Podcast - Capítulo 3

6 de marzo de 2018


Venga, a ver si nos ponemos al día con las shownotes. A lo mejor durante unas semanas el blog está un poco pesado. Me disculpo de antemano. Pero pasará pronto, te lo prometo. Y volveremos a esa periodicidad fantasma en la publicación :)

Va el capítulo 3 del podcast. 



Y aquí te dejo las shownotes:

PATRONES
LANAS
TIENDAS
BLOGS Y PODCASTS
COSTURA
OTRAS COSAS

Podcast - Capítulo 2

4 de marzo de 2018

A estas alturas ya no hace falta que te diga que soy un desastre. Que tú lo sabes mejor que nadie, que llevas meses (o años!) aguantando mi falta de seriedad y de organización. Cuántos proyectos bonitos que han quedado en nada...

Pero, en fin, tengo un #pequeñocambio paralelo a todos los que hemos estado planteando y es poner orden en mi presencia online :) E intentar que las cosas tengan el mismo estilo, que esté todo más o menos actualizado y que puedas encontrar lo que buscas, sin importar dónde lo busques.

La migración de este blog a Wordpress está al caer y también están al caer los cambios en mi página personal. Todo estará enlazado en todas partes y así empezaré a expandir mis planes de dominio mundial. Mwahahaha!

Por el momento, voy a dejar programadas las shownotes de todos los capítulos del podcast que he ido haciendo para que puedas encontrarlas por aquí y puedas consultarlas siempre que quieras.

Te informo también de que he abierto un grupo en Ravelry que se llama, cómo no, Tres Pompones. Ahí también dejaré las shownotes y, más adelante, quizás me anime a montar algún concurso, algún knitalong o algún algo. Pero más adelante. Las cosas, una a una.

En fin, que te dejo aquí el segundo capítulo. Grabado con mi queridísima Miren.


Y aquí te dejo las shownotes:

PATRONES
HILOS
BLOGS
TIENDA
Y he encontrado un sew-along de los Ginger Jeans en el que está la cremallera que tanto nos gustaba…

12 pequeños cambios: sin químicos

31 de enero de 2018


En febrero soy yo la anfitriona de los #12pequeñoscambios. Y estoy nerviosa, nerviosa. ¿Estaré a la altura?

Porque este mes toca un tema para el que tengo sentimientos encontrados: los químicos en casa.

Y es que, por un lado, como buena friki que soy, amo la química y los productos químicos y me encanta que existan y que reaccionen y que seamos capaces de sintetizar otras cosas y bla, bla, bla. Me imagino con una bata blanca y con unas gafas de laboratorio (me encantan las gafas de laboratorio) mezclando potingues y riéndome porque voy a dominar el mundo. Hace unos años, por ejemplo, hicimos blandiblub (o slime, como se dice ahora) con los pompones y compré alcohol polivinílico como si no hubiera mañana.

Peeeero... a la vez detesto los productos químicos. Detesto que me los cuelen por todas partes, porque son baratos y a las empresas les sale genial meter un detergente industrial en lugar de un jabón natural.


Es decir, muchos productos químicos son baratos y fáciles de crear (¡como el plástico!) y las empresas los meten en sus procesos de fabricación para abaratar costes. O para alargar la vida del producto. Y ahí es donde me cabreo.

Mi manía por detectar los químicos en los productos cotidianos empezó cuando tuve a los pompones. Y es que los tres, sí, sí, los tres, tienen problemas de piel. Todos han tenido siempre la piel atópica con brotes tremendos en todas partes del cuerpo. Y dos de ellos, además, tienen alergias.

Total que, como buena madre histérica que soy, empecé a leer y a investigar sobre los químicos en el hogar. Y, evidentemente, se me pusieron los pelos como escarpias.

Ya te he dicho muchas veces que yo no soy particularmente sospechosa de ser una abrazaárboles, ni una hippie, ni nada por el estilo. Pero sí que me gusta que lo que haya en casa sea natural. O lo más natural posible.

No solo eso, sino que otra de las cosas que me revientan profundamente es la poca información que tenemos. ¿Alguna vez has pensado qué te pones sobre la piel alegremente? ¿Qué contiene esa loción, ese jabón, ese perfume? ¿Qué son todos esos ingredientes rarísimos que aparecen como componentes?

No hay mucha información sobre nada. De hecho, si miras las primeras entradas que te aparecen tras una búsqueda rápida sobre cualquiera de los productos que contiene el jabón que tienes en el baño, verás que parece que sea lo mejor sobre la faz de la tierra. Un producto inocuo y maravilloso que hidrata y nutre. Buf. Me pongo furiosa.


La verdad es que si rascas un poco más irás encontrando otra información. Por ejemplo, averiguarás que casi todos los productos de higiene y limpieza tienen detergentes baratísimos que hacen mucha espuma, o grasas que espesan, o cosas similares que no tienen nada que ver con la función del producto en sí, pero mucho que ver con nuestra percepción del mismo.

Y verás que muchos de los problemas que tenemos nos los causan los propios productos de limpieza e higiene.

En casa tuvimos que dejar el suavizante de ropa porque nos irritaba la piel. Cambiamos poco a poco todos los jabones y champús por versiones ecológicas o, todavía mejor, por jabones de toda la vida. Eso, en particular, fue un gamechanger para la piel de mis retoños. Nunca han estado tan sanos como desde que hay barras de jabón natural de aceite en la ducha.

Yo también he ido comprando poco a poco maquillaje y cremas naturales. Para lo que yo me maquillo (nunca) con tres o cuatro cosas me vale.

En fin, que el lavabo lo tengo maqueado, pero todavía tengo dos asignaturas pendientes.

Una, los productos de limpieza. ¿No te parece un poco raro que nos dé pánico que nuestros hijos se beban el detergente para platos pero luego lo usemos todos los días para fregarlos? El que tengo ahora en la cocina dice bien claro: "Mantener fuera del alcance de los niños" y también me cuenta que produce irritación ocular muy grave y que es nocivo para los organismos acuáticos. Pero friego los platos todos los días del mundo con eso. Los platos donde ponemos la comida que luego nos comemos.


Dos, los químicos que nos comemos directamente. Esos Doritos radiactivos con la salsa de queso que tiene todo menos queso que al pompón friki le encanta. Esas galletas que tienen más ingredientes que yo madejas de lana. Esa Coca-Cola que me tomo para despertarme con la excusa de que no bebo café.

Y me preocupa. No porque crea que nos estamos intoxicando o envenenando, pero sí porque creo que estamos hinchando nuestro cuerpo de productos que no le sientan bien ni le convienen.

Así que, mi reto de este mes es... doble.

Por un lado, quiero hacer un repaso de todos los productos de la casa. Todos. Ya miro las etiquetas cuando voy al súper, pero quiero hacerlo más. Y cuando algo se gaste (como el jabón de los platos) buscar una alternativa más sana.

Pero el reto de verdad es... Dejar de COMER químicos. Voy a intentar que este mes no haya químicos en la mesa. Eso me va a implicar más planificación y sustitución de algunos alimentos por otros mejores (el fuet que no me lo quite nadie, pero que sea natural). Y también va a suponer tener que hacer esfuerzos supremos por no pillar cualquier cosa para picar cuando haya partido de fútbol.

Aclaro, no es dejar de comer procesados, sino dejar de comer cosas que lleven productos químicos raros que yo no sepa pronunciar. Pero voy a seguir comprando congelados y galletas... solo los que tengan ingredientes naturales y ningún químico extra.

Después de la experiencia positiva del primer mes, estoy convencida de que puedo ir introduciendo cambios pequeños en nuestro consumo de químicos que nos ayuden a vivir mejor.

¿Qué vas a hacer tú? ¿Por dónde quieres empezar? ¿Quieres que te cuente qué marcas de productos naturales de higiene usamos en casa? ¿Que te dé pistas para comprar jabones naturales? ¡Pide por esa boquita y lo hablamos!

Resumen del primer mes

30 de enero de 2018


No puedes ocultar la impaciencia. Te lo veo en los ojos.

¿Qué ha pasado este primer mes de #12pequeñoscambios?

¿Lo tendré todo en su sitio? ¿Estará mi casa infinitamente más ordenada? ¿Me habré vuelto minimalista y viviré con 5 cubiertos, 10 prendas de ropa y 2 bragas? ¿Habré tirado la tele?

No, señora, no.

Acabo de volver de Bilbao con la maleta a rebosar de telas. Y unas madejas de lino de Rosários 4 que tenía muchas ganas de probar. Mi casa no se ha vuelto nórdica en enero y creo que no lo será nunca. PERO... las telas están guardadas en su sitio. Y las madejas también.

Me ha costado bastante encontrar un lugar para cada cosa, principalmente porque ya he hecho toda la limpieza que creía posible hacer en casa y no encuentro manera humana de deshacerme de más cosas y tener más espacio. Voy tirando una cosa aquí y otra allá, pero me cuesta mucho que haya realmente hueco en algún sitio.


Sin embargo, tengo un pequeño triunfo. El comedor. En el comedor está todo en su sitio. No hay cosas fuera. Si se queda algo dando vueltas se puede volver a guardar porque todo tiene lugar.

Lo he extendido un poco hasta la cocina. Que también tiene lugar para cada cosa. Eso sí, la rotación de cosas y la cantidad de objetos para ordenar, aquí se multiplica por mil. Especialmente cuando el horno está arreglado después de dos meses de abstinencia de gratinados y te dedicas a hacer galletas, brownie y canelones todo el día.

Pero la cocina está controlada. El recibidor empieza a estarlo también y eso es más que un triunfo, es un milagro. Ahí es donde todos nos quitamos las cosas y las dejamos tiradas porque estamos cansados y solo queremos sofá. Ahí se acumulan las publicidades y las notificaciones del banco y todas esas cosas con las que no sabes qué hacer. Los libros que tengo que devolver. La ropa que ya nos queda pequeña y queremos donar.

Déjame que haga un inciso y que te cuente algo que nos va estupendamente bien: saca las cosas de casa a la de ya.

Es decir, ayer la pompona y yo repasamos su ropa. Había como cuatro vestidos que ya le van pequeños y dos camisetas que no le gustan y que no se va a poner, así que es tontería dejarlas en la estantería... Lo metí todo en una bolsa para pasárselo a alguna amiga o donarlo y lo dejé en la puerta de casa POR FUERA. No en el recibidor, no en el pasillo, no en ningún sitio donde lo miremos y nos haga sentir culpables o nos entre la duda de si guardar ese vestido tan mono para cuando tengamos nietas. (El plural es mayestático. El pomelo lo tiraría todo sin pestañear.) Fuera de casa. Ya está, ya se ha ido. No se puede recuperar.

Las cosas que tengo que devolver son más complicadas, porque, claro, implican verme con la persona a la que tengo que devolvérselas y eso no es inmediato. Pero las meto en una bolsa de tela que cuelgo del colgador del recibidor. Una bolsa para cada amigo que me ha dejado algo. Una enorme para los tupers de la suegra que siempre nos carga de comida rica cuando vamos a su casa.

En fin, eso, que el recibidor está casi libre de trastos y me cae la lagrimilla cada vez que paso por ahí. Y más o menos esa es la frontera entre la parte de la casa que tenemos apañada y la que no.

La peor parte se la lleva el estudio, como siempre, porque hay un montón de papeles dando vueltas: las facturas para la declaración de IVA. La lista para hacer el menú semanal. Una publicidad que nos ha llegado y podría ser interesante. La lista de alumnos a los que tengo que corregirles ejercicios. Unos catálogos del pomelo. Ya tú sabes.


Las habitaciones han mejorado bastante tirando a mucho. Pero todavía les falta un último empujón final. Llegará a lo largo del año, lo prometo. En diciembre haré balance y te diré que la cosa está controlada. Estoy prácticamente convencida.

Si me preguntas, mi opinión es que el reto está bastante conseguido. Bastante. Podría estar mejor, claro, pero no voy a quejarme. Lo doy como superado. Me ha servido para coger el hábito de guardar las cosas en su sitio y de pensar cómo organizar el espacio y encontrar soluciones útiles para las cosas que tengo dando vueltas. Queda trabajo, pero el principal, el de convencerme, está hecho. Que siempre es el más difícil.

¿Cómo te ha ido a ti? ¿Qué tienes que contarme? ¿Algún truco ultra eficaz que me cambie la vida? Dame algo, que es triste pedir, pero más triste es no encontrar el post it de la lista de la compra porque encima hay una montaña de documentos en precario equilibrio que se va a venir abajo si la miro demasiado.

La anfitriona de febrero soy yo, así que vuelve a pasar por aquí el jueves que te cuento cuál va a ser mi nuevo reto...

12 pequeños cambios: minimalismo

2 de enero de 2018

Siempre he relacionado el minimalismo con casas blancas de estilo escandinavo, con estanterías vacías y paredes desnudas. Pero, si eres lectora habitual de este blog (lo que es decir mucho viendo el ritmo de publicación que he tenido últimamente) sabrás que con el tiempo me he vuelto minimalista a mi manera.

No, si entras a mi casa no hay ningún espacio vacío, ni superficies despejadas, ni nada. Mi casa es el caos de tres casi adolescentes y dos semi adultos con múltiples aficiones. Hay lana, hay bicicletas, hay máquinas de coser, hay consolas y videojuegos. Pero somos una familia bastante minimalista.

Ya te conté que había adoptado el minimalismo a mi manera y ahí puedes leer todo lo que pienso del tema. Pero es que enero es el mes del minimalismo en nuestros 12 pequeños cambios, así que he tenido que pensar cuál es mi reto y mi desafío de este mes.

La anfitriona de este mes es Gemma. En su blog encuentras una presentación y un montón de trucos y métodos para decidir cuál va a ser tu objetivo en enero, pero ya sabes que yo tengo incontinencia verbal y que voy a contarte cómo lo veo yo quieras o no quieras. Pero, ¿a que quieres?


Una forma de vida


Ya, ya, es una frase que me da muchísima rabia, pero no puedo evitar ponerla porque es cierto. El minimalismo se convierte, con el tiempo, en un mecanismo automático. Y eso es lo más importante.

Pero, ¿qué es el minimalismo? ¿Por qué te lo planteamos como primer tema del año?

Pues no es casual. El minimalismo vendría a ser una filosofía que habla de utilizar lo mínimo necesario en tu vida. Y dicho así suena un poco feo y espartano, pero no, no es eso.

¿No te pasa en diferentes momentos que te sientes un poco abrumada, un poco harta? Puede ser por el desorden, porque tienes la agenda a reventar, porque no tienes ratos libres, porque tienes la cabeza llena de cosas, porque quieres hacer un montón de cosas, porque tienes mil libros por leer o mil pelis por ver y sientes que NO TE DA LA VIDA.

Yo me he sentido así prácticamente toda mi vida adulta. No llego a todo, no consigo hacer todo lo que quiero hacer, tengo cosas por toda la casa que quiero mirar, repasar u ordenar.

Y entonces apareció el minimalismo.

No me pareció espartano, ni triste, ni nada. Me pareció que me daba espacio y me daba alas.

Leí, claro está, el libro de Marie Kondo y hubo una cosa que me llamó la atención especialmente. Porque me pareció totalmente lógica. Las cosas que tengo dando vueltas por mi casa me hacen sentir culpable, me generan ruido mental y me recuerdan que no he hecho eso, ni aquello, ni lo de más allá.

Yo soy muy, muy sensible al ruido mental. Me agobia y me agota. Me hace sentir mal y me incapacita. Así que ahí las cosas empezaron a hacer clic.

También me sentí muy identificada con eso de que las cosas no son los recuerdos. Las cosas son cosas y, si no te gustan, no tiene ningún sentido quedártelas porque te recuerdan algo. El recuerdo lo tienes igualmente.

Por eso es un buen tema para enero. Porque nos permite hacer un poco de hueco, de espacio mental y físico, y nos ayuda a tener más tiempo y más energía para todo lo que vendrá. Y nos va a hacer falta si queremos cambiar cosas los doce meses del año, ¿no?

Yo he cambiado. He dejado de guardar y acumular cosas. Tiro sin piedad. De vez en cuando hago un repaso de libros, ropa, material de hobbies, utensilios de cocina... Compro solo lo que necesito. Pido prestadas más cosas. Los escaparates han dejado de atraerme tanto como antes.

Me considero minimalista, aun con todo mi caos, mi casa llena de cosas y mi compra compulsiva de lanas. Y creo que cada vez voy a mejor.


Mi reto del mes


Como ya soy bastante minimalista, me he decidido por un reto un poco diferente. Mi cambio de enero va a ser "un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar". Que sí, que es algo muy típico, que les decimos a los niños, pero que me he dado cuenta de que no aplico.

De hecho, estaba el otro día en la habitación, viendo podcasts de punto y tejiendo cuando me di cuenta de que las gafas de sol estaban en la mesa de la habitación y... no sabía dónde guardarlas. No tienen lugar fijo. Viven gran parte del año en mi bolso, pero, si no están ahí, no sé dónde meterlas. Y siempre las pierdo.

Así que me puse a pensar. Yo no soy muy ordenada, pero lo que me mata de verdad es no saber qué hacer con algunas cosas. Las voy moviendo de estantería en estantería, de montón en el suelo a montón en el suelo, pero no sé dónde guardarlas permanentemente.

Mi reto para este mes es encontrar ese lugar para cada cosa. Y lo que al final no tenga sitio se va fuera. No quiero tener cosas dando vueltas con las que no sé qué hacer. No quiero tener montones de cosas apiladas en el suelo ni haciendo doble fila en la estantería. Se acabó.

Tengo todo el mes para hacerlo y espero conseguirlo.

Pero cuéntame más tú, ¿qué vas a cambiar este mes? ¿Qué concepto del minimalismo vas a aplicar? ¿Cómo lo vas a hacer? Recuerda que nos lo puedes contar todo con el hashtag #12pequeñascosas.