Lo estás haciendo bien

26 de enero de 2015


Cuando estudiaba el máster en traducción audiovisual de la UAB, vino un día el que hoy es mi amigo Xosé a darnos una charla sobre el mercado profesional. Y entre muchísimos buenos consejos, nos dijo una frase que me dejó de piedra. Una frase sencilla y lógica, que causó un terremoto bajo mis pies (porque yo soy una criticona nata). Dijo:

"Nadie se equivoca a propósito".

Y es cierto. A veces nos cuesta verlo así porque estamos dolidos, enfadados o resentidos. A veces el error de la otra persona tiene repercusiones sobre nosotros, nuestro trabajo o nuestra vida. Pero nadie lo hace nunca con mala fe. Nadie se equivoca para putearnos.

Fast forward a la semana pasada. Me senté a hablar con la profesora del pompón friki. Estamos las dos un poco preocupadas, porque el pompón friki es un niño brillante, muy inteligente, pero totalmente desmotivado y falto de actitud. Tiene un caso agudo de lo que toda la vida hemos calificado como "ley del mínimo esfuerzo".

Y su maestra, que es absolutamente maravillosa, me debió de ver un poco apurada, porque en un momento dado me miró, puso una mano encima de las mías y me dijo:

"No te preocupes. No os estáis equivocando. Lo estáis haciendo bien."

Creo que fue el mejor momento de mi semana. No, de verdad. Que alguien te mire a los ojos y te diga que lo estás haciendo bien, que confíes en ti, que sigas adelante, que seas consecuente con tus decisiones, porque son buenas decisiones, es algo que no solo te quita un peso de encima, sino que además te permite mirar cualquier situación con otros ojos.

Para mí estas dos frases, estas dos afirmaciones, resumen mucho más de lo que dicen. Estas afirmaciones básicamente te dicen que te perdones a ti mismo y que perdones a los demás. Dicen que de todo se aprende. Dicen que si lo haces lo mejor que puedes, lo haces bien. Aunque se pueda mejorar. Dicen que confíes en ti y confíes en la gente que tienes a tu alrededor. Dicen que sigas adelante y que sonrías mientras caminas.

Por eso cuando Elsie Marley lanzó el primer reto de The Creativity Club (al que me he apuntado, como podéis imaginar) lo tuve claro. Aunque la frase no sea exactamente mía, sí que es algo que últimamente me repito a todas horas e intento repetirles también a las personas que tengo a mi alrededor:


Aunque dudes, aunque tengas un mal día, aunque te quieras replantear toda tu existencia, aunque estés en un bache, aunque a veces quieras tirar la toalla, aunque haya días en los que te tengas poca paciencia, aunque te parezca que el universo a veces se alía en tu contra: Lo estás haciendo bien.

Lo haces bien cuando te levantas todas las mañanas y luchas un día más por lo que sea que luches: por tus hijos, tu trabajo, tus pasiones o tus sueños. Lo haces bien cuando tropiezas y te levantas, y también lo haces bien cuando te quedas en el suelo un rato pensando en la mejor manera de ponerte en pie. Lo haces bien cuando dudas y lo haces bien cuando estás seguro. Lo haces bien cuando te equivocas e incluso lo haces bien cuando lo haces mal. Porque nada es blanco y negro, porque la vida no es solo una oportunidad que se pueda perder y porque cada vez que piensas en cómo mejorar algún aspecto de tu día a día, lo estás haciendo bien.

Tú lo haces bien y también lo hace bien esa persona a la que criticas o que te ha fastidiado el día. Esa persona que se ha equivocado sin querer y que no es consciente del impacto que ha tenido en ti. Esa persona que tiene sus propias batallas y que está haciendo lo que puede y haciéndolo bien.

Lo estás haciendo bien. De verdad. No dudes de ti y sigue adelante. Porque lo estás haciendo bien.

Hacer jabón reciclado

23 de enero de 2015


Entre las muchas, muchas obsesiones que tengo, está la del autoabastecimiento, que es una palabra larga y con todas las vocales que significa generar todo lo que uno gasta.

Igual que me pasa con el minimalismo, mi actitud ante el autoabastecimiento es bastante personal. Soy consciente de que nunca voy a fabricar todas las cosas que necesito y, la verdad, creo que no me gustaría hacerlo, pero sí que me gusta aprovechar las cosas que tengo en casa y crear objetos de uso común dándole una segunda vida a las cosas que ya hemos usado.

Cuando era adolescente (y muy ecologista) me compré la Guía del joven consumidor verde, que leí y releí mil millones de veces y que me sirvió para sembrar mi casa de pequeños carteles: "Cierra el grifo mientras te laves los dientes", "Apaga la luz cuando salgas de la habitación" y ese tipo de cosas.

Uno de los conceptos que más me impresionó fue la contaminación que causa el aceite sucio que tiramos por los desagües. Un concepto que recuerdo que mi profe de ética puso en duda con un argumento de peso: "Si así fuera, no nos dejarían tirar el aceite por el desagüe". Y la adolescente inocente era yo.

Años después me enteré de que con ese aceite usado, bien filtrado, se podía hacer jabón. Y que ese jabón era el mejor para lavar la ropa. Y que el jabón era sencillo de realizar y que nuestras abuelas lo hacían en casa.

Así que era cuestión de tiempo que empezase a probar y a hacer experimentos.

Este año me he decidido a ir pasando poco a poco a productos de limpieza naturales. Ya he hecho algunos experimentos con las pastillas del lavavajillas (que todavía tengo que perfeccionar antes de compartirlas con vosotros) y con el jabón para lavar la ropa (que es más fácil y ya lo tengo mucho más conseguido). Y quiero seguir intentándolo con otro tipo de productos que no me gusta tener en casa y que, además, son caros. El jabón que uso ahora para la ropa me cuesta cuatro duros, literalmente. Y su base es este jabón casero que hago con un aceite que de otro modo tiraría (desplazándome al punto azul o verde, como le llaméis en vuestra zona, para tirarlo con seguridad). Así que este, como podéis comprobar, es uno de esos proyectos que me chifla hacer.

Aunque hacer jabón es fácil, es un proceso en el que importa mucho la exactitud y la paciencia. Se trabaja con sosa cáustica, que es un producto irritante que puede causar heridas de consideración y luego hay que remover la mezcla durante un buen rato. Así que no es un trabajo para tomarse a la ligera.

Tenéis que trabajar en un lugar bien ventilado y usar guantes y, a ser posible, gafas de protección para evitar salpicaduras. Para trabajar tenéis que usar recipientes de cristal, cerámica o plástico duro, nunca metálicos. Y podéis usar cualquier batidora que tengáis en casa si luego la limpiáis bien. No os hace falta tener una batidora únicamente para hacer jabón.


Pues empecemos. Necesitamos:

- 1 kg de aceite de oliva reciclado (bien colado)
- 100 gramos de aceite de coco
- 387 gramos de agua destilada
- 151 gramos de sosa cáustica
- Aceites esenciales, flores secas o lo que queráis añadir para darle olor, propiedades y color

Para hacer jabón, mediremos nuestros ingredientes por el peso. Yo le añado un poco de aceite de coco porque es espumoso, pero podéis omitirlo. Si lo omitís, variará la cantidad de los demás ingredientes. En Mendrulandia tenéis una buena calculadora en la que podéis poner la cantidad de aceite exacta que tenéis (y mezclar varios aceites) y os dirá la cantidad de agua destilada y sosa cáustica que tenéis que añadir.

Usad tres recipientes diferentes. En el primero poned vuestros aceites, en el segundo el agua destilada y en el tercero la sosa cáustica, todo bien pesado.

Lo primero que haremos será disolver la sosa cáustica en el agua. Añadid la sosa al agua, nunca al revés, para evitar salpicaduras. En cuanto la sosa se empiece a mezclar con el agua notaréis que la disolución aumenta mucho la temperatura. Es normal. Revolved bien con una cuchara de madera, pero no os acerquéis demasiado, porque los gases que desprende la mezcla son nocivos.

Disolved completamente la sosa y dejad que la mezcla se enfríe a temperatura ambiente.

Verted la sosa cáustica en el aceite.

Ahora llega el momento de la batidora. Se puede hacer con un minipímer, con unas varillas o incluso con la Thermomix. Con mucha paciencia, porque tarda un rato, batid la mezcla. Es importante que lo hagáis siempre a la misma velocidad y con los mismos movimientos, porque el jabón se puede cortar igual que una mayonesa.


De hecho, tenemos que llegar a una textura parecida a la de una mayonesa o una bechamel, que se llama "traza". Tened paciencia e insistid, parece que le cuesta, pero primero emulsiona y luego, poco a poco, va espesando hasta que tenéis una consistencia de crema.

Cuando lleguéis a la consistencia de crema, hay que verter el jabón en un recipiente. En este caso, yo usé un tupper viejo, pero podéis hacer un molde con un tetrabrick de leche abierto por un lado y bien limpio, por ejemplo.

En este momento podéis añadir los aceites esenciales o las flores secas, si queréis darle algo de color o de olor. Recordad que hay que usar poca cantidad de aceites esenciales porque pueden quemar la piel si la concentración es demasiado elevada.


Envolved el jabón con un par de trapos para que conserve su calor. Veréis que al cabo de unas horas el recipiente sigue calentito.

Al cabo de 24-30 horas, podéis cortar el jabón, que todavía estará blando, en pastillas. O lo podéis dejar en bloque y cortarlo después de curarlo, a medida que lo vayáis necesitando.

Tenéis que dejar que "cure" o endurezca durante unas cinco o seis semanas. Ya sé que os parece mucho tiempo, pero es solo la primera vez, porque después lo iréis haciendo a medida que tengáis aceite disponible y siempre tendréis algunas pastillas curándose y otras en uso.


Y ya está. Ya tenéis el mejor jabón del mundo para lavar la ropa y para hacer muchos de los productos de limpieza que necesitáis en casa. Ya os iré contando. Y lo mejor es que habréis aprovechado un aceite que si no habríais tirado. Vamos, que cada pastilla os sale casi gratis (la sosa cáustica es muy barata).

Ya sabéis que este es uno de esos proyectos que me hacen inmensamente feliz. No lo puedo evitar. Menos basura siempre me pone de buen humor. Y menos compras también. Probadlo y me contáis.

Estante bajo la mesa para esconder aparatos

20 de enero de 2015


Me gustan los días feos como hoy. Sí, sí, me encanta que llueva, que truene, que se abra el cielo y caiga hasta piedra. Me chifla.

Es verdad, no me insultéis más, es cierto, yo no salgo de casa y trabajo en pijama, y esos días ese es un placer que no se puede comprar con dinero. El pomelo lleva a los pompones al cole y yo no me visto, me echo una mantita por encima, en todo caso, y desayuno en el sofá mirando cómo cae agua y más agua.

De las cosas buenas que tiene la autonomía, esa es la mejor. Quedarte en casa mirando cómo llueve, o salir al balcón a disfrutar del sol de la mañana, o quedarte cinco minutos más en la cama porque puedes. O hacer punto en medio de una reunión porque nadie te ve. Por eso ya no sé si podría adaptarme a un trabajo con horarios y lejos de casa, porque me encanta, me apasiona estar en mi casa y disfrutar del día tal y como se presenta.

De hecho, esa es una de las cosas que por fin estoy dispuesta a aceptar. Y me ha costado un montón. Esperad, que voy a salir del armario... Soy una maruja. Lo repito: Soy una maruja.

Me gusta mi casa, me gusta ordenarla, organizarla, decorarla. Me gusta cocinar, hacer conservas y, hasta cierto punto, casi incluso me gusta limpiar (aunque si el follón es muy grande es una tarea que siempre recae en el pomelo, que para eso es pinche). Me gusta coser, hacer punto y el ganchillo. Me gusta el bricolaje, me gusta la jardinería, me gusta la fotografía. Me gusta hacer cosas sin salir de mi casa.

No soy una maleni porque en lugar de cupcakes y té prefiero un margarita y unos nachos, pero especialidades culinarias al margen, soy una maruja.

Ya está, ya lo he dicho y no ha sido muy doloroso.

Mi idea de un fin de semana ideal es quedarme en casa y hacer cosas. Pintar, plantar, envasar, preparar, recoger, organizar. Me gusta. Me gusta salir también, pero menos. Si me dais a elegir entre salir al parque a jugar al fútbol y quedarme en casa a ver una peli y a hacer punto o jugar a un juego de mesa... Lo tengo clarísimo.

Y supongo que de ahí viene mi amor por los días lluviosos... porque prácticamente no hay discusión: si llueve, lo normal es quedarse en casa.

Este fin de semana no ha llovido, pero ha sido uno de esos en los que se alinean los planetas y no tienes planes. Ni uno. Hubo partido de baloncesto infantil (y ganaron!), hubo carrera popular, pero no hubo nada más. Ni comidas, ni cenas, ni ver el partido con amigos. Nada de nada.

Así que me dediqué en cuerpo y alma a lo que más me gusta hacer. Y sí, el lavabo ya va por buen camino y pronto os muestro el primer paso del spa privado que me estoy montando. Y sí, como os mostramos en Instagram, plantamos bulbos de tulipanes y narcisos. Y también montamos esta mini estantería que me ha hecho feliz como pocas cosas en el mundo.

Ya lo hablamos el día de la organización mental: un espacio ordenado te ayuda a pensar mejor. Parece una tontería, pero es cierto. El día que tengo la mesa ordenada, las ideas fluyen, escribo rápido y trabajo a toda velocidad. El día que tengo pilas de papeles por todas partes, me estreso en cuanto me siento.

Y sí, el módem me causaba un cierto estrés. Porque como mi casa es alargada y la entrada de la fibra está en la otra punta, además de un módem que ejerce de punto inalámbrico, necesitaba un amplificador de señal. A mí no me preguntéis mucho, yo solo me quedo con las palabras para hacerme la interesante. El técnico vino, me lo instaló todo y funciona.

Total, que desde que todos estos aparatos pasaron a formar parte de mi paisaje cotidiano, vengo pensando cómo deshacerme de ellos.

Pensé en la balda por debajo de la mesa y me pase un par de meses buscando la manera de sujetarla. Pero nada me convencía, ni era lo bastante alto ni nada de nada. Hasta que se me ocurrió el concepto columpio.


¿Qué se necesita?

Un tablón de madera (yo lo corté con caladora, ahora os cuento, pero podéis pedirlo a medida)
Lija
Un taladro
Nogalina, betún de Judea o cualquier otro tinte
Barniz o tapaporos
Cuerda gruesa (un poco más pequeña que la broca del taladro)
Tornillos... de esos que tienen un gancho... Mmm... No tengo ni idea de cómo se llaman.

Para empezar, yo tomé las medidas del hueco que tenía para mi estantería. La quería entre las patas de la mesa, así que tenía medidas muy claras.

Las trasladé a mi tablón de madera y lo sujeté con unos sargentos (que me acabo de comprar y me hacen muy feliz) a la mesa.


Corté el tablón con la caladora. Tuve que hacerlo dos veces porque todavía no le tengo pillado el truco y se me va para cualquier sitio.


Os podéis saltar este paso si compráis vuestro tablón directamente del tamaño que lo necesitéis.

Lijé bien el tablón, no solo en el corte, sino por todas partes, para eliminar posibles astillas.


Luego volví a sujetar el tablón a la mesa con los sargentos e hice un agujero en cada esquina con el taladro y una broca de madera.


Volví a lijar con paciencia para retirar todas las astillas.

Pasé un paño suave para eliminar todo el polvo del lijado y teñí.

Para teñir podéis usar cualquier cosa. Por ejemplo, el preparado con vinagre del que ya hablamos aquí. O nogalina o betún de Judea. Yo quería oscurecer un poco la madera, pero que se siguiera viendo la veta, así que rebajé la nogalina con agua y con una gasa (también se puede hacer con mecha de algodón) teñí el tablón.


Un consejo que he aprendido en mi clase de restauración de muebles: mojad la gasa en la nogalina y teñid con un movimiento largo que cubra toda la madera. No frotéis, porque tendréis diferencias de color. Solo se hacen pasadas largas para cubrir y no se repasa hasta haber terminado. Le podéis dar tantas capas como queráis, en función del acabado que os guste, pero siempre de esta manera, haciendo capas completas y sin pasar más de una vez por el mismo sitio.

Lo dejé secar. Cuando estuvo seco, barnicé.

Luego solo me quedó cortar cuatro trozos de cuerda iguales. Como mi cuerda era sintética, quemé los extremos para que no se deshilachara. Hice un nudo en un extremo y pasé la cuerda por el agujero.

Coloqué los cuatro tornillos en la parte de abajo de la mesa con ayuda de unos alicates y con otro nudo colgué finalmente mi estantería en su sitio.

Ahora tengo la mesa más despejada, para llenarla mejor de papeles. Ay, no. Para subir al nirvana de los trabajadores por cuenta propia. O algo.


Ya solo me queda inventarme algo para los cables. Odio los cables. ¿Tenéis algún truco infalible?

¿Os gustan los días feos? ¿Os hacen felices chorradas como esconder el módem? ¿Sois marujones como yo? Aunque digáis que no, os voy a querer igual.

Botes de cristal forrados

14 de enero de 2015


En enero siempre me pasa lo mismo. Le veo tantísimas posibilidades al año nuevo y tengo tantas ganas de hacer cosas que me ahogo un poco en mi propia emoción y ando de aquí para allá, sin mucho orden, empezando todos los proyectos que quiero hacer.

No me malinterpretéis, es un momento que me encanta. Me siento llena de energía, tengo una palabra que guía mi año y se me ocurren miles de ideas que quiero llevar a cabo. Estoy pletórica, contenta, animada e inspirada.

Pero, por otro lado... tengo el lavabo grande a medio pintar (si queda bien habrá fotos, post y explicación. Pero en este momento está horroroso.) y medio inutilizado, el armario del lavabo en el pasillo, una funda de cojín de punto a medio hacer y el cojín triste, solo y desnudo en el sofá. Los dos armarios/agujeros negros de la casa están abiertos y a medio ordenar y en el comedor hay un montón de recetas recortadas y desperdigadas a la espera de acabar formando parte del menú semanal. En mi habitación hay una pila de pantalones pomponiles que necesitan remiendos en las rodillas y un par de proyectos de costura que tengo a medias porque todavía no he conseguido ordenar el rincón de costura lo suficiente para ponerme a coser.

Vamos, que aunque estoy siguiendo a rajatabla mi palabra del año, ACTUAR, creo que tengo que primero tengo que volver al año pasado y recuperar la palabra SIMPLIFICAR y a su amiga, la palabra ORGANIZAR.

¿Y qué mejor para ogranizar que un bote de cristal?

En diciembre ya os conté que soy adicta a los botes de cristal y que los guardo todos. Al principio los usaba para las conservas y para guardar cosas en la nevera, pero desde hace algún tiempo nos están colonizando cual pequeños alienígenas transparentes y han ido ocupando casi todas las habitaciones de la casa.

En el baño guardan los exfoliantes y las cremitas caseras (pronto os cuento!), en el armario del bricolaje (supongo que no dudabais que eso existía en mi casa) guardan brocas, tornillos y tuercas, y cada vez más, en las habitaciones, guardan lápices, tijeras y pequeños tesoros.

Pero aunque el bote sea muy bonito, puede quedar todavía mejor si le hacemos una fundita de ganchillo. La funda, de hecho, cumple bastantes funciones:

1 - Es bonita.
2 - Si el bote se cae al suelo hay menos posibilidades de que se rompa
3 - Si el bote está lleno de algo feo, no se ve
4 - Si en el bote se guarda un tesoro que no queremos que nadie vea, no se ve
5 - Si los botes chocan en el carrito azul de IKEA (sé que sabéis cuál es) no se rompen
6 - Se gasta alijo lanero, especialmente los ovillos chiquitines que no sabemos de dónde han salido
7 - ¿He dicho ya que es bonita?

En fin, todo son ventajas con una funda de ganchillo. Aunque seguro que eso ya lo sabíais.


Y lo mejor de todo es que son súper fáciles y súper rápidas de hacer. Que yo tengo una capacidad de atención limitada y los proyectos largos se me atragantan (hola, funda del cojín).

¿Que no sabéis cómo se hace? No os preocupéis, que yo os lo explico. Y os pongo fotos y todo...

Necesitáis cualquier ovillito de algodón que tengáis dando vueltas, una aguja de ganchillo y un bote de cristal. Y tenéis que saber hacer cadeneta y punto bajo.

La lana de algodón se suele tejer con agujas de entre el 2 y el 4, según su grosor. A mí me gusta hacer las fundas con una aguja pequeña (2,5-3) o al menos medio número más pequeña de lo que nos pide la lana. Así el punto queda más apretado y la funda tiene más estructura.

Pues empecemos. Haced cuatro cadenetas.


Haced un punto enano en la primera cadeneta que habéis hecho. Tendréis un círculo.


Haced una cadeneta (cuenta como primer punto) y cinco puntos bajos dentro del círculo que habéis hecho. No cerréis la vuelta, tejemos en espiral. Tendréis un total de seis puntos.


Haced dos puntos en cada punto. 12 puntos en total.


Vamos a ir ampliando nuestra base y va a ir cogiendo una forma hexagonal. No os preocupéis, que es exactamente como debe ser.

Haced dos puntos en el primer punto y uno en el segundo. Repetid cinco veces más. 18 puntos en total.


Haced dos puntos en el primer punto y uno en cada uno de los dos siguientes. Repetid cinco veces más. 24 puntos en total.


Haced dos puntos en el primer punto y uno en cada uno de los tres siguientes. Repetid cinco veces más. 30 puntos en total.


Ya veis cómo funciona, se hacen siempre dos puntos en el primer punto y luego se hace un punto en cada punto, añadiendo en cada vuelta un punto más.

Nuestra base irá creciendo seis puntos en cada vuelta (vais a repasar las tablas de multiplicar cosa fina).

Id probando a ponerle el bote encima, para ver cuándo tenéis que parar. La base tiene que sobresalir un poco de la base del bote, pero no mucho. Si vuestro bote no tiene parte redondeada en la base, es mejor que la base que tejéis no sobresalga nada. ¿Me explico? Es que he escrito tantas veces la palabra "base" que estoy hecha un lío...


A partir de ahí, ya solo nos queda hacer un punto bajo en cada punto. Aquí empieza la parte un poco más aburrida, porque no hay que fijarse en nada, solo tejer y tejer sin parar. Si queréis, podéis contar las vueltas, si no, podéis poner un marcador, o simplemente olvidaros de contar y tejer compulsivamente.

Normalmente, las bases de mis botes (os recuerdo que con una aguja del 2,5 o 3) tienen entre 48 y 66 puntos. Para que os hagáis una idea.

A medida que vayáis haciendo vueltas, podéis irle probando la funda a vuestro bote.


Podéis forrarlo hasta media altura o podéis forrarlo hasta arriba del todo. Si queréis hacerle la forma del cuello, tenéis que reducir puntos, de la misma manera que los estábamos aumentando, es decir, seis puntos en cada vuelta. Para ello tejeréis dos puntos juntos y luego un punto bajo en cada uno de los puntos siguientes.

Os pongo un ejemplo. Si he hecho una base de 60 puntos y quiero hacer la forma del cuello, de los 60 tengo que pasar a 54. Tejeré los dos primeros puntos juntos y los ocho siguientes con un punto bajo en cada punto.

Cuando ya lo tengáis, solo tenéis que hacer un par de puntos enanos en los dos puntos siguientes y rematar. Podéis esconder el hilo que sobra en los puntos de dentro del bote.

Ya tenéis vuestro bote forrado. Y lo mejor es que se le pueden hacer mil cosas. Los podéis hacer de rayas, los podéis hacer lisos, los podéis hacer de cuello alto o con escote generoso. ¡Y después los podéis tunear! Les podéis hacer caritas, pegarles o coserles trozos de fieltro... ¡E incluso les podéis hacer una tapa! Lo que sea para que nuestros lápices y nuestros tesoros estén abrigaditos, escondidos y ordenados, ¿no?



Y ahora, perdonadme, pero os dejo. Tengo un lavabo que pintar.

Cera casera para madera (título con ritmo)

8 de enero de 2015


Creo que no lo he comentado nunca, así que no lo sabréis, pero el pomelo es comercial, y aunque ha ido variando un poco el perfil de las empresas que ha llevado, siempre han estado relacionadas en mayor o menor medida con la madera.

Así que desde hace casi 16 años (que son los que celebraremos en breve) mi mundo se ha visto inundado por palabras y conceptos que yo no sabía ni que existían (ni falta que me hacía). Es más, el trabajo de terminología que tuvimos que hacer durante la carrera lo dedicamos al parquet porque el pomelo nos facilitó la vida a mi compañero (hola, Carlos!) y a mí.

Una de las primeras cosas que aprendí fue que la madera está viva. Dejad de reíros de mí. La madera, pese a que la hemos asesinado vilmente y la hemos arrancado del árbol en el que vivía feliz, sigue reaccionando a los estímulos. Encoge con el frío, se expande con el calor, se rompe con la humedad y cambia de color con la luz.

Si tenéis parquet en casa y no es sintético (sí, es casi imposible) lo notaréis enseguida. En las casas de montaña los suelos y los techos se agrietan porque el frío hace que la madera encoja. Los muebles de madera en los que hay un tapete o un adorno que nunca se mueve, o incluso la tele, se oscurecen por todas partes menos ahí donde estaba el objeto que los tapaba.

¿Qué os decía? La madera está viva. (It's aliveeee! dicho con voz gutural, como si de repente fuera a levantarse cual zombi y a devorarnos los sesos.)

Y como está viva, sufre mucho. Por eso normalmente enceramos el parquet o la mesa (y ahora mismo, como soy viejuna, pienso en "Tú pasa el Pronto, yo el paño", ¿quién se acuerda?) y lijamos y barnizamos a conciencia cualquier mueble.

Pero, ¿qué pasa con la madera pequeñita que usamos todos los días?


Ya lo sabemos: no se puede meter en el lavaplatos (JA JA JA!) y hay que lavarla rápidamente con un paño, sin empaparla, después de haberla usado. Pero... si sois como nosotros seguro que no hacéis nada de eso. Si sois como nosotros lo metéis TODO en el lavaplatos, seguramente apelotonado y de cualquier manera, porque creéis (inocentes) que el lavaplatos lo cura todo. Y si no sois como nosotros (hola, Ruth) dejadnos en paz y hacednos creer que sí, Don o Doña Perfectos :^P

En fin, que cuando leí por ahí que la madera de uso diario había que nutrirla, me pareció lo más lógico del mundo. ¿Cómo no se me había ocurrido? Claro que sí. Que está viva y seca, la pobre. Y hace varios meses probé una receta. No estaba mal, me gustó, pero los efectos me pareció que duraban poquito, el olor era fuerte y era mucho trabajo para tan poco resultado.

Y entonces probé esta otra.


Amor completo y absoluto. Huele súper bien, es fácil de usar y el efecto es más duradero (aunque como todo, lo que más se necesita es constancia y hacerlo cuando vuestra madera no esté ya casi muerta). Y solo necesitáis dos ingredientes:

-Aceite de coco (100 ml, más o menos)
-Cera de abejas (10 g más o menos)

Calentáis las dos cosas al baño maría, removéis bien y lo ponéis en un bote bonito. Ya está.

Como el aceite de coco es bastante sólido a temperatura ambiente, le ponemos poca cera que nos ayuda a darle un poquito más de estructura.


Lo dejáis enfriar y cuando esté frío y sólido, ya podéis usarlo, como si se tratara de betún para los zapatos: cogéis un poquito con un trapo y lo frotáis bien por la madera. Dejáis reposar varias horas, hacéis una segunda capa y dejáis reposar varias horas más (yo lo dejo toda la noche la primera vez y la segunda 4-5 horas). Laváis con agua y jabón suave y ya está, ya tenéis vuestra madera... iba a decir como nueva, pero no nos engañemos tampoco.


Entre estas fotos tenéis mi tabla de cortar favorita, que me regalaron mis tíos Tato y Lili hace un montón de años (diría que 10!). Y la pareja de cucharas que nos regalaron Anna y David tras un viaje a África. ¿Cómo no va a estar viva la madera si tiene tantas historias detrás? ¿No es estupendo tener este tipo de cosas que te hacen pensar todos los días en la gente a la que quieres?
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