repetís calcetín-lavadora-secadora. Yo normalmente lo hago dos veces por cada ovillo para estar segura (una vez no lo hice y la bola se me deshizo en la secadora...)

Y ya está, ya tenéis vuestra bola de secadora. Yo os aconsejo que os hagáis cuatro o cinco aprovechando restos de lana que tengáis por casa.

Para usarla, ya sabéis, solo hay que meterla en la secadora cuando vayáis a ponerla en marcha. Yo le añado a cada bola unas gotas de aceite esencial para que la ropa (y la casa!) huela bien.

Cuando la ropa esté seca, sacáis las bolas y las guardáis hasta el siguiente uso. Sí, así de fácil.


La semana que viene (o la otra) os cuento ya por fin la receta del jabón líquido, que he conseguido gracias a Anabel, que el otro día me dejó su versión. Y luego os haré un recopilatorio para que sepáis exactamente cómo lavar la ropa con productos naturales... El otro día me di cuenta de que ya no compramos nada. Y luego iremos a por los platos, que sé que lo estáis deseando. Y también tengo que contaros qué estoy haciendo en la habitación de la pompona, porque está quedando genial. Veo que es urgente que me compre una cámara...

Jabón en polvo para la lavadora

11 de febrero de 2015


Habréis oído decir mil veces eso de que la piel es el órgano más grande que tenemos. Y que si hay cosas que no nos comeríamos jamás, tampoco deberíamos frotárnoslas contra el cuerpo como si no pasara nada.

Tengo que confesar que, como tantas otras cosas, me costó un poco asimilar este concepto.

Porque a mí, señoras y señores, me gustan los geles de baño. Me gustan los suavizantes. Y aunque no las uso porque soy demasiado vaga, me gustan las cremitas. Me gustan los baños de espuma, lavar los platos con un montón de burbujas y los olores espectaculares de muchos de los productos que usamos para la limpieza personal y de nuestra casa. No lo puedo evitar: me gustan.

Así que durante mucho tiempo me resistí a hacer cambios en ese apartado. Nada podía oler tan bien, nada podía ser tan suave, nada podía gustarme tanto.

SPOILER ALERT: nada es igual que los productos comerciales.

Esto que quede claro desde ya, no os quiero mentir y deciros que la vida es maravillosa lavándolo todo con vinagre. Nope. El olor no es el mismo, el tacto de los productos no es el mismo y, desde luego, la espuma no es la misma. Y creo que ese es el motivo principal de mi resistencia durante tanto tiempo: el cambio era muy grande.

Así que primero hice lo que haría cualquiera: intenté comprar productos comerciales, pero de mejor calidad. De esos que te cuestan un ojo y medio de la cara pero tienen sellitos ecológicos para aburrir. Pero eso no me pareció sostenible. No, no para el ambiente, sino para la economía familiar.

Y poco a poco me fui haciendo a la idea de que era necesario empezar a plantearme alternativas reales y caseras, por muy poca espuma y muy poco olor que me ofrecieran.

Como además de las cremitas también me fascinan el ahorro y la autosuficiencia, al final hubo una lucha de titanes en mi cabeza y ganó la curiosidad de ver si podía ocuparme yo misma de crear una alternativa más sana a los productos convencionales... y a partir de ahí nació la obsesión que habréis visto reflejada en el blog últimamente. Oh yeah.


Como ya os he dicho: no es lo mismo. No es para nada lo mismo. Pero el resultado es similar y en ocasiones, mejor. Y cuando te acostumbras a los cambios, la satisfacción es inmensa. Hemos ido probando muchas cosas y poco a poco os las iremos contando, a medida que vayamos puliendo y mejorando las recetas, que hay mucha cosa publicada por ahí, pero hacen falta muchas pruebas y ajustes para acabar teniendo una receta buena de verdad. Especialmente si, como a mí, te gustan mucho las texturas y los olores.

Pero la receta que os traigo hoy es fácil, fácil, fácil y súper efectiva. Mucho. Hacía tiempo que no tenía la ropa tan limpia. Sí, en casa somos un poco guarrillos y rara es la prenda que luce una colección de medallas...

Ya os conté hace un par de semanas que el jabón casero hecho con aceite reciclado es de lo mejor que hay para la ropa. Y esto no lo digo yo, esto es sabiduría popular entre las abuelas. Cada vez que entra alguna en mi casa, suspira y vuelve a suspirar cuando ve el jabón y me dice: "Esto es lo mejor para las manchas de grasa". Comprobadísimo lo tengo. Y ya sabemos todos que las abuelas, en estas cosas, no se equivocan nunca.

Así que me puse a buscar maneras de reciclar mi jabón reciclado en un jabón utilizable para la lavadora. La receta del jabón líquido la estoy perfeccionando, porque todavía no me gusta como queda... pero la del jabón en polvo os la doy ya, encantadísima, porque funciona, como dicen en inglés like a charm. Vamos, a la perfección.

Y es muy, muy, muy fácil de hacer. Necesitáis:

- entre 200 y 300 gramos de jabón reciclado.
- 1/2 taza de percarbonato de sodio o carbonato de sodio (la famosa "washing soda", yo la compro en Mercadona, la llaman Blanqueador o algo así, fijaos en la composición química. También se puede comprar por internet, por ejemplo, aquí)
- 1/2 taza de bórax (optativo, hay gente que lo considera irritante. Si preferís no usarlo podéis sustituirlo por 1/2 taza de bicarbonato de sodio)
- 2 cucharadas de sal
- aceites esenciales (a mí me gustan el de menta y el de eucalipto)

Lo primero que tenéis que hacer es rallar el jabón. Yo prefiero hacerlo con un rallador grueso, pero si lo preferís, podéis picarlo o rallarlo pequeñito.

Cuando ya esté rallado, lo mezcláis con el percarbonato, el bórax y la sal. Si habéis usado un rallador grueso, podéis pasar la mezcla por un robot de cocina para que quede todo bien incorporado. Yo lo hago siempre, porque me gusta más, queda más uniforme y la textura es más auténtica.

Le añadís unas gotitas de aceite esencial a vuestro gusto para que huela bien (ojo, si el jabón ya tenía aceites esenciales intentad que sean aromas que se complementen) y ya lo tenéis.


Yo uso 2-3 cucharadas por lavado, así que os podéis imaginar lo muchísimo que me cunde (y el pastón que nos ahorramos).

Y sí, la bolita de las fotos es una bola para la secadora... La semana que viene os enseño a hacerlas y os cuento los beneficios que tiene usarlas.

¿Qué? ¿Estáis decididos a probar? ¿O este tema os da un poco igual? ¿Tenéis en cuenta que la piel es el órgano más grande que tenemos o sois de los de "de algo hay que morirse"?

Mi spa personal - Primera parte

6 de febrero de 2015


Sé que os va a parecer increíble, pero yo no nací con el buen gusto que me caracteriza. Sí, me da un poco de vergüenza admitirlo, pero yo, como todos, tengo un pasado. Y lo peor es que tengo un montón de fotos para documentarlo.

Estas fotos son del lavabo de mi casa hace apenas un par de semanas.



Lo peor de todo es que no tengo excusa, porque este no es el lavabo que tenía originalmente mi piso. El lavabo original tenía unos horrendos azulejos rosas que vistos en perspectiva no estaban tan mal, puesto que no tenían este look de mausoleo punk que tenía mi lavabo gris con muebles naranjas.

Pero aunque no tengo excusa, voy a intentar disculparme con algunos motivos de peso para tener uno de los lavabos más feos ever:

- Estaba embarazada de seis meses de mellizos. Esta tiene que ser la mejor excusa del planeta.
- Estaba viviendo en casa de mi suegra con un niño de dos años al que los cambios lo superaban un poco.
- Necesitaba que la obra se hiciera rápido y volver cuanto antes a mi casa para volver a la normalidad.
- El tipo que nos vendió la reforma nos insistió, seguramente porque tenía stock.
- Me gustaba mucho.

Realmente, no es para tanto. Los azulejos son bonitos, o serían bonitos en un lavabo de quince metros cuadrados. El mío, que debe medir unos seis, apurando mucho, parecía una lata de sardinas.

Y para los muebles sí que no tengo explicación. En su momento me pareció que la combinación naranja y gris era bonita y que los muebles eran modernos y (ojo a la palabra) desenfadados. O algo.

Pero hacía semanas y meses que cada vez que entraba al lavabo se me caía encima. La sensación de opresión era mortal.

En algún momento tuvimos la buena idea de cambiar la cortina de baño (que se caía indefectiblemente porque estaba puesta con una de esas barras de ventosas que, SPOILER, son una porquería) por una mampara transparente para darle un poco de amplitud al espacio. Y ahí ya empecé a soñar con un alicatado nuevo, baldosas blancas, muebles más pequeños y bonitos...

Pero la realidad es la que es, y en este momento una obra no es factible por varios motivos. Los de más peso: no hay quien la pague y hace menos de seis meses que hicimos otra reforma. Así que por el momento es NO.

Y sin embargo a mí se me seguía cayendo el espacio encima y cada vez que me duchaba suspiraba por un lugar donde poner unas velitas mientras me daba un baño de espuma (sí, sí, en nuestra bañera de juguete).

Total, al final decidí que me iba a hacer un spa. Un spa propio, coquetón y bonito en mi lavabo feo y gris. Porque igual que dicen que la vida es muy corta para tejer con lana barata, yo creo que la vida es muy corta para bañarte en un sitio feo. O para lavarte los dientes. O para hacer otras cosas para las que necesitas comodidad y un buen ambiente.

Así que me fui a mi centro de bricolaje y llené un carrito de un montón de cosas, empezando por un bote de pintura para baldosas. Y el resultado es este.


Mi lavabo ha ganado por lo menos tres metros cuadrados. No me digáis que no.

Y lo que he aprendido después de dos semanas pintando, una bursitis en el hombro y muchas quejas del resto de la familia por no poder usar el lavabo ni la ducha (el pomelo y sus entrenos, qué coñazo, oiga) no me lo quita nadie. Y lo comparto con vosotros para la tranquilidad de mi gen exhibicionista.

- Antes de pintar hay que limpiar. La pintura no se coge bien si hay restos de jabón en la pared, y, evidentemente, en el lavabo hay muchísimos restos de jabón. Coged un paño, un bote de disolvente universal o de acetona y con paciencia infinita fregad todos los azulejos. Vale la pena, lo juro, por el rato y la pintura que os ahorraréis más tarde.

- Supongo que si trabajáis con colores claros no tendréis este problema, pero para pasar de gris a blanco necesité muchas capas de pintura. Pero muchas. El bote de pintura decía de 2 a 3, pero yo di un mínimo de 4 y una media de entre 5 y 6, según la pared. Ojo con esto, porque la pintura es cara. No, no es cara, es muy cara.

- Pintad primero las juntas de los azulejos. Con ganas. Si no, se va a ver el yeso que, por limpio que esté, está sucio y no va a quedar tan bien.

- Usad una esponjita para las esquinas y la parte de abajo y de arriba de la pared. Yo encinté el suelo y pinté todo el techo convencida de que luego le daremos una capa de pintura también. Y estoy convencida porque también hay que pintar el comedor del mismo blanco...

- Yo soy de esas pintoras caóticas que se giran con el rodillo en la mano y pintan la puerta sin querer. No lo puedo evitar y forma parte de mi forma de ser. Diría que hasta me gusto así. Tened un paño húmedo cerca para limpiar bien cualquier manchita (o brochazo).

- La pintura tarda unas seis horas en secar y unos seis días en estar lo bastante dura para poder pasarle un paño directamente. Pero al cabo de esas seis horas o un poquito más, podéis usar la ducha si intentáis no salpicar demasiado. En casa hay una sola ducha, así que lo hicimos así y no hubo problema (salvo por los entrenos del pomelo, pero eso es otro tema).


No me digáis que no es una maravilla. Estoy tan enamorada de mi lavabo que a veces entro y me siento a mirar las paredes durante varios minutos, sin hacer nada más que contemplar el blanco inmaculado. Hay algún chorretón de pintura, alguna gota rebelde, algún sitio donde se ve el gris de debajo... pero estoy tan orgullosa, tan contenta y tan de buen rollo cada vez que entro que me da bastante igual. O muy igual.


Ahora voy a por la siguiente fase: los muebles naranjas. No puedo soportar verlos así ni un minuto más. Y habrá que cambiar ese espejo, que está pidiendo jubilación a gritos. Y luego quedará lo más divertido: los pequeños detalles para hacer que el lavabo sea realmente un spa...

Demodé

2 de febrero de 2015


Hace unos cuantos meses... bueno, va, hace más de un año, mi amiga Laia y yo nos fuimos a cenar a un japonés estupendo que hay aquí en Sabadell. Comimos un sushi espectacular y hablamos un montón. Creo que fue una noche que nos vino muy bien a las dos. Entre bocado y bocado de pescado, las dos comentamos algo que nos tenía preocupadas... no éramos felices. A ver, vamos a matizar. Éramos felices con nuestra vida y nuestros hijos y nuestros amigos, y evidentemente, podíamos permitirnos salir un miércoles por la noche a comer sushi. Pero no nos gustaba lo que hacíamos todos los días de la semana para ganarnos la vida. O, matizo también, no es que no nos gustase nuestro trabajo, que a las dos nos gusta, sino que sentíamos la necesidad de hacer otra cosa más acorde a nuestras habilidades, nuestros gustos y nuestras pasiones.

Como nosotras siempre hemos sido tres, al día siguiente hablamos con Ari y quedamos para comer las tres y para pensar qué podíamos hacer. No sé si os dais cuenta, pero todo siempre es una buena excusa para sentarnos a la mesa.

Hablamos y hablamos, preparamos y montamos, y al final plantamos la semillita de una idea. Una idea pequeña y débil todavía, una plántula de idea, que nos encargamos de nutrir, regar y abonar todos los días, con llamadas, correos y, como no, más comidas.

Laia finalmente tuvo otras prioridades en su vida, algunas muy felices :) así que nos quedamos Ari y yo con esa macetita que seguimos alimentando todos los días del mundo.

Y hoy, que ya tiene alguna flor, os la queremos presentar, porque nos morimos de ganas de verla crecer como una enredadera (o como una mala hierba, que ya se sabe que son las que más crecen!).

Así que os presento Demodé. Es el proyecto que nos ha tenido absorbidas y nerviosas, pero con una sonrisa feliz en la cara durante los últimos meses. Acaba de empezar, pero esperamos que vaya creciendo y convirtiéndose en un lugar de referencia para todos, en un lugar práctico y útil.

Pero no os doy más pistas. Podéis ir a la página de Demodé a enteraros de todo y podéis seguirnos en redes sociales y todo eso. Os queremos ver a todos ahí! Porque esperamos que nuestro proyecto también sea un poco vuestro y que crezca según vuestras necesidades. ¿Todavía estáis aquí? Venga, va, al blog de Demodé a la de ya!
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