Adiós a los toros

30 de septiembre de 2011


Viñeta de Forges

Lo recuerdo con toda claridad. Yo estaba en la cocina de mi casa con un trapo de cocina, fingiendo torear a un ser invisible como había visto en los dibujos animados. Mi madre entró en la cocina y se detuvo, perpleja, a mirarme (mi madre es una de esas afortunadas personas que puede enarcar una sola ceja, así que es fácil detectar su perplejidad). Me preguntó:

-¿Qué haces?

Y a mi me pareció evidente, pero le contesté:

-Toreo.

Mi madre me miró y me dijo que a ella no le gustaban el toreo.

-¿No? ¿Y por qué? - a mí me parecía terriblemente divertido jugar con un animal.

-Porque después matan a los toros.

No voy a decir que aquello me causara una tremenda impresión, porque no fue así. Dejé el trapo inmediatamente, con esa solidaridad innata que sienten los niños por los animales y pensé que entonces a mí tampoco me gustaba el toreo.

Tuvieron que pasar muchos años y un viaje transoceánico para que un día encendiera la tele y me encontrase con el espectáculo en sí, no con su simplona representación en cualquier programa infantil. Y eso sí que me impactó. Vi un animal chorreando sangre con cosas clavadas en la espalda y un señor vestido de colores que se enfrentaba al animal (que no buscaba confrontación) con una espada en la mano.

Desde ese momento huí de esas espantosas imágenes siempre que pude, más aun cuando en la adolescencia descubrí otros datos estremecedores sobre las torturas a las que sometían a esos animales.

Por eso cuando el domingo se celebró la última corrida de toros en Catalunya, sentí un gran alivio. Alivio porque mis hijos no deberán ver ni conocer ese espectáculo tremendo, porque no sabrán que hay gente que le hace daño a un ser vivo y dice que es un deporte. Crecerán sin saber que un día tuvimos pesetas y que un día toleramos que se asesinase y desmembrase un animal en público.

Y también orgullo. Un orgullo enorme al saber que un puñado de conciudadanos habían escrito una propuesta, habían recogido firmas incansablemente y habían presentado esas firmas en una institución democrática que había procedido a su votación.

Hay quienes quieren convertir esa acción en una discusión política y hacer debates sobre la identidad de las personas y sus filiaciones nacionalistas. Pero la verdad, simple y pura, es que no importa lo que nos quieran hacer creer, si hoy no hay toros es gracias a la sociedad civil, a las personas que luchan por los derechos de los animales y los idealistas que han peleado hasta conseguirlo.

Ya lo hicieron los canarios hace veinte años. Nosotros solo seguimos su estela. Y esperemos que sean muchos más los que vengan detrás.

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