24 ideas para Navidad

28 de noviembre de 2014


Esta semana estoy maquiavélica, no sé si lo notáis. Os estaba escondiendo un montón de cosas. Ya os dije el martes que no por malicia, ni mucho menos, sino, simplemente, porque a mí me da rabia que me digan "ay, cuántos proyectos tengo". Así que he sido buena chica y me he mordido la lengua para no hacerme la chula. Y creo que ahora lo estoy fastidiando todo porque me rebosa la chulería por todas partes, ¿no?

Si el martes os presentaba Patrónpedia, con mis amigas online, hoy os cuento qué voy a hacer los primeros 24 días de diciembre, es decir, todos los días del calendario de adviento, junto a tres amigas de la vida real: Ari, Laia y Carla.

No sé si conocéis sus blogs o no, pero durante estos 24 días vais a estar rebotando de uno a otro. Y es que cada día (sí, sí, cada día) una de las cuatro publicará una idea de adviento. 24 ideas para Navidad que son fáciles, resultonas y muy bonitas, y que hemos preparado con muchas ganas y muuucho cariño.


No solo eso, sino que además tenemos tres retos que vamos a hacer las cuatro, para daros ideas diferentes sobre un mismo tema... ¡pero queremos que vosotros también participéis en ellos! Así que más abajo os doy las tres ideas sobre las que tenéis que trabajar y las fechas para enseñar vuestras obras de arte con el hashtag #24ideasNavidad.

Hemos dividido los 24 días en tres "semanas" de ocho días, cada una de las cuales tiene un tema. La primera semana será decorar, la segunda compartir y la tercera cocinar.

En esas "semanas" cada una de nosotras os dará dos ideas y el último día, comentaremos el resultado del reto.

Aunque todos los días os contaré quién tiene qué (todos los días, ¿os imagináis? Nunca había soñado con publicar tantísimo!) en este post iré actualizando los enlaces para que los tengáis todos ordenados y agrupados. Si tenéis blog y seguís nuestro reto, dejadnos un comentario y también enlazaremos aquí vuestra propuesta.

DECORAR

Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8

RETO DÍA 8 DE DICIEMBRE: Árbol de cartón (#24ideasNavidad)

COMPARTIR

Día 9
Día 10
Día 11
Día 12
Día 13
Día 14
Día 15
Día 16

RETO DÍA 16 DE DICIEMBRE: Servilletas (#24ideasNavidad)

COCINAR

Día 17
Día 18
Día 19
Día 20
Día 21
Día 22
Día 23
Día 24

RETO DÍA 24 DE DICIEMBRE: Palomitas (#24ideasNavidad)

¿Qué os parece? ¡Yo tengo unas ganas increíbles de que sea lunes y empecemos! A ver si os gustan todas las cosas que hemos preparado y a ver qué se os ocurre hacer a vosotros con estas tres ideas tan generales que os damos. ¡Manos a la obra!


¡Patrónpedia ya está aquí!

25 de noviembre de 2014


Tengo una confesión que hacer. Siempre me da una envidia tremenda cuando leo en un blog aquello típico de "tengo un proyecto del que ya os hablaré". Ya sé que debe de ser una buena estrategia de marketing, porque crea una cierta expectación, pero a mí me da rabia y siempre preguntaría a grito pelado: "¿Qué? ¿Cuál? ¿Cómo?" Me parece que se están haciendo los interesantes. Me gusta mucho más cuando de repente abres un blog y te encuentras la sorpresa de un proyecto chulo.

Por eso hasta ahora no os había contado nada.

Os he hablado tantas veces de mis amigas blogueras-costureras que debéis estar hasta el gorro de mí. Pero una de las cosas buenas de juntar tanta gente creativa en un mismo espacio (sea un whatsapp, una lista de correo, un curso o los comentarios de un blog) es que siempre salen ideas nuevas, diferentes y divertidas.

Ya sabéis que yo soy poco de costura... Bueno, eso no es verdad, la costura me encanta, pero no coso muy bien y tengo tantos otros intereses que con la costura voy tirando a ratos y no adelanto mucho. Pero la blogosfera está llena de gente alucinante que cose como los ángeles y da hasta un poquito de rabia (desde el cariño lo digo) cuando nos muestra esos vestidos increíbles, esos conjuntos, esas telas preciosas... Aix.

La cuestión es que a Ana se le ocurrió que podríamos montar una página de reseñas de patrones para que quien se enfrente a un proyecto nuevo tenga información sobre el patrón, la dificultad del proyecto, el nivel necesario para realizarlo... Algo que para las costureras avanzadas como ellas es útil, pero para las novatas como yo es una necesidad. Y así nació Patrónpedia.


No os puedo explicar la cantidad de mensajes, correos, whatsapps, prototipos, logos y versiones que se han comentado y discutido. Cuando hay 20 personas para ponerse de acuerdo, las decisiones se eternizan y cada uno ve las cosas de una manera. Pero también se aprende y se colabora un montón.

Suerte que Ana ha ejercido de directora de orquesta, ha pedido lo que necesitábamos, ha ordenado opiniones y peticiones y ha dejado la página maqueada de verdad.


El funcionamiento es un poco similar al de Pattern Review, pero en español. La persona que ha cosido un patrón puede dejar su opinión sobre el mismo en la página y añadir un montón de datos (si considera que la costura es fácil, si recomienda el patrón, si las explicaciones son claras...) y un comentario. Luego el "equipo editorial" le echa un vistazo, comprueba que todo esté bien, que los enlaces funcionen y que haya foto y ya está, se cuelga la reseña. Y cada vez que queráis coser un patrón, podéis ir a ver qué opinan del mismo las personas que lo han cosido. O si no sabéis qué coser, podéis ir a inspiraros buscando el tipo de prenda que os apetece.

Podéis ir a echarle un vistazo y podéis introducir ya vuestras reseñas de los patrones que habéis cosido. Se trata de crear una comunidad y de echarnos una mano unas a otras (y otros, que no somos sexistas y los chicos son bienvenidos) a la hora de enfrentarnos a diferentes proyectos costuriles. Yo ya he aportado todas las costuras que he hecho con patrón (que son poquitas), pero encontraréis reseñas de blogueras estupendísimas como María, Mònica, Miren, Mari Cruz, María José, María, María, Diana, Charo, Maider, Sonia, Ana, Lola, Merche, Isa, Momi, Mar y Ana. Ya veis qué pedazo de cartel que tiene Patrónpedia de salida.


Esperamos que la idea os guste y que dentro de poco además de estos nombres haya muchísimos más, de todos los que os animéis a contarnos qué tal los patrones que coséis.

¿Tenéis algún proyecto secreto del que no me hayáis contado nada? Ya estáis tardando en darme tooodos los detalles :)

Organización para desorganizados: pelis

21 de noviembre de 2014


Vuelve con vosotros la sección más esquiva del blog, la que aparece los viernes que me da la gana o que se me ha ocurrido algo digno de compartir. Y suele ser más lo primero que lo segundo.

Ya sabéis que en casa somos muy cinéfilos. Hace un tiempo os contamos que todos los viernes hacemos peli y pizza y que estamos intentando que los pompones se familiaricen con las pelis de los ochenta que nos marcaron al pomelo y a mí. Pero ellos también han desarrollado un ecléctico gusto personal que a veces nos horroriza (Hola, Adam Sandler) y a veces nos enternece (Hola, westerns viejunos y Alfred Hitchcock).

Sea como sea, en casa somos partidarios de decir que no hay cine malo, solo público inadecuado. O al menos de decírselo a los pompones, porque confieso que yo soy una esnob cinematográfica que detesta ciertos géneros, como por ejemplo, la comedia romántica posterior a los 90. La comedia pastelosa de los 50, en cambio, me encanta, aunque a lo mejor es por los vestidos y los peinados o por Katharine Hepburn y Gregory Peck.

Así que en casa hay montañas de películas. No, no, literalmente, montañas de DVD que amenazan con comernos y no caben en ningún sitio. Somos consumidores de cine. Y todavía vamos al videoclub.

Nuestra colección de DVD hace tiempo que se nos había ido de las manos y que ya no nos cabía en ningún sitio. Y por más que intentábamos tirar pelis... no podíamos. Nos quedábamos con el disco en la mano, mirándolo con ternura y recordando los buenos ratos que nos había hecho pasar. Todo lo demás ha ido saliendo de casa sin piedad, pero las pelis... Las pelis no.

Y un día, en el blog I heart organizing, vi una solución de almacenamiento que en un principio me horrorizó. Así que, coleccionistas sensibles, dejad de leer, porque ya me odiasteis el día de los discos y no quiero que nuestra relación se acabe aquí. La solución era simplemente tirar la caja de plástico y quedarte únicamente con el disco.


Creo que la chica que escribe el blog lo había hecho con los videojuegos, y ya os digo que mi primera reacción fue: ni hablar. Con las fotos tan bonitas, las portadas curradas, las ediciones especiales... Pero fue una de esas ideas que se te quedan en la cabeza y finalmente, un día, decidí comprar una caja en IKEA y probar con algunas pelis y documentales que no estaban entre mis favoritos, o que eran ediciones de periódicos y tal.

Qué cambio.

De repente había tirado una bolsa de basura llenita de cajas de plástico feúchas y que no me aportaban absolutamente nada y todos los DVD ocupaban una cuarta parte de la caja de IKEA. Y como me pasa con la mayor parte de los procesos de organización, le fui cogiendo el gusto. Dejé que pasaran unos días y volví a mirar mi colección de DVD. Y encontré otras cajas que podía tirar. Y volví a dejar pasar unas semanas, y la volví a mirar. Y poco a poco, lentamente, fui deshaciéndome de la mayor parte de las cajas.


Antes de que lo preguntéis: NO. No he tirado mis cajas metálicas de La novia cadáver, El sentido de la vida o El castillo ambulante. Ni las cajas de las ediciones especiales de El señor de los anillos. Todavía no estoy preparada y no pasa nada. Puedo tener ciertas películas dentro de sus cajitas sin ningún problema. Pero todas las demás, poco a poco, han pasado a vivir en fundas transparentes, dentro de una sola caja, donde las encontramos más fácilmente y ocupan infinitamente menos espacio.


Unos meses más tarde, de carambola, me di cuenta de que el cajón que había comprado en Ciclos Riera era de la misma medida que las cajas de IKEA, pero infinitamente más bonito, y más grande. El cajón ha sido objeto de una restauración intensiva (no tengo ninguna foto del antes y me da mucha rabia) en el curso que he hecho en el Ateneu de Sant Cugat y ha quedado así a falta de decidir si le vuelvo a poner su chapita original o si le busco una un poco más pequeña. ¿Qué os parece a vosotros?


Evidentemente, este no es consejo para jóvenes (pilláis la referencia cinematográfica, ¿no?) porque ahora todo el mundo tiene el cine en digital o... más revolucionario todavía: ¡no lo tiene! Paga cuando quiere verlo y punto. Pero si sois un poco menos jóvenes (pero todavía estáis de muy buen ver), a lo mejor tenéis el mismo problema acumulativo que nosotros.

Os lo recuerdo: es adictivo. Queda todo tan bonito y ordenado que nosotros ahora también tenemos los videojuegos y los discos que han sobrevivido guardados según este sistema, en cajas de fácil acceso junto a la tele.

¿Y vosotros qué? ¿Ya lo tenéis todo el digital o sois un poco analógicos todavía, como nosotros?

Vinagre de restos de fruta

18 de noviembre de 2014


Siempre aclaro que no soy una hippie fumada y que no voy abrazando árboles por la vida, pero tengo que reconocer que tengo un pequeño gen ecologista dando vueltas por el cuerpo, con su pelo largo, su flor en la oreja, su túnica hasta las rodillas y los deditos haciendo el símbolo de la paz.

Cuando era pequeña, de hecho, debía tener ese gen más a flor de piel, porque además de tener vestidos desteñidos (antes de enseñaros esas fotos preferiría morir de un ataque de cosquillas), creía que podía cambiar el mundo y ponía letreritos por casa anunciando que había que cerrar grifos y neveras, apagar luces y otras boniteces que sacaba de la "Guía del joven consumidor verde" o de "El consumo y nosotros", o de los folletos (que entonces no había internet!) de Greenpeace que guardaba como oro en paño.

Ay, pobre gen ecologista, atrapado en el mismo cuerpo que los genes frikis y que los genes alcohólicos, que en la adolescencia seguro que le hicieron bullying del malo y lo dejaron escondidito en un rincón, haciéndose trenzas, deshojando su flor y planeando su venganza en cuanto me hiciera viejuna y los otros se cansaran o se apoltronaran en algún sofá a ver el fútbol.

Y desde hace un tiempo (tanto como llevo aclarando que no soy una hippie fumada), el gen se ha visto reforzado y ha vuelto por sus fueros.

Por eso a veces tengo la cocina llena de botes de cristal con líquidos extraños.


Y es que cada vez que encuentro una receta para aprovechar algún tipo de desperdicio, el gen salta de alegría, da palmas y cual Remy (el ratón de Ratatouille), me guía para que me entusiasme tanto como él y me ponga a trabajar sin descanso.

Así que os podréis imaginar que la idea de hacer vinagre con restos de fruta fuera motivo de disfrute para mi gen. Y en consecuencia para mí.

¿Alguna vez os ha pasado que descubrís una idea que os hace gracia y después la encontráis por toooodas partes? Sigo varios blogs de conservas y de fermentación (por culpa del gen ecologista) y de repente empecé a encontrar recetas de vinagre casi todos los días. Y decidí probar.

Se tarda alrededor de tres semanas en tener un buen vinagre, pero el trabajo activo de todo el proceso deben de ser unos 10 minutos. Si llega. Así que es un proyecto súper asequible. Y si tenéis pompones en edad de estudiar química es una lección interesantísima de química orgánica, porque los azúcares se convierten el alcohol y luego el alcohol se convierte en ácido.

Podéis probar con muchísimas frutas, pero, evidentemente, las que funcionan mejor y dan un vinagre más rico son la manzana y la pera. (Y las uvas, pero eso no tiene ni mérito.)


¿Qué necesitáis?

- Pieles, corazones e incluso pulpa que de otro modo desecharíais de cualquier fruta (o verdura dulce)
- Azúcar
- Agua
- Un bote de cristal con tapa
- Gasa (o una tela de algodón cualquiera)
- Una goma elástica
- Paciencia

Lo primero que hacemos es medir la cantidad de trozos de fruta que tenemos. Si usamos pieles tienen que estar bien limpias. Por cada medida de fruta vamos a poder poner un par de medidas de agua. Así, si tenemos una taza de fruta, usamos un par de tazas de agua.

Ponemos la fruta y el agua en el bote de cristal. Añadimos una cucharada de azúcar por cada medida de fruta, más o menos. Cerramos el bote con su tapa y sacudimos bien.

Lo dejamos reposar en un sitio fresco y sin sol durante una semana. Todos los días tenemos que sacudir el contenido y abrir un momento la tapa para permitir la salida de gases, pero ya está.

Al cabo de una semana, abrimos y olemos. Lo más probable es que ya distingamos claramente el olor a alcohol. Si no es así, cerraremos y dejaremos reposar un par de días más. Si ya huele claramente a alcohol, colaremos el contenido.

Para colarlo, yo os aconsejo que uséis un chino y una gasa que se quede con las impurezas pequeñas. Colamos bien, lavamos el bote de cristal y volvemos a poner el líquido dentro. Si tenemos algún vinagre ya preparado, podemos poner un par de cucharadas para ayudar a que el proceso sea más rápido, pero si no, no pasa nada, el vinagre se formará igualmente, aunque a lo mejor tarda un poco más.

Esta vez, en lugar de ponerle la tapa, ponemos un trozo de gasa (o tela de algodón) y lo sujetamos con una goma elástica. Y ahí lo dejamos dos semanas. Podemos remover de vez en cuando, y si vemos que se forma algún tipo de impureza se puede volver a colar, pero básicamente hay que dejar que el alcohol se vaya convirtiendo en ácido y eso lleva su tiempo.


Durante la segunda semana empezará a formarse la "madre". La madre es una masa gelatinosa que contiene muchas bacterias responsables de la conversión de alcohol a ácido acético. Que se forme una madre es muy bueno por dos motivos: primero, porque eso indica que nuestro vinagre va por buen camino y segundo, porque esa madre nos puede servir de acelerador para otros vinagres, si la introducimos en el bote después de haber colado el alcohol.


Al cabo de dos semanas, ya podemos acercar la nariz al bote y decidir si ya huele a vinagre. También lo podemos probar. Si lo queremos más ácido o si creemos que todavía no se ha acabado, podemos dejarlo un par de días más.

Cuando ya lo tengamos, solo nos queda volver a colar con una gasa para eliminar impurezas y embotellarlo para guardarlo. La madre la enjuagamos con un poquito de agua y, si no vamos a empezar ningún otro vinagre, la metemos en uno de los botes de vinagre terminado.

El vinagre no se echa a perder, pero con el tiempo va adquiriendo un sabor más profundo (y va precipitando). Vosotros mismos podéis decidir si queréis guardarlo más o menos tiempo o si queréis usarlo inmediatamente. Y también podéis decidir qué mezclas de fruta queréis hacer para probar nuevos sabores. ¿No se os acaba de abrir un mundo de posibilidades? (Calla, gen, cállate ya.)

¿Y qué podéis hacer con el vinagre, teniendo en cuenta que salen cantidades industriales?

- Ponerlo en la ensalada (evidentemente)
- Sustituir el zumo de limón de algunas recetas
- Darle un toque final a los guisos
- Crear vuestra propia mostaza o salsa barbacoa
- Hacer vuestras propias conservas
- Ponerle un poquito a la macedonia
- Usarlo en cócteles y bebidas (ya hablaremos de los shrubs)

¿Vosotros también tenéis un gen ecologista? Venga, salid del armario, que no puedo ser yo la única que soñaba con el Rainbow Warrior o que tenía un colgante con un símbolo de la paz extragrande.

Donosti

14 de noviembre de 2014


Donosti es un lugar especial para mí. Hace 16 años fue el primer viaje que el pomelo y yo hicimos juntos, para que él participara en la clásica Behobia-San Sebastián, una media maratón como no hay otra. Así que volver a Donosti este año, después de muchos (demasiados) años sin visitarla, ha sido un sueño.

Si hay algo que me gusta de Euskadi, más que los chuletones, el txacolí, la sidra, los pinchos y el pescado, todo junto, es la gente. Pocas veces se encuentra gente tan hospitalaria y tan generosa. Cada vez que piso Euskadi me siento muy, pero que muy querida.

Esta vez no fue una excepción, y el viaje me deja recuerdos imborrables y experiencias muy diferentes. Porque eso también lo tiene: cada viaje es distinto, porque en Euskadi acabas arrastrado por la gente y las circunstancias. Me explico.

Llegamos a Donosti el jueves por la tarde, después de una noche en Zaragoza, donde el pomelo tenía trabajo y sobre la que ya os contaré cosas, porque también es una ciudad que me gusta mucho. Pensábamos ir a cenar algo y a dormir, cansados de tanto coche y con la idea de dedicar el viernes a hacer turismo como locos. Teníamos habitación en la pensión Ur Alde, en el centro. Fuimos a dejar las maletas y ahí nos esperaba Aritz, que fue el primero en cambiar nuestros planes.

Solo puedo decir cosas buenas de la pensión y de Aritz. Madre mía, qué trato, qué bonitas habitaciones y qué buen fotógrafo que es él (tendréis que visitarlo para entender por qué lo digo). Charlamos de cine y de comida y nos dio una lista de restaurantes con una lista de sus respectivas especialidades para que supiésemos qué pedir y dónde pedirlo.

Así que solo llegar ya sabíamos cuáles eran los mejores bares, los mejores pinchos y el recorrido que teníamos que hacer para probar unos cuantos. Por favor no preguntéis cuánto había engordado el lunes cuando volvimos.


Nos comimos unos pinchos de anchoas y de bacalao en el Txepetxa y luego fuimos al Gandarias donde comimos champiñones, gambas con bechamel y algún otro pincho que no recuerdo. Me sigue alucinando esa cultura del pincho y cómo vas comiendo y ellos más o menos calculan lo que consumes. Creo que es algo que solo pueden hacer ellos, especialmente con el follón que llega a montarse en la barra del bar.

El viernes trabajamos un poquitín por la mañana. El pomelo había quedado para tomar un café con un compañero de trabajo (o lo más parecido a un compañero de trabajo que tenemos los autónomos), José Luis, que se retrasó y nos llamó más tarde para ofrecerse a llevarnos "a picar algo". Nos pasó a buscar por Donosti y nos llevó a su pueblo, Andoain, a tomar un café. Y me mostró la ikastola de su hija, que me pareció chulísima, con ventanas en forma de árbol, casitas para cada clase con ventanas a la altura de los niños y un par de murales muy bonitos.


Nos hizo gracia ver que enfrente de la iglesia, ¡hay un frontón!



De ahí nos llevó a Beasain a comer. Y lo que iba a ser picar algo se convirtió en un menú espectacular en un hotel de cuatro estrellas, el Dolarea, que Juan Mari nos enseñó de arriba abajo, dejándonos ver todas las habitaciones y las partes más secretas :)


Pero lo mejor es que el hotel forma parte de un conjunto monumental con un palacio, una herrería, un molino, una capilla y un puente, que hace siglos era una aduana. No os creeríais la cantidad de fotos que llegué a hacer, qué sitio tan bonito.




Todo eso en un paisaje otoñal espectacular, porque Euskadi es verde, con unos bosques hermosísimos que en esta época del año están de todos los tonos de marrón y rojo que os podáis imaginar.

De vuelta hacia Donosti volvimos a pasar por Andoain para conocer a la mujer y a las hijas de José Luis, y tal y como llegamos a la ciudad nos montamos en nuestro coche para irnos hacia Zarautz.

Con Zarautz tuvo el pomelo una larga relación profesional hace años, así que también es uno de nuestros lugares fetiche. La casa rural del pueblo estaba regentada hace años por Pilar, una mujer que nos hacía morir de la risa con su manera de hablar y que nos ponía un dulce de manzana casero en el desayuno que era un manjar de dioses.

Y en Zarautz nos quedan algunos amigos, especialmente Patxi, que es un personaje. Y Patxi nos hizo un regalo único, una experiencia alucinante: nos abrió las puertas de su sociedad gastronómica y nos preparó una cena que creo que todavía estoy digiriendo.



Yo nunca había estado en una sociedad, aunque había oído un montón de leyendas urbanas sobre ellas. Y me sorprendió lo bien que funcionan, el buen ambiente que hay y lo enormes que son. La cocina era un sueño y pasé ahí dos horas sacando fotos y charlando con los cocineros, que esa noche eran todos hombres y no me dejaron hacer nada más que mojar pan en todos los platos.



Comimos kokotxas en tres versiones, luego un par de cogotes de merluza y los valientes, solo los valientes, probamos también un chuletón espectacular.


El sábado ya estábamos todos (éramos un montón!) en Donosti y cuando nos levantamos salimos hacia Anoeta a recoger los dorsales. Pero a medio camino nos encontramos, delante del Kursaal, con un mosaico con las banderas catalana y escocesa, y ahí nos quedamos a sacar fotos y a disfrutar del espectáculo, pero sobre todo a hablar con el montón de gente que había y a charlar de política de una manera muy, muy distendida, un poco sorprendente teniendo en cuenta lo delicado del tema. Había mucha curiosidad por la votación del domingo aquí en Catalunya, así que cuando nos oían el acento, todos nos preguntaban.


Llegamos a Anoeta un poco tarde. Ya sabéis que soy futbolera y del Barça, pero siempre he llevado a la Real en el corazón, así que recoger los dorsales dentro del estadio para mí fue un subidón. Aunque tengo que volver cuando haya partido, con mi amiga Ane.


Había un montón de gente. Este año había casi 30.000 corredores apuntados, que se dice pronto. La carrera era el tema de conversación en todas partes.

Con dorsales y alguna compra compulsiva en las manos, volvimos hacia el centro. Paramos a comer en un bar por el camino y comprobamos que, por desgracia, no se come bien en todos los bares de Donosti, por mucho que nosotros creyésemos que sí.

Y ya por fin pudimos pasear un poco por el centro. El pomelo y yo aprovechamos la última hora de luz para pasear alrededor del monte Urgull, desde el ayuntamiento hasta el Kursaal y sacar tres millones de fotos. Bueno, el plural es mayestático, las fotos las saqué yo mientras él miraba extasiado el oleaje.




Esa noche volvimos a salir por algunos de los mejores bares del centro. Fuimos al bar Néstor a comernos un chuletón, pero lo que más me gustó de todo lo que nos sirvieron fueron los tomates... ¡Madre mía! Súper tiernos y riquísimos. Ojo, porque en el bar Néstor hacen dos tortillas al día y hay que pedir hora para tener ración. Solo la mitad de los que íbamos la consiguieron, y yo no estuve entre los privilegiados... habrá que volver.

Luego pasamos por el Martínez a probar el pulpo. Y acabamos tomándonos un patxaran casero en Alberto (no he encontrado la página web, pero está en la calle 31 de agosto, a pocos portales de Gandarias). Las chicas nos atrevimos con un gin-tonic, pero los chicos se fueron a dormir pronto, que al día siguiente había carrera!

Y llegó la mañana de la carrera, y los chicos se tomaron el tren y las chicas desayunamos tranquilas y luego nos repartimos. Yo me escapé un rato porque había quedado con Maider. Qué alegría verla. Nos tomamos una cerveza y charlamos un montón, pero se me hizo cortísimo. Y qué guapa que está, con esa barriguita tan redonda. Es una pasada haber hecho estas amigas gracias al blog, y es una pena estar tan desperdigadas, porque tenemos un montón de cosas en común y me gustaría que nos viésemos más a menudo. Lo único bueno de la distancia es que por lo menos tenemos excusa para viajar.


Los corredores empezaron a cruzar la línea de meta, todos contentos, encantados, más bien, porque todos habían cumplido objetivo y mejorado tiempo.

Antes de subirnos al coche y volver para Barcelona queríamos comer algo (previa ducha de los chicos, que nadie se sube a un coche con un finisher que no se haya pasado jabón por todo el cuerpo como mínimo tres veces) y acabamos en el que para mí es uno de los mejores bares donde hemos estado aunque nadie nos lo había recomendado. El Aita Mari, justo al lado de la pensión, nos pareció un lugar increíble, con un trato excelente, unos pinchos impresionantes y un ambiente muy agradable. No os podéis perder las croquetas de chipirones ni las tortillas... Buf.


Y con el estómago a tope y la memoria llena de momentos mágicos, de gente maja y de experiencias únicas, nos subimos al coche y nos volvimos a casa.

No sé cómo había aguantado diez años sin pisar Euskadi, pero prometo no hacerlo nunca más.
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