Castellar-Barcelona. En bici.

10 de marzo de 2012


Y no me ha obligado nadie. Bueno, si es que no se considera obligación que el pomelo te pille una noche cuando ya estás prácticamente en fase REM y te diga: "el sábado por la mañana vamos con mi padre a Barcelona en bici" y añada rápidamente, antes de que puedas procesar la información: "y ya le dejamos los pompones a mi madre el viernes por la noche y así aprovechamos y vamos al cine". En fin, inconsciente de mí, no me negué.


Hace tiempo que pensamos en hacer algo así con los pompones, así que era una buena oportunidad para valorar la dificultad de la ruta. Como excusa creo que vale.

Lo primero que hay que hacer para iniciar una excursión de esta magnitud es vestirse. Y mis suegros, que no dejan nada al azar, me proporcionaron un culote. Ehem. Para culote el mío con una prenda de esas características. Pero qué le vamos a hacer. Es ponértelo y recordar tu primera regla. Les dije al pomelo y a su padre que así se sentían las adolescentes en los ochenta al probarse su primera compresa. O incluso los bebés con pañales.


Una vez tienes puesto el culote, el forro polar, el cortavientos, el buf y los guantes, ya te puedes subir a la bici e intentar entender para qué sirven todas las palanquitas. A mí además intentaban explicármelo hablándome de la mano izquierda y la mano derecha, cuando jamás en mi vida he sabido cuál es cuál.

De todos modos, la bici de mi suegra es la mejor del mundo. Va como una seda y no pesa nada, y además tiene un asiento anatómico. Nada que ver con el trozo de metal que tengo guardado en el trastero, que me regaló mi padre hace nada menos que veinte años (yo entonces era una cría, ¿eh?) y que pesa como media tonelada.


El principio del recorrido es el más irregular. Está llenito, llenito de bajadas. Y ahí, queridos amigos pomponiles, quedó patente una vez más una de las grandes verdades universales: la velocidad, la adrenalina y el riesgo no se inventaron para mí. Salvo aquella vez que puse el coche a 210 volviendo de Donosti y me sentí Kimi Raikkonen (amigos policías, el delito ha prescrito, lo juro) nunca jamás he disfrutado con las velocidades extremas.


Así que hice todas las bajadas con los puños apretados sobre los frenos y con cara de concentrada. El pomelo, muy amable y con más paciencia de la que tiene con los tres pompones juntos, me iba explicando suavemente que no pasaba nada, que la bici no se desequilibra por mucho que uno coja velocidad. Yo, en trance, iba repitiendo mi mantra favorito: "Es que tengo miedo, es que tengo miedo, es que..." y él ganándose el cielo, me volvía a explicar que era casi más peligroso clavar los frenos como si se acabara el mundo.

Por fin llegamos al río (el Ripoll, para los no muy versados en geografía catalana) y ahí el pomelo pudo descansar y alejarse de mí y no preocuparse más por los frenos de mi bici.


El Ripoll en fin de semana parece las Ramblas. Gente corriendo, gente en bici, gente caminando, gente paseando al perro... Por suerte no encontré a nadie conocido, porque con mi modelito habría sido tema de cotilleo durante varias semanas. Aunque lo cierto es que no sé si alguien me hubiese reconocido debajo del casco, las gafas de sol y el buf.

En un par de puntos del recorrido hay que salir a la carretera. A partir de hoy siento un nuevo respeto por los ciclistas. De verdad. Ponerte a pedalear junto a los coches no tiene nada de divertido y da mucho miedo.


Y nada, antes de que te puedas dar cuenta, ya estás en el parque del Besòs. Ahí ya sí que mi suegro salió disparado y supusimos que ya le encontraríamos en la playa. El pomelo hizo amago de seguirlo, pero poco después lo encontré esperándome, aburrido de pedalear solo y totalmente incapaz de alcanzar a su padre. No es un suegro, es un portento de forma física.

Y hala, de repente, ahí estaba el mar. Paramos a desayunar, nos sentamos en un banco frente a la playa... y cuando quise levantarme noté que, curiosamente, las piernas no me respondían. Disimulé lo mejor que pude porque está feo ser la pringada del grupo, y comenté lo fácil que había sido el recorrido. Falsa y más que falsa.


Después de desayunar, mi suegro nos dijo adiós y volvió por el mismo camino. Que sí, que sí, un portento. El pomelo y yo cruzamos el Besòs y nos metimos de lleno en el litoral de Barcelona. Viva. Bien.

Si el Ripoll son las Ramblas, las playas barcelonesas son El Corte Inglés el primer día de rebajas. De repente el ciclismo se convierte en un deporte de riesgo mientras intentas esquivarlo todo. Pero todo. En un paso especialmente estrecho con gente por todas partes, me llevé por delante el codo de una señora con el manillar de la bici. Aunque me disculpé, señora, si está usted leyendo esto, vuelvo a disculparme una y mil veces.



Y ahí fue cuando mi respeto por el ciclista aumentó exponencialmente. Porque, a ver, en Barcelona hay carril bici. Y carril bici significa carril por el que pasan las bicis. No es carril turista japonés, ni carril cochecito de bebés, ni carril agradable paseo en grupo, ni carril para los que van mirando los tejados y están en babia.

Pero lo peor no es eso, lo peor es que el carril bici empieza y termina donde le da la gana. Tú estás llegando al Puerto Olímpico, tranquilamente por tu carril bici, y de repente delante tienes la terraza vallada de un restaurante y el carril bici ha desaparecido. Sin más. Un "ole tú" bien grande al ayuntamiento.



Pues eso, turistas y más turistas. Las tumbonas de piedra de la playa llenitas hasta los topes. Gente paseando, el fórum lleno de patinadores, veleros, gente jugando a vóleibol, cometas... y ese olor a mar que a mí me parece adictivo. Ganas de que llegue el verano por todas partes.

Al llegar a la Barceloneta el caos se triplicó y yo empecé a notar que quizás estaba un poquito cansada. Lo noté particularmente cuando pasó un chico corriendo y no solo me adelantó, sino que al cabo de medio minuto me había sacado dos kilómetros.


Empezamos a avanzar en dirección Arco de Triunfo para coger el tren. Cruzamos la plaza del mercado de la Barceloneta que me pareció genial, con un ambiente increíble, y después reculamos un poco para pasar junto a la Ciutadella, por el zoo.

Cuando ya subíamos Lluís Companys, paramos a comernos un Doner Kebab. La pareja sentada en la terraza a nuestro lado... bueno, digamos que la mujer no estaba contenta con nada y el hombre tenía el cielo ganado. O algo.


Y con el estómago bien lleno y las ingles un poco doloridas, nos subimos al tren y para casa. Al pedaleo desde la estación hasta casa ya llegamos un poco justitos.Una ducha calentita con unos jabones naturales de los que os hablaré dentro de poco y a descansar.

Y sí, sí, pese a todo, lo recomiendo mucho. Mucho.


6 comentarios:

  1. A casa sempre diem que ho hem de fer algun dia. Ara puc dir que no sé si ho faré mai, ja, ja, ja.

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    1. Juas! Bé, hi ha una mica d'exageració dramàtica, tot i que encara em fan mal els genolls!

      Nosaltres estem pensant en fer únicament l'últim tram amb els nens, és a dir, parc del Besòs avall des de Montcada, dinar a la platja, i parc del Besòs amunt de tornada. Crec que això sí que ho aguantarem tots...

      De tota manera, m'ho vaig passar genial i com a experiència em va encantar.

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  2. Buf!!!! m'he cansat nomñes de llegir-te, a més jo també tinc pànic a les baixades i odío les pujades, em pesa el culote!!!

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    1. Hola! Bé, haig d'admetre que jo encara m'estic recuperant. A l'única pujada que vam tenir, el meu sogre va acabar empenyent-me... amb això t'ho dic tot!

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  3. Us veig en forma eeh!! alguns més que d'altres...pero tranquila...que jo em sembla que ara mateix seria pitjor que tu xDDD jajajaa

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    1. Mmmm... En forma, en forma, només un. I si m'apures un altre. La representació femenina del grup va ser més aviat patètica, tot i que vaig aguantar com una campiona i no vaig perdre el somriure, com si ho hagués fet tota la vida...

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